lunes, 23 de febrero de 2009

De Cuando fui a Dallas (pero ojo, eh, que no las dí)

Álvaro Briones (sí, el pije y pituco)

La tarde que me embarqué para volar a Santiago de Chile, vía Dallas, Texas, USA, la temperatura máxima pronosticada para Washington DC era de 6 grados centígrados bajo cero. O sea un frío de mierda. Mi ánimo, debo decirlo, estaba en total sintonía con el estado del tiempo. En particular me abrumaba la reacción de Hilda a mi casi-viñeta y la solidaridad que su reacción había suscitado en otra integrante del grupo. Estaba bien proponer que yo no fuese aceptado; eso lo podía aceptar aunque me doliera. Después de todo, como Groucho Marx (y voy a seguir con las crónicas marxianas), hasta yo sospecharía de un club que me aceptara a mí como socio. Pero la proposición de expulsión de Rebeca, ¿por qué? Por qué agredirla a ella sólo por sugerir mi nombre. Y además tratarme de pije y pituco y contrastarme con la raza pinolera a la que le tengo tanta simpatía. Por qué a mí, que no hago más que ir a la playa para conseguir ese tono de piel que todos califican como fascinante pero que yo busco sólo por parecerme a la raza de bronce. ¿Por qué hacerme eso? Y perdido en esas cavilaciones fue que perdí el avión.

Debo aclarar en este momento que no es que yo perdiera el vuelo sino que, por cuestiones de la temperatura ambiente, el despegue desde Washington DC se atrasó tanto que ya no pude coger –perdonando la expresión- mi conexión hacia Santiago, de modo que me quedé varado en Dallas sin tener nada que hacer hasta el día siguiente a la misma hora (9:30 de la noche). Las chicas de la línea aérea se portaron de lo más gentiles por supuesto y, luego de componer una cara de compasión que hasta a mí me pareció auténtica mientras yo reclamaba primero y suplicaba luego que me pusieran en otro vuelo, finalmente me dieron un vaucher para un hotel, otro para comer y las indicaciones para tomar un bus que debía llevarme a ambos lugares y que yo, naturalmente, no entendí.

A pesar de todo dos horas después estaba en el hotel que, por lo que pude ver durante el trayecto y por lo que se advertía desde la ventana de mi cuarto, estaba exactamente en medio de la nada. La sensación no mejoró cuando le pregunté al recepcionista dónde estaba el comedor para hacer válido el vaucher correspondiente, porque la respuesta fue: “tiene que salir, caminar dos cuadras hasta encontrar un Wendys y ahí se puede comer una hamburguesa”.

El diálogo, sin embargo, me sirvió para constatar algo que tiene que ver con el meollo de esta historia y dice relación con el recepcionista del hotel. Porque ocurre que mi primera impresión, cuando lo vi, fue que era mexicano y eso, naturalmente, volvía a sintonizarme con las penosas reflexiones que me habían acompañado durante el viaje. Sí, parecía un miembro activo de la raza pinolera porque era morenito él, lucía el bigotito de rigor y tenía una mirada triste que llevaba a suponer que había sido sometido a la más abyecta explotación antes de llegar a la tierra prometida (es decir a Dallas, Texas, USA). Lo que me hizo dudar de que en verdad fuera un representante de la raza fue el hecho que el muchacho en cuestión (porque era o se veía bastante joven) fuese muy delgado, es decir que le faltaba el enchapado que dan tortas y tortillas y que es una especie de garantía de autenticidad de los nuestros. También me llevaba a recelar el que luciera unas hermosas pestañas rizadas, lo que francamente no se da mucho en nuestro rincón del mundo en donde lo que abunda son los pelos más bien tiesos. Como después de escuchar mi spanglish no manifestó ninguna compasión y siguió hablándome en inglés, llegué a la conclusión de que, en alguna parte del mundo, había gente que se parecía mucho a los mexicanos, excepto por las pestañas y el enchape.

Así llegó la mañana siguiente en Dallas: la mañana de un día que comenzaba en medio de la nada y en el que no tenía nada que hacer hasta que llegara la noche. Bueno, excepto quizá seguir preguntándome, angustiado, por qué Rebeca y yo habíamos terminado siendo las impensadas víctimas de las iras polpotianas de Hilda. Y en eso estaba cuando reparé que me encontraba en la ciudad de Kennedy; es decir, para que me entiendan, no en la ciudad en la que nació John F. Kennedy sino en la que le dieron baje. Dada la circunstancia se me ocurrió que podía hacer una especie de turismo morboso e ir a darme una vuelta por el lugar de los luctuosos sucesos, a ver si sacaba mis propias conclusiones. Volví en consecuencia donde el misterioso recepcionista, que había cambiado de forma pero no de contenido, es decir no era el mismo de la noche anterior pero seguía pareciendo mexicano en una versión estilizada, y le plantee mis turísticas inquietudes. Él reaccionó con total comprensión, lo que me llevó a suponer que esto del turismo morboso era más o menos habitual y, luego de indicarme con precisión adónde debía dirigirme, procedió a recomendarme con entusiasmo un servicio de taxis que, en sus palabras, iba a satisfacer todas mis necesidades al mejor precio posible de conseguir en el mercado.

Con tan buenos argumentos no me quedó más que aceptar y, después de una breve espera, se hizo presente el taxista que, adivinaron, era otra expresión del genotipo “mexicano estilizado”. Como no podía seguir haciéndome el desentendido con la misteriosa circunstancia y además el viaje era largo y de algo había que conversar, le pregunté de dónde era a lo que él respondió que de Bangladesh. Dos misterios quedaban así resueltos: los bangladeshianos abundan en Dallas, Texas, USA, y son muy parecidos a los mexicanos, excepto por las pestañas y el enchape. Este bangladeshiano en particular, que dijo llamarse Rocky, era de lo más simpático y conversador: me mostró algunas de las atracciones turísticas de la ciudad que nos quedaban en el camino, como el estadio de los Dallas Cowboys o el hospital en que murió Kennedy y se permitió algunos chistes muy graciosos como cuando me preguntó si quería ir a visitar un edificio de bastante altura que se veía a la distancia y en el cual todo era gratis: el hospedaje, la comida y la entretención, y que resultó ser la cárcel. Además tuvo el buen cuidado de mostrarme una imponente y muy audaz edificación que, me explicó, era un restaurante giratorio desde el cual se podía observar toda la ciudad. Finalmente me dejó en el sitio mismo de los penosos sucesos acaecidos aquel triste viernes 22 de noviembre de 1963.

El sitio mismo de los penosos sucesos que terminaron con la muerte del presidente Kennedy en Dallas, Texas, USA, a las 12:30 Tiempo Central Estándar (18:30 UTC) del día indicado, es la Plaza Dealey. En ella y en el museo situado en el sexto piso del edificio del Texas School Book Depository, de donde se supone que salieron las balas asesinas, o por lo menos algunas de ellas, me pasé mis buenas tres horas de sesuda investigación y profundo análisis, lo que me convirtió en un experto en el asesinato de Kennedy como podrán haber advertido por las eruditas observaciones anteriores. Sin embargo no expondré aquí mis agudas conclusiones porque merecen ser tema de otra viñeta. Me mantendré, pues, fiel al tema que motiva ésta, es decir lo que me ocurrió cuando fui a Dallas (y por supuesto no las dí).

La cosa siguió más o menos así. Después de las horas de sesuda investigación y profundo análisis a los que ya hice mención, sentí que había llegado la hora de ingerir algunos alimentos y me acordé del restaurante giratorio que me había recomendado mi amigo Rocky (a esas alturas no podía sino pensar en él y en todos los bangladeshianos de Dallas, Texas, USA, como mis amigos). El restaurante se encontraba a distancia de caminar desde el lugar de los luctuosos sucesos, de modo que emprendí la marcha en esa dirección, lo que me llevó a una estación de trenes, aparentemente la principal de Dallas, que aproveché de visitar.

Y ahí mismo comenzaron mis problemas, porque la línea del tren separaba como un tajo la ciudad y dejaba al edificio giratorio exactamente al lado contrario de aquel donde yo me encontraba. No me arredré, sin embargo y, durante un rato, recorrí subterráneos y caminé superficies buscando un posible paso, sin encontrarlo. Estaba a punto de renunciar cuando, para mi buena suerte, me encontré con dos bangladeshianos que reparaban una lámpara en un andén. Presto me encaminé hacia ellos como mi última tabla de salvación: después de todo si eran la mitad de gentiles que los recepcionistas y Rocky sin duda me iban a resolver el problema. Uno de los dos estaba encaramado en una escalera operando cables y focos y el otro sostenía, o hacía como que sostenía, la escalera. Me dirigí en consecuencia al que tenía más cerca, esto es al sostenedor (o aparente sostenedor) de la escalera, produciéndose el siguiente diálogo:

Yo: “Eh, humm, mister, eskiusmi; esteee, ¿can yu tel mi jau can ay get dat big bildin over dear?”

Él: Silencio, mirada oblicua cargada de desconfianza, una especie de semi sonrisa también oblicua que no alcanzaba a mostrar dientes y, luego, un ruido que podría describirse como “nnnnñññ” seguido de un movimiento lateral de cabeza que en todas las lenguas del mundo viene a significar negación.

Yo: Estupor, asombro, luego enojo con los bangladeshianos que sólo se comportan de manera simpática cuando hay dinero de por medio… Hasta que comencé a reparar en algunos detalles: uno, que aunque el bangladeshiano en cuestión hacía esfuerzos por no mirarme directamente, se podía advertir con claridad que no tenía las pestañas rizadas sino más bien tiesecitas; otro, que también el pelo le lucía más bien de puntillas; otro más, que en lugar del característico bigotillo bangladeshiano este portaba un gran bigotón. Y último y definitivo: este bangladeshiano lejos de ser esbelto se veía francamente barrigón. Y ahí tuve mi epifanía, el rayo iluminador, la luz al final del túnel: ¿y si no era bangladeshiano sino, al fin, mexicano? De ese instante revelador a la pregunta siguiente no medió ni un segundo:

Yo: “Oiga, ¿y usted habla español?”

Él: Gran sonrisa que puso en evidencia unos dientes impecables, blanqueados por toneladas de cal incorporadas sabiamente a la elaboración de las miles de tortillas consumidas a lo largo de una laboriosa vida; además una mirada transparente y un voluntarioso “pss siii”

(Juro que en ese momento no pude dejar de recordar el chiste ese que terminaba: “y entonces que estamos haciendo aquí, hablando inglés como babosos”, con lo que la historia me habría salido redondita, pero me contuve y la cosa siguió de esta otra manera)

Yo: “Ah, que bueno. Y dígame, ¿comeliago para llegar a ese edificio grandotote que se ve ahí?, ahí, ve.

El: De nuevo gran sonrisa, esta vez dominadora y un “ah, pus muy fácil joven, siga derecho y baje por esa escalera que está más adelante, allá, ¿la ve?, pus la baja y camina para la derecha hasta llegar a una puerta de vidrio y ahí es”.

Caminé luego en la dirección indicada, aunque finalmente me encontré con que el restaurante (o el edificio más bien) estaba siendo restaurado y por lo tanto no atendía. Pero ese también es otro cuento. Lo que importa, y ese es el fin de esta historia, es que pese a lo que piensan algunas, la raza es para todos y todos somos la raza. Y que, aunque parezcan bangladeshianos, a la mera hora están ahí para sacarlo a uno de apuros.


Washington DC, 23 de febrero.


Esta historia tiene un colofón. Volví de Santiago vía Miami (Florida, USA) y, al hacer el trasbordo, me encontré detrás de una señora que hacía la misma cola que yo, llevando un carrito de aeropuerto con maletas. La señora avanzó sin problemas hasta que llegó a una puerta en la que otra señora, esta de complicado peinado y generosas caderas, le dijo “nou cars from jiar, mami”. O sea de nuevo la raza, aunque con otro acento. No hay caso, estamos en todas partes.

viernes, 23 de enero de 2009

O tú o ninguna

Luis García

Ya lleva 2 días sin saber de ella, me dijo. “Espero que no le hagan mas nada.”

Se caso hace 7 años. Tuvo una niña y un esposo que le hizo la vida de cuadritos, para variar. Los dos de Republica Dominicana, buscaron el “sueño mexicano”-si a esto puede llamársele sueño-, al venirse a vivir hace 3 años a Cancún.

Los tratos eran cada vez mas insoportables, hasta que la amenazó con mano en la garganta prohibiéndole trabajar, pues consideraba que su atuendo de trabajo, en una perfumería, atraía las miradas de propios y extraños al verla pasar y que en cualquier momento ella podría ser presa de sus instintos carnales dejarse llevar por sus instintos “de apareamiento” -si, de apareamiento-, y dejarlo por otro. Entre gritos y jaloneos, logro dejarle serios moretones en el brazo y la garganta. Desesperada, tomo a su hija y abandono al tipejo, busco otro trabajo, otra casa y se propuso realizar una nueva vida en esta ciudad.

No paso mucho tiempo para que este desgraciado la encontrara nuevamente. Entro por la fuerza a su departamento, y la amenazo con arma blanca, vociferando “Pues si no estas conmigo, no estarás con nadie más…”. Gritos amenazas, forcejeos, platos rotos y escándalo, a las 3 de la mañana bastaron para que los vecinos llamaran a la policía, se llevaran al interfecto, y ella pusiera una denuncia en contra del sujeto bajo maltrato psicológico, físico y sexual. Por razones desconocidas, el marido no logró llegar al lugar de su detención, sin embargo aun siguió la demanda y la autoridad lo buscó por abuso y maltrato. Aun así, la policía logró detener al marido y lo pusieron bajo custodia.

Al solicitar la comparecencia de la victima, el habla con ella rogándole que retirara la demanda, que no volverá a molestarla, que estaba borracho, que no sabía lo que hacía, que el la amaba, que estaba dispuesto a lo que fuera. Lloró, moqueó, suplicó e imploró de rodillas su dolor, tanto que la convenció. Buena actuación. Ella retiro los cargos.

Después de una semana de procesos penales para liberar al “pobre y abnegado marido”, ella recibe en la puerta de su departamento una contra demanda, motivo: Difamación. Ahora la demandada es ella.

Se cambio de departamento, se cambio de trabajo. Es una mujer trabajadora, que se esfuerza por sacar adelante a ella y a su hija. Hace 2 días la visitaron tres personas bien vestidas, argumentando que esta acusada también de estar de ilegal. Recibieron la noticia de “alguien” que ha sido estafado por ella al solicitar servicios sexuales. La acusan de prostitución, de ilegal, de difamación y prófuga de su país.

Ayer se la llevo migración. “Ya llevo 2 días sin saber de ella”, me dijo su jefe inmediato. “Espero que no le hagan mas nada.”

Viñeta Tropical

Hilda Salazar

La melancolía parecía alcanzar al Choco en una tarde gris envuelta de noticias frescas con sabor de pasado. El malecón, las calles del centro, las personas entrañables de antes, me recibían con una familiaridad cotidiana a pesar de la distancia y los años. Y esa generosidad me tenía acongojado el corazón en medio de un frío que me obligó a usar un suéter en pleno Villahermosa.

Con el ánimo a la baja me afanaba por adelantar las cifras que explican cómo ha sido la incorporación femenina en la PEA, los sectores de ocupación y la estructura del empleo en el Istmo Centroamericano. Lerda en estadística, de abstracción limitada en lo que a números se refiere, me devanaba el seso en busca de la desviación estándar. Mi curso se había cancelado y me veía obligada a optar entre el aire cálido de las mesas de “afuerita” o el acceso al internet en las de adentro, con temperaturas acondicionadas que pretenden importar a golpes de grados fahrenheit el desarrollo de los países nórdicos. La compañía y solidaridad virtual de mis queridas compañeras de trabajo me hicieron elegir la tecnología y ahí me quedé con un ojo al gato de las cifras y el otro al garabato de la introspección.

En tal estado me hallaba cuando mi comadre, la Whizar, llegó a por mí para instalarme en su casa a seguir con mis labores… pero antes, insiste, tengo que acompañarla, aunque sea quince minutos, a echar una ojeada al mariachi de la fiesta de oficina a la que está obligada a regresar. Me resisto bajo el halo del deber, pero la descripción del trompetista logra derribar mis barreras y nos dirigimos al pachangón de cumpleaños del señor Subsecretario.

En efecto, se trata de un conjunto de músicos que, a las siete de la noche, portan sus gafas negras, larga cabellera, el vestido tradicional, dando por resultado el Mariachi estilo Rigo Tovar que mi comadre me había prometido. Las música rezumba al ritmo del “mariachi loco” y la concurrencia se muestra feliz y animada por tan excelsas notas y también, un poco, por las cuatro o cinco horas de ingesta de chelas, ron y hasta whisky iniciada a la hora de la comida. Me arriman una cerveza pa’que me empareje y mi cuate Jorge, el cachetón, se afana en ponerme al corriente de la grilla ambiental del Estado. Y yo, la verdad, no puedo concentrarme. Como imanes mis ojos se desvían una y otra vez hacia el personal de la Secretaría y sus comportamientos de extrema fiesta y alegría. Carajo, qué necesidad he tenido yo de privarme de esta diversión por tanto tiempo, la esencia tabasqueña está aquí excelentemente representada, casi no falta nada. Se retira el mariachi y llega la música que más le mueve los pies a esta raza. Ea, ea, ea, no hay como unos teclados cumbieros y el chun chun chun al más puro estilo del maestro Chico Ché. La comadre de mi comadre no aguanta la silla y con su enorme trasero, enfundado en un pantalón atrincado revela sin pudor la celulitis de piernas y culo -que en otro tiempo fueron sólo carne firme y bien formada- con meneos rítmicos y agitados. Doña Bertila saca a bailar a otro gordo que no se hace del rogar. El movimiento de la cadera, se acompaña de suaves quiebres de cintura y de un rostro lleno de picardía, con unos ojos que echan chispas de sensualidad –¿sexualidad?- y que son para poner nervioso al más pintado. La pareja no se arredra y también muestra sus artes al bailar, no por algo el tabasqueño te amorea de buenas a primeras, te toca, se te arrima. Al lado, otra tabasqueña le entra al quite con sus tacones altos, su pantalón blanco y retacado –estilo pescador- que acentúa el tamaño de sus caderas más voluminosas aún que las de Bertila, ¡jijoeputa! –diría el choco-; ni que decir de la morena, alta, joven y guapa que aún conserva proporciones envidiables, más discreta en el vestido y el baile, pero no por ello menos sensual. Sus movimientos corporales marcan un poco la distancia del hombre maduro y borracho con el que comparte la pista, pero también le entra con ritmazo al ea, ea, que no para ni un segundo y me impide escuchar la tenebra político-cultural que también es parte de mis pendientes para estar bien al corriente del quehacer de las fuerzas vivas de este notable estado.

Cuando creo que ya he visto suficiente, pasa delante de mis ojos una morena que merece impresión en negativo y en papel. Su atuendo es todo rojo: mallones ajustados, zapatilla de tacón negra, camiseta con un escote lo suficientemente pronunciado para mostrar una buena parte de los pechos e incluso el borde de un brassier que no rima de color, pero eso qué importa. Cubre el magno atuendo una suerte de “sobre-todo” tejido y ajustado que “cubre” los brazos y una parte de la camiseta, de malla negra muy abierta, que causaría las envidias de más de una teibolera chilanga y de una que otra güeris que, como yo, tiene la naquez exacerbada. No tiene desperdicio. El cabello ha sido teñido de un tono que no alcanza el rubio, tampoco es platinado, no es caoba ni café, sino todos esos juntos y a la vez. Hay que mirarlo dos veces para cerciorarse que no es una peluca. No, no, no lo es, sólo es que el pelo ha recibido tratamiento de plancha, quedando totalmente lacio y perfectamente peinado como quien ha almidonado una camisa. Doña Esa no se despeina nunca, ni siquiera a la hora de pisá... Más que de un peinado, se trata de un tatuaje animado.

¡Ay comadre, ¿quien es ella, por favor? –le pregunto a la Silvia-. Pues nada más y nada menos que la Tina Turner Tropical, contesta sin morderse su famosa lengua viperina, mala, malísima. La tienes que conocer y escribir su historia de vida, me la presenta. A los cinco minutos Candelaria me revela su vida toda, incluyendo la irremediable pasión que la mantiene amarrada a un cabrón gordo, golpeador y lo peor… panista. Ella acepta toda clase de injurias y juicios sobre el sujeto, pero al final lo único que alcanzar a balbucear es que está enamorada como una pendeja y pues ella, la mujer que ha salido avante en su vida con una niñez difícil, unos hijos de todos tamaños, que conoce a este Gober y al legítimo, que no está dispuesta a defraudar a la Whizar que le echó la mano –ej que yo por ejta mujer hago lo que sea, hermana, me confiesa. Pero lo que de plano “La Turner” no puede hacer, es frenar su pasión por el sujeto….

Han pasado mucho más de quince minutos, me he tomado mucho más que una chela. La música se acaba, la renta del salón expira y el evento se termina….y yo de la nostalgia ni me acuerdo, la fiesta tabasqueña me hizo el día.

Viñeta condominal

Hilda Salazar

Julio del 2008

Las cuentas nomás no cuadraban. A simple ojo se notaba que el número de litros multiplicado por el precio unitario del gas licuado no daba la cantidad que Ezequiel cobraba a cada departamento. Las explicaciones del flamante administrador eran tan confusas como las fotocopias alteradas con las que se empeñaba en demostrar que todo estaba correcto.

La indignación acumulada fue ganando terreno a la abulia para entrar en un reclamo colectivo que tuviera algún resultado. Pero no fue el gas la gota que derramó el vaso, sino la convocatoria a una asamblea emitida por la mañana para ser realizada por la tarde del mismo día, la que fue dada por buena con un quórum de cinco personas. Eso sí ya era el colmo.

Una carta de indignación fue el inicio de la exigencia por reponer la asamblea de acuerdo a lo marcado por ley de condominios. Y no hubo modo porque ni el Administrador, ni el Comité de Vigilancia emitieron nunca el llamado necesario. Empezaron los ires y venires entre unos cuantos vecinos, luego con las autoridades condominales y más tarde con los abogados. Todo para lograr la legalidad de una reunión en que la que las vecinas y vecinos pudieran decidir quién debería administrar sus cuotas de cooperación para los gastos comunes. Quién sabe cómo opera este país en la que un señor contratado por un grupo se apodera de él y de sus bienes… En nuestro querido México es común que los patos les tiren a las escopetas… y si no pregunten a las vecinas del tres.

El accionar de unas cuantas personas fue tomando el cuerpo de un grupo promotor. A unos los alentaba la rabia de agravios sufridos a manos de Ezequiel o de los eternos integrantes del un Comité que nomás se rotaban los puestos. Otras estaban entusiasmadas por lograr mejoras en la Unidad, unos más, empeñados en lograr la introducción del gas natural y otras, simplemente por un ánimo colectivo.

Y hubo asamblea legal con todo y representante de la PROSOC. La treintena de vecinos que desde siempre sostienen la vida colectiva del Condominio, decidió con firmeza cambiar de administrador y nombrar un nuevo Comité de Vigilancia. Esa disposición que parecía tan simple era todo un atrevimiento, como lo es siempre confrontar las inercias por cambiar el estado de las cosas. Lo difícil no era tomar la decisión sino hacerla valer. El buen juicio de las más ecuánimes se impuso y no se tomó posesión de la oficina. Se actuó con mesura y se comunicó por escrito al repudiado administrador que sus servicios ya no eran necesarios y que debería proceder–en un plazo de siete días, según la ley- a entregar todos los papeles, equipo y oficina a la nueva administradora.

Ni los siete días, ni los veinte, ni el mes de tolerancia sirvieron de mucho. El laberíntico camino de las instituciones de gobierno tampoco tuvieron la fuerza para quitar a un señor que seguía sentado en su desvencijado sillón, cobrando cuotas que unos por temor, otros por despiste y los menos por convicción seguían entregando a un “administrador” que ya no se encargaba de los pagos. “Es que él tiene el sello” argumentaban algunas; “pobrecito, siempre le hemos pagado a él”, decían otras. Hay lógicas que no empatan con el sentido común ¿qué le vamos a hacer?

Los meses pasaban y la administración nombrada con todas las de la ley despachaba en el patiecito al aire libre y a expensas de los vaivenes del clima, mientras, el señor que nos había engañado y malversado nuestros fondos hacía uso de nuestras instalaciones, daba órdenes a los empleados que pagábamos con nuestras “nuevas cuotas” y caminaba con desparpajo por todo el Condominio como Lupe por su casa.

Y llegó el gran momento de poner fin a esa situación. Con asesoría jurídica, y autorizado por la Procuraduría Social, el grupo vecinal que fue creciendo en número y también en fuerza, decidió que debería tomarse ya la oficina de la administración.

Cuentan que les contaron que las cosas sucedieron así.

Los representantes nombrados legalmente se apersonan en las escaleras de la administración con todo y abogado en una acción sorpresiva… Ezequiel, con su instinto de mini-hampón, se da cuenta que algo sucede y corre a asomarse para ver qué está pasando. En una reacción inmediata, toma los papeles más importantes, un puñado de dinero y otros chuchulocos y los mete en un portafolio. Por la ventana el seudo-administrado le grita a Juana, que era a la vez su querida y empleada, solicitando auxilio. Sagaz, Ezequiel arroja el portafolio por la ventana y Juana –con su nuevo look de pelirroja- lo atrapa y emprende la carrera a toda velocidad. Se lanzan en su persecución las aguerridas mujeres que encabezan la resistencia condominal y Juana se tropieza y cae de rodillas.,. una vecina atrapa el tesoro y huye con el portafolio con rumbo desconocido. En tanto, siempre vigilantes de la legalidad y confiados en el ejercicio recto de las instituciones, los vecinos del Comité llaman a la patrulla para que detenga al ladrón…. Por insólito que resulte el ladrón grita…. “al ladrón, persigan al ladrón…” y en pocos minutos todos están dentro de la patrulla camino a la Delegación. Y mientras las averiguaciones se realizan todos quedan en calidad de detenidos. Ezequiel ríe con cinismo, confiado en que el abogado que siempre lo ha protegido vendrá en su auxilio, mientras, nuestros vecinos son abandonados por el licenciado experto en asuntos civiles y que de penal no sabe nada. Un güero a quien le atemoriza la dinámica del ministerio público en donde las cosas se arreglan antes de las 72 horas, siempre que se aporten los montos de mordida necesarios.

La confrontación condominal se traslada a las oficinas del MP en Coyoacán en las que se cruzan miradas de encono entre vecinos de uno y otro bando. Los ex – del Comité se apersonan a asesorar a su patiño, mientras parientes y vecinas/os del nuevo Comité no dan crédito que sus esposos y amigos se encuentren tras las rejas. Con la intervención de un abogado pragmático y trucha en la intríngulis de la impartición de justicia del país, los vecinos salen a los dos días.

Con el capítulo de “Juana y el portafolio” se cierra una fase de la vida condominal y se inicia, formalmente, el período de la nueva administración.

Han pasado siete años y muchos comités y administradores/as han sido nombrados desde entonces. Otros floridos pasajes han coloreado la vida del condominio… y, por fin, el día de hoy, una esperanza de justicia se asoma en estas celebraciones. Sin embargo, al recordar estos pasajes no puede una dejar de preguntarse. ¿Cómo es que un pequeñísimo grupo de habitantes reproducen con tanta fidelidad nuestra realidad nacional? ¿será que nuestra necedad de no aceptar la impunidad como un mal necesario logrará triunfar? ¿Será que eso también puede suceder en realidades más amplias?

Ojala. En tanto… por nuestra perseverancia. Salud.



Más que un desnudo.

Hilda Salazar

La foto de Tunick… más que un desnudo.

Mayo del 2007

“No es una manifestación, tampoco es una fiesta, es una obra de arte”, pregonaba con insistencia el planfleto enviado por los organizadores a los participantes en la fotografía de Spencer Tunick. No obstante, lo ocurrido la mañana del 6 de mayo en el Zócalo capitalino, fue algo más que un evento artístico. El desnudo masivo se convirtió en una sinfonía de experiencias que no alcanzan a cobijarse bajo una sola designación. Fue cultura sí, arte también, pero fue mucho más que eso.

El amanecer se dio a desear.

La experiencia arrancó temprano. Eran apenas las 4 y media de la mañana, cuando los caminantes de las céntricas calles de la ciudad, descubrimos que empezábamos a convertirnos en muchedumbre. La cita colectiva a una hora tan inusual, marco el inicio de un “algo” totalmente diferente. A los pocos minutos, las dos entradas previstas para dar paso a los “posantes” se vieron saturadas. Las filas comenzaron a alargarse de manera tan desproporcionada que los asistentes decidieron “darle la vuelta”. Un poco más adelante, otros resolvieron hacer lo mismo, y otros y otros, de tal modo que en poco rato la unifila se había multiplicado por dos, cuatro y hasta cinco hileras en distinto sentido, generando un enjambre humano que, como nunca, se asemejaba a un hormiguero. La comunicación también era original: no sabíamos con certeza a dónde conducía la hilera en la que nos encontrábamos formados, pero todos estábamos seguros que nos llevaría al lugar deseado. La meta estaba más que clara, entrar al Zócalo. El espíritu colectivo estaba instalado.

Un poco desbordadas las cinco de la mañana, entramos al corazón político de la ciudad. El grupo de mujeres con que inicialmente me había citado, ya había crecido. Los comentarios entre nosotras alcanzaron a los vecinos que se sumaron a la plática. “¿Ya viste que son muchos más hombres que mujeres?”, “Sí al menos 10 a una, respondió un muchacho”. Otro joven, muy apuesto, que nos había acompañado en la fila siguió con nosotras todo el trayecto, también ubicamos bien al güero lochocón, espigado, pelilargo y de vestuario deportivo y al moreno con rastas más que dispuesto a iniciar conversaciones y proferir chistes. Menudeaban las parejas, familias completas y grupos “comunes y corrientes”. Muchos jóvenes, pero no pocos de edad media y avanzada, harta clase media, y una breve porción de “raza pinolera”.

Fuimos acomodados en los arroyos que circundan la plancha del Zócalo en donde nos pidieron sentarnos “un poco apretaditos”. La magnitud de la respuesta a la convocatoria, también pilló desprovistos a los organizadores que tuvieron que disponer de nuevos sitios para acomodar a la gente que seguía entrando. El rumor del “portazo” se acompañó de los gritos y las goyas que el “respetable” empezó a lanzar para matar el aburrimiento. No tardó en organizarse la ola y también un poco de protesta ante los llamados a la cooperación y la “obediencia” que una de las organizadoras, tipo Televisa, pedía por el micrófono a una masa más que dócil y colaborativa.

El tiempo se hizo elástico y el deseado amanecer nunca llegaba. El sonido era malo, malísimo; lo mismo se desconectaba una bocina que se producía un eco que impedía comprender las instrucciones. Ansiedad, un poco de nerviosismo y mucha incertidumbre que producía el dudoso destino de la ropa de la que en breve nos despojaríamos y del cual los organizadores no hablaban.

Por fin llegó la hora. El artista piquin in inglich giró sus instrucciones, traducido por un voluntario medio medio. Lo que quedaba claro es que entraríamos a la plancha, serían tres posturas y no nos quitaríamos la ropa hasta que nos fuera indicado. Nada de aretes, gorras ni lentes de sol. Las tercas y necios que habían ingresado celulares, relojes y tarjetas de crédito mostraron preocupación, pero la inquietud general surgió cuando nos percatamos que la ropa quedaría “justo en donde están parados”, cuando la apretada masa hacía suponer que habríamos más de una quintenta por metro cuadrado.

Las prendas de vestir adquirieron un valor supremo frente a la posibilidad de no tener con qué cubrir el cuerpo, una vez terminado el sainete. Sin embargo, la inminencia del desnudo minimizó con rapidez la incertidumbre por las pertenencias y prevaleció la confianza en la honradez ajena, en una las ciudades más inseguras del mundo, lo que en sí mismo constituye ya todo un acontecimiento.

El Zócalo se pintó de rosa.

A la una…., a las dos…. y a las tres…. Pantalones, blusas, calzones y sostenes cayeron por el piso a distintos ritmos y velocidades. En pocos segundos el color del gentío empezó a emparejarse. La ropa fue guardada en bolsas plásticas que formaron pilas colectivas (“esta es la nuestra”). Los brazos, pudorosamente cruzados sobre pechos y pubis, se fueron relajando cuando los encuerados y encueradas iniciamos nuestro camino a la plancha. Cada quien en busca de su baldosa para colocarse sobre ella, todo al grito de “¡México, México!” dando al momento el infaltable toque nacionalista tan indispensable para nuestro pueblo.

La sensación de desnudez personal se fue desvaneciendo ante el singular paisaje que se abrió ante nuestros ojos. Eran miles los cuerpos que formaron un mosaico unicolor bellísimo y extraño. Lo que entraba por la vista se apropiaba de todos los sentidos, colmándolos. El panorama evocó en algunos de nosotros una impresión similar a las que se experimenta cuando se ve el mar por primera vez o se descubre, en un golpe de vista, un cielo completamente estrellado. Además, la idea de “ser parte de eso”, aderezaba esa emoción tan especial.

El acomodo de cerca de veinte mil almas fue difícil. Los voluntarios de la UNAM --alrededor de un centenar de mujeres y hombres ataviados con camisetas y megáfonos- repetían instrucciones que lo mismo indicaban tres pasos para atrás que tres al frente. Un poco a la izquierda, ahora a la derecha… llenen los espacios vacíos y no se amontonen. Los minutos se volvieron chiclosos develando el frío y la dureza del pavimento que empezó a hacerse notar. Las menciones a la catedral provocaban la algarabía del gentío, haciendo surgir las consignas contra el conservadurismo encarnado por la iglesia y sus jerarcas: “Monseñor Rivera, la gente se te encuera”. Había de todo sí, pero entre los encuerados y encueradas prevalecían los espíritus que gozan con el ejercicio de la libertad y la manifestación contestaria y de sana rebeldía. Después de cada toma exitosa, estallaban expresiones de júbilo y aplausos autootorgados.

El albur al ras del pavimento.

La postura “culi-empinadas”, como la bautizó una amiga mía, fue la más incómoda y la que provocó más hilaridad. Tuvimos que colocarnos en posición fetal con rodillas, y piernas flexionados contra el piso, con la cabeza mirando al pavimento, teniendo por único paisaje el trasero de la persona frente a nosotras. No se hicieron esperar los comentarios y las carcajadas que no cesaron por más que el fotógrafo y su cuerpo de ayudantes suplicaban silencio. Las risas y el albur corrieron al ras del suelo pasando de persona en persona. A alguien se le ocurrió decir… “miren cómo estamos y mañana si nos encontramos en la calle ni siquiera vamos a conocernos… lo más que podríamos decir es “ahí va la greñuda” ¡ja, ja, ja!”.

La democracia al desnudo.

Nos dirigimos hacia 20 de Noviembre para formar una figura que requería llenar cuatro cuadras con material humano. En cuanto tomamos la avenida – aislada por un cordón de seguridad que dejaba a los mirones a una cuadra de distancia– el grito “voto por voto, casilla por casilla” llenó el espacio con sonoridad. La calle era nuestra, nos apropiábamos de nuevo del territorio y ejercíamos a plenitud nuestra ciudadanía, aunque la petición electoral estuviera totalmente fuera de tiempo. Algunos ampliaron las consignas exigiendo libertad para los presos políticos, no a la represión. Los gritos mudaron de contenido al encuentro con algunos “vestidos”. Ahora la consigna fue “que se encuere, que se encuere”. Un chico que se aprestaba a abrir su puesto de periódico sobre la banqueta, se dejó contagiar y frente a los aplausos y gritos de aprobación, se despojó de la ropa, la tiró hacia el techo del puesto y se unió a la multitud.

Ahora los gritos se dirigían al personal de un hospital que nos observaba desde la azotea del edificio. Un médico se quitó la camisa, pero la animación no le alcanzó para librarse de los pantalones frente a sus compañeros que lo observaban divertidos. La rechifla no se hizo esperar junto con el grito de “todo, todo” y hasta uno que otro “ulero, uleeero”. La exigencia se extendió a las y los policías que cuidaban la calle y a los organizadores que sólo acertaban a sonreír.

La autodeterminación de los cuerpos.

De vuelta al Zócalo, nos esperaba la “sorpresa” que Tunik había anunciado. Hombres y mujeres fuimos separados. Ellos habían terminado y podrían vestirse, en tanto que las mujeres seríamos colocadas al fondo de la plancha, frente a Palacio Nacional, para una última toma. La masa unisex comenzó a diferenciarse, las mujeres nos dimos cuenta que éramos muchas y experimentamos un sentimiento de identidad “Mujeres, mujeres” empezaron a gritar algunas entre aplausos y júbilo. El contenido pareció corto, por ahí alguna exclamó “ni una muerta más” y la consigna que en definitiva se instaló fue “aborto sí, aborto sí”. Reivindicar así, desnudas, la libertad a decidir sobre nuestra maternidad, adquirió un significado que rebasó la exigencia o el apoyo a una ley. Con el pelo púbico y los pechos al aire, las mujeres estábamos ejerciendo ya, en ese momento, el derecho a la autodeterminación de nuestros cuerpos. De nuevo nos embargó una emoción peculiar, un sentido de libertad plena, que nos otorgaba el solo hecho de gritar desnudas. Nuestra piel hablaba por nosotras.

Los estereotipos de género se cubrieron de trapos.

En la medida en que los hombres se fueron vistiendo, el ambiente tomó un giro inusitado. El acierto de haber cerrado los accesos y evitado a los “mirones” fue borrado en pocos minutos. La solidaridad intergénero se quebró y hombres y mujeres cambiamos de actitud. Es curioso constatar cómo un poco de ropa adquiere un simbolismo tan poderoso capaz de modelar las actitudes masculinas y femeninas frente al cuerpo humano y la sexualidad.

Ahora las mujeres éramos observadas por hombres vestidos lo que en sí mismo resultaba molesto. Es posible que muchas miradas fueran simple y explicable curiosidad pero la presencia del acoso voyeurista masculino, del que somos objetos cotidianamente las mujeres, se hizo sentir al instante. Hubiera sido un experimento interesante la situación inversa –hombres desnudos y mujeres vestidas- y observar las actitudes y sensaciones masculinas.

Algunos comenzaron a acercarse y a tomar fotografías con sus celulares lo que ocasionó enojo en algunas, temor en otras y extrañeza en la mayoría. Tunick mostraba gran nerviosismo al no lograr el acomodo deseado mientras los rayos del sol pronto alcanzarían los cuerpos femeninos. Gritaba instrucciones y nos mandaba a callar, lo que generó una tensión que no se había presentado. La solidaridad entre mujeres también se crispó, unas pidiendo silencio en tanto que otras exigían respeto a los hombres y también al fotógrafo. El error de Tunick (¿en qué año vas?), fue apenitas el negrito del arroz que, con todo, no alcanzó a quitar el buen sabor de boca de la experiencia.

La ciudad tiene mayoría de edad.

Una vez terminada la última toma, las mujeres regresamos por nuestro vestuario en medio de un panorama que subrayaba el carácter mixto del evento, caminando desnudas entre el nudo de hombres vestidos. La urgencia por encontrar nuestra pila de ropa se acrecentó, pero también hizo notable la solidaridad de algunos hombres, como la de nuestro apuesto joven, aquel que nos había acompañado durante el trayecto y al que hacía rato habíamos perdido de vista. Él nos esperaba al cuidado de nuestras prendas que se apresuraba a entregarnos. No se retiró hasta que la última de nosotras se hubo vestido, preocupado porque el paso de los peatones ya había sido abierto.

A eso de las nueve de la mañana el Zócalo empezó a vaciarse y los participantes nos mezclarnos por las calles del centro con los “vestidos” que no habían participado. En los cafés y restaurantes de la zona, que se llenaron rápidamente, no se hablaba de otra cosa. Éramos ya parte de una experiencia que nos dotaba de un sentido de pertenencia y complicidad, un poquito orgullosos de haber compartido una audacia singular, los encuerados de Tunick, mostramos, que la ciudad ya tiene mayoría de edad.

La intensa vida del Municipio Libre y Soberano. Hilda

El Municipio de Coapilla, “Corona de los Cerros”, se ubica en las montañas de la región Centro de Chiapas, 7217 habitantes, 34 localidades -33 rurales y una urbana-, con un índice de analfabetismo del 23 por ciento y tres cuartas partes de la población dedicadas a actividades primarias.

El profesor Culebro, presidente municipal de Coapilla nos recibirá enseguida, está terminando sus audiencias. Esperamos. El edificio municipal, de aparente buena apariencia, ofrece una pequeña terraza que parece un lugar agradable para la espera. Nos asomamos hacia el patio y visualizamos un paisaje desconcertante. La parte trasera de un auto aparece “incrustada” a la mitad de un muro y se encuentra casi cubierta de hierba, parece un montaje para alguna película surrealista. Una mirada más atenta indica que el auto no está incrustado en el muro sino montado sobre otro vehículo, ese sí totalmente cubierto de verde por una vegetación que le gana terreno a la tecnología. La observación se vuelve obligada; no hay dos sino nueve vehículos abandonados, camionetas de años recientes que descansan sobre sus rines cuyas llantas fueron arrancadas al igual que espejos y ventanas. En el fondo, recargado sobre un muro hay un tractor, a medio oxidarse… el muro reza “Centro de Salud del DIF”. A decir verdad es difícil saber qué sostiene a qué, el muro al tractor o el tractor al muro, ambos en ruinas. El resto es basura, maderas sueltas, arbustos que nacen… ¿qué pasó acá? La persona que nos condujo al edificio municipal nos explica que todo ello es resultado de la alternancia en el poder. El partido que perdió, no aceptó el resultado electoral y tomó el edificio municipal por varias semanas dejando los saldos que están a la vista. Los costos de la democracia reza la partidocracia.

Ya tardó el presidente… ¿dónde está el baño?. Mi compañera me indica con un gesto de desagrado … “no hay agua”. Me arriesgo. En efecto, el depósito de agua del WC está destapado y vacío. Encuentro una cubeta y pienso que puedo llenarla en el lavabo y limpiar un poco el excusado, intento llenar el depósito liberando el flotador que se encuentra levantado. Al bajarlo, chorros de agua empiezan a brotar por todas partes, el tanque está roto, el flotador no funciona, el WC es un desastre. Logro llenar mi cubeta y evitar la inundación, vuelvo a colocar el flotador en su lugar, todo vuelve al orden, ese orden del provisional arreglo tan a la mexicana, el baño por fin volvió a quedar… sin agua.

El presidente ya se ha desocupado, tomamos lugar en la modesta oficina: un pequeño escritorio de madera y unas cuantas sillas bastante incómodas. Arrancamos con nuestro interrogatorio ¿a usted oído hablar el Corredor Biológico Mesoamericano, tiene algún convenio con él, qué programas tiene, qué proyectos de conservación y equidad de género instrumenta el municipio? ¿qué recursos podría aportar de común acuerdo con el Corredor? Sus respuestas van haciendo mella en nuestras pretensiones de colaboración. ...Del Corredor, sí como no, he oído hablar y estoy esperanzado que pronto lleguen los recursos para diseñar el plan de desarrollo municipal … lo que realmente nos urge es un ‘proyectista’, es decir una persona que pueda hacer proyectos pues el municipio no tiene capacidad para gestionar los recursos estatales y federales a los que podría acceder, las limitaciones se agudizan porque la suya fue una candidatura de coalición y entonces hubo que cumplir los compromisos a la hora de repartir los puestos, uno para el PT, otro para Convergencia y así y… claro, esas personas pues de proyectos no saben nada. Cuenta la necesidad de mantener este equilibrio político no como una confidencia, ni siquiera como una queja, simplemente como una realidad. Su narración se ve frecuentemente interrumpida por la secretaria que entra y sale de la oficina a hacer consultas o comunicar mensajes. Cada interrupción se acompaña de un rechinido de la puerta que pone los nervios de punta, el Presidente no parece darse cuenta, continúa la entrevista.

Las limitaciones de este gobernante nos conducen a terrenos más modestos y concretos, hablemos mejor de los proyectos productivos y los que se destinan para las mujeres. Si, tenemos muchas peticiones de proyectos, granjas de puercos y gallinas, algunos huertos y viveros. Lo malo es que no hemos tenido suficientes recursos para apoyar estos proyectos, como les decía, nos urge un proyectista, mire usted, este año para proyectos productivos tuvimos un presupuesto de $50,000.00. ¡Cincuenta mil pesos para 34 localidades!, …claro que no se les puede dar a todas, entonces los que hicimos fue repartir de a $7,000.00 para algunas.

El resto de la entrevista transcurre con el corazón oprimido, este hombre modesto y sincero hace lo que puede y muestra buena voluntad para cualquier posibilidad de colaboración, a nadie le sobrarán algunos centavitos para mejorar la gestión municipal….quien quita y hasta puedan cambiar el flotador del baño…. Ya de salida no podemos evitar observar el mobiliario de la secretaria quien trabaja en una mesita que sólo alcanza para albergar la vieja máquina de escribir Olivetti, sí una portátil de esas que se usaban para mecanografiar hace casi tres décadas… Viva el municipio libre y soberano.


Viñeta Urbana – “Las Fuerzas de Reacción Inmediata”

Gloria Salazar

Un domingo por la mañana, bastante temprano, para ser domingo, nos dirigimos el cuarteto de brujas conformado por Hilda –¿hace falta describirla?- Rebeca –idem-, Patricia Flores -entrañable amiga, de altos vuelos intelectuales, sexuales y existenciales en general; rubia sensual de piernas categóricas enloquecedoras de hombres- y yo misma –casi de la misma calaña que las tres anteriores- nos dirigimos, repito, a un restaurantito lindo al aire libre. El domingo en cuestión era de verano caliente, así que nuestros atuendos iban de las camisetitas de tirantitos a vestiditos vaporosos o jeans reveladores.

Nuestra intención era desayunar, pero decidimos pasar antes a Office Max a comprar no sé qué chuchería indispensable. Hicimos la compra y de regreso a la azotea, en donde se encuentra el estacionamiento, Pati golpeó con la puerta de nuestro coche levemente el costado de una camioneta negra, de esas lujosas, brillosas que se compran cuando nace un bebé, o se compra un perro o se asciende en la escala social, con la puerta de nuestro auto. El golpe fue tan leve que prácticamente no lo registramos ninguna de nosotras.

Hilda, al volante, avanzaba hacia la salida, cuando un energúmeno se nos puso delante, profiriendo gritos, manoteando, gesticulando con la intención de detenernos. Hilda se asomó por la ventana para indagar, y el tipo nos dijo que habíamos golpeado y dañado horriblemente su camioneta. Todas nos volteamos a mirar con cara de “what” y le respondimos, no señor, usted está equivocado; mientras Hilda proseguía el camino. El energúmeno enloqueció de ira y le gritó, más bien, ordenó al cuidador de la entrada que nos bloqueara el paso; el cuidador, macho solidario, puso la cadena y nos impidió salir. Nos bajamos a ver el daño y el energúmeno nos mostró un rayoncito que le costó trabajo encontrar; claro al mismo tiempo nos gritaba que éramos unas delincuentes que intentamos huir. Nos volvimos al auto, cerramos las ventanas y decidimos en un aquelarre instantáneo que llamaríamos al seguro y que el ajustador se hiciera cargo. El energúmeno daba vueltas alrededor del coche con saliva en las comisuras y sangre en los ojos jurando que le pagaríamos el daño. Hilda abrió un poquito la ventana y le dijo que habíamos llamado a nuestro seguro y que con el agente arreglaría tan grave daño; cerró de nuevo y lo dejó echando espuma por la boca con un palmo de narices.

A estas alturas, se había formado una horda de coches que querían salir y nos pitaban con furia urbana. Decidimos divertirnos. Le informamos al macho solidario que ahora se jodía por haberse confabulado con el energúmeno (E) venezolano (a juzgar por su acento) y que no nos moveríamos de ahí hasta que llegara el ajustador, pss…. quién le mandaba ser tan poco cortés con unas damas como nosotras. Pusimos música a todo volumen, abrimos las ventanas porque hacía un calor horrible, subimos los pies en el parabrisas y cantamos y nos reímos, hasta que nos dio una sed horrible. Pati y Rebeca se fueron por los chescos (es decir gatorades) e Hilda y yo seguimos con la fiesta. El E venezolano bajó corriendo por las escaleras rumbo a la calle. Unos cuantos minutos más tarde, a modo de escena de película de acción, aparecieron en la azotea unos ocho policías, con chalecos antibala, armas en la cintura, botas, boinas, maquillaje de camouflage y posición de vigilancia extrema, avanzando en carrera lenta, con las rodillas encogidas, mirando de un extremo a otro. Se dirigían hacia nuestro automóvil amenazantes. Ora sí iba a haber diversión en grande. En un mini aquelarre, también instantáneo, decidimos que yo lidiaría con el alto mando e Hilda con las bases.

Cuando llegaron al auto, nos informaron que habían recibido el reporte de un delito ejecutado por nosotras. Les preguntamos quién era el jefe y se apersonó el Comandante en Jefe de las Fuerzas de Reacción Inmediata del Distrito Federal, Lino Amezcua. Le pedí al Comandante que antes de cualquier diálogo, al cual estábamos por supuesto dispuestas, me permitiera mostrarle algo. Me bajé del auto y lo llevé a mirar el rayón, que me costó mucho trabajo encontrar. Le expliqué que ése era el cuerpo del delito y que estábamos muy espantadas porque el dueño, y señalé con mi dedito manicurado, al E venezolano que observaba desde lejos mi acción, se había puesto sumamente agresivo con nosotras, cuatro mujeres indefensas. “¿Usted cree, Comandante, que con un cuerpo tan pequeño como el mío, puedo defenderme de un hombrotón como ese?” “¿Usted que haría si unas mujeres como nosotras (acababan de aparecer Pati y Rebeca) le hiciéramos un rayón así a su patrulla?” El Comandante sonrió con sus dientes blancos y su bigote tupido y dijo “las invitaría a cenar, señoritas” y añadió “ya llegamos para defenderlas, no faltaba más”. Todos sonreímos estruendosamente e hice las presentaciones de las brujas recién aparecidas. El Comandante luego luego dejó en claro su preferencia por la Pati. Mientras tanto, los pobres Cabos recibían una reprimenda horrorosa por parte de Hilda, quien los regañaba por dispendio de recursos y por no haber estado cuando la habían asaltado. Todos se le cuadraban, le pedían perdón y le daban sus celulares para cuando se necesitara.

El pobre E no daba crédito de lo que veía; pero no se atrevió a acercarse ni cinco centímetros. Su mujer lo calmaba y miraba con estupor y algo de envidia nuestro convivio con las Fuerzas de Reacción Inmediata, porque en honor a la verdad, el Comandante estaba de buenos bigotes. Llegó el ajustador a quién le pedimos hacerse cargo sin que tuviéramos que cruzar ni media palabra con el horrible y ahora descompuesto E. Se arreglaron, con un cálculo de daños de alrededor $50.00 pesos que le serían reparados en un taller al que tendría que acudir dentro de una semana. Mientras se cerraba el papeleo seguimos la charla con el Comandante quién nos ofreció su teléfono para cualquier ayuda y, claro, para ir a cenar.

Una vez firmados los papeles, se levantó la cadena y salimos custodiadas por dos patrullas, con la orden del Comandante Lino de acompañarnos hasta nuestro destino final: comer en un lugar lindo porque ya eran las cuatro de la tarde.

Esa es una manera de pasar un domingo por la mañana en el Distrito Federal, digo yo.