Álvaro Briones (sí, el pije y pituco)
La tarde que me embarqué para volar a Santiago de Chile, vía Dallas, Texas, USA, la temperatura máxima pronosticada para Washington DC era de 6 grados centígrados bajo cero. O sea un frío de mierda. Mi ánimo, debo decirlo, estaba en total sintonía con el estado del tiempo. En particular me abrumaba la reacción de Hilda a mi casi-viñeta y la solidaridad que su reacción había suscitado en otra integrante del grupo. Estaba bien proponer que yo no fuese aceptado; eso lo podía aceptar aunque me doliera. Después de todo, como Groucho Marx (y voy a seguir con las crónicas marxianas), hasta yo sospecharía de un club que me aceptara a mí como socio. Pero la proposición de expulsión de Rebeca, ¿por qué? Por qué agredirla a ella sólo por sugerir mi nombre. Y además tratarme de pije y pituco y contrastarme con la raza pinolera a la que le tengo tanta simpatía. Por qué a mí, que no hago más que ir a la playa para conseguir ese tono de piel que todos califican como fascinante pero que yo busco sólo por parecerme a la raza de bronce. ¿Por qué hacerme eso? Y perdido en esas cavilaciones fue que perdí el avión.
Debo aclarar en este momento que no es que yo perdiera el vuelo sino que, por cuestiones de la temperatura ambiente, el despegue desde Washington DC se atrasó tanto que ya no pude coger –perdonando la expresión- mi conexión hacia Santiago, de modo que me quedé varado en Dallas sin tener nada que hacer hasta el día siguiente a la misma hora (9:30 de la noche). Las chicas de la línea aérea se portaron de lo más gentiles por supuesto y, luego de componer una cara de compasión que hasta a mí me pareció auténtica mientras yo reclamaba primero y suplicaba luego que me pusieran en otro vuelo, finalmente me dieron un vaucher para un hotel, otro para comer y las indicaciones para tomar un bus que debía llevarme a ambos lugares y que yo, naturalmente, no entendí.
A pesar de todo dos horas después estaba en el hotel que, por lo que pude ver durante el trayecto y por lo que se advertía desde la ventana de mi cuarto, estaba exactamente en medio de la nada. La sensación no mejoró cuando le pregunté al recepcionista dónde estaba el comedor para hacer válido el vaucher correspondiente, porque la respuesta fue: “tiene que salir, caminar dos cuadras hasta encontrar un Wendys y ahí se puede comer una hamburguesa”.
El diálogo, sin embargo, me sirvió para constatar algo que tiene que ver con el meollo de esta historia y dice relación con el recepcionista del hotel. Porque ocurre que mi primera impresión, cuando lo vi, fue que era mexicano y eso, naturalmente, volvía a sintonizarme con las penosas reflexiones que me habían acompañado durante el viaje. Sí, parecía un miembro activo de la raza pinolera porque era morenito él, lucía el bigotito de rigor y tenía una mirada triste que llevaba a suponer que había sido sometido a la más abyecta explotación antes de llegar a la tierra prometida (es decir a Dallas, Texas, USA). Lo que me hizo dudar de que en verdad fuera un representante de la raza fue el hecho que el muchacho en cuestión (porque era o se veía bastante joven) fuese muy delgado, es decir que le faltaba el enchapado que dan tortas y tortillas y que es una especie de garantía de autenticidad de los nuestros. También me llevaba a recelar el que luciera unas hermosas pestañas rizadas, lo que francamente no se da mucho en nuestro rincón del mundo en donde lo que abunda son los pelos más bien tiesos. Como después de escuchar mi spanglish no manifestó ninguna compasión y siguió hablándome en inglés, llegué a la conclusión de que, en alguna parte del mundo, había gente que se parecía mucho a los mexicanos, excepto por las pestañas y el enchape.
Así llegó la mañana siguiente en Dallas: la mañana de un día que comenzaba en medio de la nada y en el que no tenía nada que hacer hasta que llegara la noche. Bueno, excepto quizá seguir preguntándome, angustiado, por qué Rebeca y yo habíamos terminado siendo las impensadas víctimas de las iras polpotianas de Hilda. Y en eso estaba cuando reparé que me encontraba en la ciudad de Kennedy; es decir, para que me entiendan, no en la ciudad en la que nació John F. Kennedy sino en la que le dieron baje. Dada la circunstancia se me ocurrió que podía hacer una especie de turismo morboso e ir a darme una vuelta por el lugar de los luctuosos sucesos, a ver si sacaba mis propias conclusiones. Volví en consecuencia donde el misterioso recepcionista, que había cambiado de forma pero no de contenido, es decir no era el mismo de la noche anterior pero seguía pareciendo mexicano en una versión estilizada, y le plantee mis turísticas inquietudes. Él reaccionó con total comprensión, lo que me llevó a suponer que esto del turismo morboso era más o menos habitual y, luego de indicarme con precisión adónde debía dirigirme, procedió a recomendarme con entusiasmo un servicio de taxis que, en sus palabras, iba a satisfacer todas mis necesidades al mejor precio posible de conseguir en el mercado.
Con tan buenos argumentos no me quedó más que aceptar y, después de una breve espera, se hizo presente el taxista que, adivinaron, era otra expresión del genotipo “mexicano estilizado”. Como no podía seguir haciéndome el desentendido con la misteriosa circunstancia y además el viaje era largo y de algo había que conversar, le pregunté de dónde era a lo que él respondió que de Bangladesh. Dos misterios quedaban así resueltos: los bangladeshianos abundan en Dallas, Texas, USA, y son muy parecidos a los mexicanos, excepto por las pestañas y el enchape. Este bangladeshiano en particular, que dijo llamarse Rocky, era de lo más simpático y conversador: me mostró algunas de las atracciones turísticas de la ciudad que nos quedaban en el camino, como el estadio de los Dallas Cowboys o el hospital en que murió Kennedy y se permitió algunos chistes muy graciosos como cuando me preguntó si quería ir a visitar un edificio de bastante altura que se veía a la distancia y en el cual todo era gratis: el hospedaje, la comida y la entretención, y que resultó ser la cárcel. Además tuvo el buen cuidado de mostrarme una imponente y muy audaz edificación que, me explicó, era un restaurante giratorio desde el cual se podía observar toda la ciudad. Finalmente me dejó en el sitio mismo de los penosos sucesos acaecidos aquel triste viernes 22 de noviembre de 1963.
El sitio mismo de los penosos sucesos que terminaron con la muerte del presidente Kennedy en Dallas, Texas, USA, a las 12:30 Tiempo Central Estándar (18:30 UTC) del día indicado, es la Plaza Dealey. En ella y en el museo situado en el sexto piso del edificio del Texas School Book Depository, de donde se supone que salieron las balas asesinas, o por lo menos algunas de ellas, me pasé mis buenas tres horas de sesuda investigación y profundo análisis, lo que me convirtió en un experto en el asesinato de Kennedy como podrán haber advertido por las eruditas observaciones anteriores. Sin embargo no expondré aquí mis agudas conclusiones porque merecen ser tema de otra viñeta. Me mantendré, pues, fiel al tema que motiva ésta, es decir lo que me ocurrió cuando fui a Dallas (y por supuesto no las dí).
La cosa siguió más o menos así. Después de las horas de sesuda investigación y profundo análisis a los que ya hice mención, sentí que había llegado la hora de ingerir algunos alimentos y me acordé del restaurante giratorio que me había recomendado mi amigo Rocky (a esas alturas no podía sino pensar en él y en todos los bangladeshianos de Dallas, Texas, USA, como mis amigos). El restaurante se encontraba a distancia de caminar desde el lugar de los luctuosos sucesos, de modo que emprendí la marcha en esa dirección, lo que me llevó a una estación de trenes, aparentemente la principal de Dallas, que aproveché de visitar.
Y ahí mismo comenzaron mis problemas, porque la línea del tren separaba como un tajo la ciudad y dejaba al edificio giratorio exactamente al lado contrario de aquel donde yo me encontraba. No me arredré, sin embargo y, durante un rato, recorrí subterráneos y caminé superficies buscando un posible paso, sin encontrarlo. Estaba a punto de renunciar cuando, para mi buena suerte, me encontré con dos bangladeshianos que reparaban una lámpara en un andén. Presto me encaminé hacia ellos como mi última tabla de salvación: después de todo si eran la mitad de gentiles que los recepcionistas y Rocky sin duda me iban a resolver el problema. Uno de los dos estaba encaramado en una escalera operando cables y focos y el otro sostenía, o hacía como que sostenía, la escalera. Me dirigí en consecuencia al que tenía más cerca, esto es al sostenedor (o aparente sostenedor) de la escalera, produciéndose el siguiente diálogo:
Yo: “Eh, humm, mister, eskiusmi; esteee, ¿can yu tel mi jau can ay get dat big bildin over dear?”
Él: Silencio, mirada oblicua cargada de desconfianza, una especie de semi sonrisa también oblicua que no alcanzaba a mostrar dientes y, luego, un ruido que podría describirse como “nnnnñññ” seguido de un movimiento lateral de cabeza que en todas las lenguas del mundo viene a significar negación.
Yo: Estupor, asombro, luego enojo con los bangladeshianos que sólo se comportan de manera simpática cuando hay dinero de por medio… Hasta que comencé a reparar en algunos detalles: uno, que aunque el bangladeshiano en cuestión hacía esfuerzos por no mirarme directamente, se podía advertir con claridad que no tenía las pestañas rizadas sino más bien tiesecitas; otro, que también el pelo le lucía más bien de puntillas; otro más, que en lugar del característico bigotillo bangladeshiano este portaba un gran bigotón. Y último y definitivo: este bangladeshiano lejos de ser esbelto se veía francamente barrigón. Y ahí tuve mi epifanía, el rayo iluminador, la luz al final del túnel: ¿y si no era bangladeshiano sino, al fin, mexicano? De ese instante revelador a la pregunta siguiente no medió ni un segundo:
Yo: “Oiga, ¿y usted habla español?”
Él: Gran sonrisa que puso en evidencia unos dientes impecables, blanqueados por toneladas de cal incorporadas sabiamente a la elaboración de las miles de tortillas consumidas a lo largo de una laboriosa vida; además una mirada transparente y un voluntarioso “pss siii”
(Juro que en ese momento no pude dejar de recordar el chiste ese que terminaba: “y entonces que estamos haciendo aquí, hablando inglés como babosos”, con lo que la historia me habría salido redondita, pero me contuve y la cosa siguió de esta otra manera)
Yo: “Ah, que bueno. Y dígame, ¿comeliago para llegar a ese edificio grandotote que se ve ahí?, ahí, ve.
El: De nuevo gran sonrisa, esta vez dominadora y un “ah, pus muy fácil joven, siga derecho y baje por esa escalera que está más adelante, allá, ¿la ve?, pus la baja y camina para la derecha hasta llegar a una puerta de vidrio y ahí es”.
Caminé luego en la dirección indicada, aunque finalmente me encontré con que el restaurante (o el edificio más bien) estaba siendo restaurado y por lo tanto no atendía. Pero ese también es otro cuento. Lo que importa, y ese es el fin de esta historia, es que pese a lo que piensan algunas, la raza es para todos y todos somos la raza. Y que, aunque parezcan bangladeshianos, a la mera hora están ahí para sacarlo a uno de apuros.
Washington DC, 23 de febrero.
Esta historia tiene un colofón. Volví de Santiago vía Miami (Florida, USA) y, al hacer el trasbordo, me encontré detrás de una señora que hacía la misma cola que yo, llevando un carrito de aeropuerto con maletas. La señora avanzó sin problemas hasta que llegó a una puerta en la que otra señora, esta de complicado peinado y generosas caderas, le dijo “nou cars from jiar, mami”. O sea de nuevo la raza, aunque con otro acento. No hay caso, estamos en todas partes.