Luis García
Ya lleva 2 días sin saber de ella, me dijo. “Espero que no le hagan mas nada.”
Se caso hace 7 años. Tuvo una niña y un esposo que le hizo la vida de cuadritos, para variar. Los dos de Republica Dominicana, buscaron el “sueño mexicano”-si a esto puede llamársele sueño-, al venirse a vivir hace 3 años a Cancún.
Los tratos eran cada vez mas insoportables, hasta que la amenazó con mano en la garganta prohibiéndole trabajar, pues consideraba que su atuendo de trabajo, en una perfumería, atraía las miradas de propios y extraños al verla pasar y que en cualquier momento ella podría ser presa de sus instintos carnales dejarse llevar por sus instintos “de apareamiento” -si, de apareamiento-, y dejarlo por otro. Entre gritos y jaloneos, logro dejarle serios moretones en el brazo y la garganta. Desesperada, tomo a su hija y abandono al tipejo, busco otro trabajo, otra casa y se propuso realizar una nueva vida en esta ciudad.
No paso mucho tiempo para que este desgraciado la encontrara nuevamente. Entro por la fuerza a su departamento, y la amenazo con arma blanca, vociferando “Pues si no estas conmigo, no estarás con nadie más…”. Gritos amenazas, forcejeos, platos rotos y escándalo, a las 3 de la mañana bastaron para que los vecinos llamaran a la policía, se llevaran al interfecto, y ella pusiera una denuncia en contra del sujeto bajo maltrato psicológico, físico y sexual. Por razones desconocidas, el marido no logró llegar al lugar de su detención, sin embargo aun siguió la demanda y la autoridad lo buscó por abuso y maltrato. Aun así, la policía logró detener al marido y lo pusieron bajo custodia.
Al solicitar la comparecencia de la victima, el habla con ella rogándole que retirara la demanda, que no volverá a molestarla, que estaba borracho, que no sabía lo que hacía, que el la amaba, que estaba dispuesto a lo que fuera. Lloró, moqueó, suplicó e imploró de rodillas su dolor, tanto que la convenció. Buena actuación. Ella retiro los cargos.
Después de una semana de procesos penales para liberar al “pobre y abnegado marido”, ella recibe en la puerta de su departamento una contra demanda, motivo: Difamación. Ahora la demandada es ella.
Se cambio de departamento, se cambio de trabajo. Es una mujer trabajadora, que se esfuerza por sacar adelante a ella y a su hija. Hace 2 días la visitaron tres personas bien vestidas, argumentando que esta acusada también de estar de ilegal. Recibieron la noticia de “alguien” que ha sido estafado por ella al solicitar servicios sexuales. La acusan de prostitución, de ilegal, de difamación y prófuga de su país.
Ayer se la llevo migración. “Ya llevo 2 días sin saber de ella”, me dijo su jefe inmediato. “Espero que no le hagan mas nada.”
viernes, 23 de enero de 2009
Viñeta Tropical
Hilda Salazar
La melancolía parecía alcanzar al Choco en una tarde gris envuelta de noticias frescas con sabor de pasado. El malecón, las calles del centro, las personas entrañables de antes, me recibían con una familiaridad cotidiana a pesar de la distancia y los años. Y esa generosidad me tenía acongojado el corazón en medio de un frío que me obligó a usar un suéter en pleno Villahermosa.
Con el ánimo a la baja me afanaba por adelantar las cifras que explican cómo ha sido la incorporación femenina en la PEA, los sectores de ocupación y la estructura del empleo en el Istmo Centroamericano. Lerda en estadística, de abstracción limitada en lo que a números se refiere, me devanaba el seso en busca de la desviación estándar. Mi curso se había cancelado y me veía obligada a optar entre el aire cálido de las mesas de “afuerita” o el acceso al internet en las de adentro, con temperaturas acondicionadas que pretenden importar a golpes de grados fahrenheit el desarrollo de los países nórdicos. La compañía y solidaridad virtual de mis queridas compañeras de trabajo me hicieron elegir la tecnología y ahí me quedé con un ojo al gato de las cifras y el otro al garabato de la introspección.
En tal estado me hallaba cuando mi comadre, la Whizar, llegó a por mí para instalarme en su casa a seguir con mis labores… pero antes, insiste, tengo que acompañarla, aunque sea quince minutos, a echar una ojeada al mariachi de la fiesta de oficina a la que está obligada a regresar. Me resisto bajo el halo del deber, pero la descripción del trompetista logra derribar mis barreras y nos dirigimos al pachangón de cumpleaños del señor Subsecretario.
En efecto, se trata de un conjunto de músicos que, a las siete de la noche, portan sus gafas negras, larga cabellera, el vestido tradicional, dando por resultado el Mariachi estilo Rigo Tovar que mi comadre me había prometido. Las música rezumba al ritmo del “mariachi loco” y la concurrencia se muestra feliz y animada por tan excelsas notas y también, un poco, por las cuatro o cinco horas de ingesta de chelas, ron y hasta whisky iniciada a la hora de la comida. Me arriman una cerveza pa’que me empareje y mi cuate Jorge, el cachetón, se afana en ponerme al corriente de la grilla ambiental del Estado. Y yo, la verdad, no puedo concentrarme. Como imanes mis ojos se desvían una y otra vez hacia el personal de la Secretaría y sus comportamientos de extrema fiesta y alegría. Carajo, qué necesidad he tenido yo de privarme de esta diversión por tanto tiempo, la esencia tabasqueña está aquí excelentemente representada, casi no falta nada. Se retira el mariachi y llega la música que más le mueve los pies a esta raza. Ea, ea, ea, no hay como unos teclados cumbieros y el chun chun chun al más puro estilo del maestro Chico Ché. La comadre de mi comadre no aguanta la silla y con su enorme trasero, enfundado en un pantalón atrincado revela sin pudor la celulitis de piernas y culo -que en otro tiempo fueron sólo carne firme y bien formada- con meneos rítmicos y agitados. Doña Bertila saca a bailar a otro gordo que no se hace del rogar. El movimiento de la cadera, se acompaña de suaves quiebres de cintura y de un rostro lleno de picardía, con unos ojos que echan chispas de sensualidad –¿sexualidad?- y que son para poner nervioso al más pintado. La pareja no se arredra y también muestra sus artes al bailar, no por algo el tabasqueño te amorea de buenas a primeras, te toca, se te arrima. Al lado, otra tabasqueña le entra al quite con sus tacones altos, su pantalón blanco y retacado –estilo pescador- que acentúa el tamaño de sus caderas más voluminosas aún que las de Bertila, ¡jijoeputa! –diría el choco-; ni que decir de la morena, alta, joven y guapa que aún conserva proporciones envidiables, más discreta en el vestido y el baile, pero no por ello menos sensual. Sus movimientos corporales marcan un poco la distancia del hombre maduro y borracho con el que comparte la pista, pero también le entra con ritmazo al ea, ea, que no para ni un segundo y me impide escuchar la tenebra político-cultural que también es parte de mis pendientes para estar bien al corriente del quehacer de las fuerzas vivas de este notable estado.
Cuando creo que ya he visto suficiente, pasa delante de mis ojos una morena que merece impresión en negativo y en papel. Su atuendo es todo rojo: mallones ajustados, zapatilla de tacón negra, camiseta con un escote lo suficientemente pronunciado para mostrar una buena parte de los pechos e incluso el borde de un brassier que no rima de color, pero eso qué importa. Cubre el magno atuendo una suerte de “sobre-todo” tejido y ajustado que “cubre” los brazos y una parte de la camiseta, de malla negra muy abierta, que causaría las envidias de más de una teibolera chilanga y de una que otra güeris que, como yo, tiene la naquez exacerbada. No tiene desperdicio. El cabello ha sido teñido de un tono que no alcanza el rubio, tampoco es platinado, no es caoba ni café, sino todos esos juntos y a la vez. Hay que mirarlo dos veces para cerciorarse que no es una peluca. No, no, no lo es, sólo es que el pelo ha recibido tratamiento de plancha, quedando totalmente lacio y perfectamente peinado como quien ha almidonado una camisa. Doña Esa no se despeina nunca, ni siquiera a la hora de pisá... Más que de un peinado, se trata de un tatuaje animado.
¡Ay comadre, ¿quien es ella, por favor? –le pregunto a la Silvia-. Pues nada más y nada menos que la Tina Turner Tropical, contesta sin morderse su famosa lengua viperina, mala, malísima. La tienes que conocer y escribir su historia de vida, me la presenta. A los cinco minutos Candelaria me revela su vida toda, incluyendo la irremediable pasión que la mantiene amarrada a un cabrón gordo, golpeador y lo peor… panista. Ella acepta toda clase de injurias y juicios sobre el sujeto, pero al final lo único que alcanzar a balbucear es que está enamorada como una pendeja y pues ella, la mujer que ha salido avante en su vida con una niñez difícil, unos hijos de todos tamaños, que conoce a este Gober y al legítimo, que no está dispuesta a defraudar a la Whizar que le echó la mano –ej que yo por ejta mujer hago lo que sea, hermana, me confiesa. Pero lo que de plano “La Turner” no puede hacer, es frenar su pasión por el sujeto….
Han pasado mucho más de quince minutos, me he tomado mucho más que una chela. La música se acaba, la renta del salón expira y el evento se termina….y yo de la nostalgia ni me acuerdo, la fiesta tabasqueña me hizo el día.
La melancolía parecía alcanzar al Choco en una tarde gris envuelta de noticias frescas con sabor de pasado. El malecón, las calles del centro, las personas entrañables de antes, me recibían con una familiaridad cotidiana a pesar de la distancia y los años. Y esa generosidad me tenía acongojado el corazón en medio de un frío que me obligó a usar un suéter en pleno Villahermosa.
Con el ánimo a la baja me afanaba por adelantar las cifras que explican cómo ha sido la incorporación femenina en la PEA, los sectores de ocupación y la estructura del empleo en el Istmo Centroamericano. Lerda en estadística, de abstracción limitada en lo que a números se refiere, me devanaba el seso en busca de la desviación estándar. Mi curso se había cancelado y me veía obligada a optar entre el aire cálido de las mesas de “afuerita” o el acceso al internet en las de adentro, con temperaturas acondicionadas que pretenden importar a golpes de grados fahrenheit el desarrollo de los países nórdicos. La compañía y solidaridad virtual de mis queridas compañeras de trabajo me hicieron elegir la tecnología y ahí me quedé con un ojo al gato de las cifras y el otro al garabato de la introspección.
En tal estado me hallaba cuando mi comadre, la Whizar, llegó a por mí para instalarme en su casa a seguir con mis labores… pero antes, insiste, tengo que acompañarla, aunque sea quince minutos, a echar una ojeada al mariachi de la fiesta de oficina a la que está obligada a regresar. Me resisto bajo el halo del deber, pero la descripción del trompetista logra derribar mis barreras y nos dirigimos al pachangón de cumpleaños del señor Subsecretario.
En efecto, se trata de un conjunto de músicos que, a las siete de la noche, portan sus gafas negras, larga cabellera, el vestido tradicional, dando por resultado el Mariachi estilo Rigo Tovar que mi comadre me había prometido. Las música rezumba al ritmo del “mariachi loco” y la concurrencia se muestra feliz y animada por tan excelsas notas y también, un poco, por las cuatro o cinco horas de ingesta de chelas, ron y hasta whisky iniciada a la hora de la comida. Me arriman una cerveza pa’que me empareje y mi cuate Jorge, el cachetón, se afana en ponerme al corriente de la grilla ambiental del Estado. Y yo, la verdad, no puedo concentrarme. Como imanes mis ojos se desvían una y otra vez hacia el personal de la Secretaría y sus comportamientos de extrema fiesta y alegría. Carajo, qué necesidad he tenido yo de privarme de esta diversión por tanto tiempo, la esencia tabasqueña está aquí excelentemente representada, casi no falta nada. Se retira el mariachi y llega la música que más le mueve los pies a esta raza. Ea, ea, ea, no hay como unos teclados cumbieros y el chun chun chun al más puro estilo del maestro Chico Ché. La comadre de mi comadre no aguanta la silla y con su enorme trasero, enfundado en un pantalón atrincado revela sin pudor la celulitis de piernas y culo -que en otro tiempo fueron sólo carne firme y bien formada- con meneos rítmicos y agitados. Doña Bertila saca a bailar a otro gordo que no se hace del rogar. El movimiento de la cadera, se acompaña de suaves quiebres de cintura y de un rostro lleno de picardía, con unos ojos que echan chispas de sensualidad –¿sexualidad?- y que son para poner nervioso al más pintado. La pareja no se arredra y también muestra sus artes al bailar, no por algo el tabasqueño te amorea de buenas a primeras, te toca, se te arrima. Al lado, otra tabasqueña le entra al quite con sus tacones altos, su pantalón blanco y retacado –estilo pescador- que acentúa el tamaño de sus caderas más voluminosas aún que las de Bertila, ¡jijoeputa! –diría el choco-; ni que decir de la morena, alta, joven y guapa que aún conserva proporciones envidiables, más discreta en el vestido y el baile, pero no por ello menos sensual. Sus movimientos corporales marcan un poco la distancia del hombre maduro y borracho con el que comparte la pista, pero también le entra con ritmazo al ea, ea, que no para ni un segundo y me impide escuchar la tenebra político-cultural que también es parte de mis pendientes para estar bien al corriente del quehacer de las fuerzas vivas de este notable estado.
Cuando creo que ya he visto suficiente, pasa delante de mis ojos una morena que merece impresión en negativo y en papel. Su atuendo es todo rojo: mallones ajustados, zapatilla de tacón negra, camiseta con un escote lo suficientemente pronunciado para mostrar una buena parte de los pechos e incluso el borde de un brassier que no rima de color, pero eso qué importa. Cubre el magno atuendo una suerte de “sobre-todo” tejido y ajustado que “cubre” los brazos y una parte de la camiseta, de malla negra muy abierta, que causaría las envidias de más de una teibolera chilanga y de una que otra güeris que, como yo, tiene la naquez exacerbada. No tiene desperdicio. El cabello ha sido teñido de un tono que no alcanza el rubio, tampoco es platinado, no es caoba ni café, sino todos esos juntos y a la vez. Hay que mirarlo dos veces para cerciorarse que no es una peluca. No, no, no lo es, sólo es que el pelo ha recibido tratamiento de plancha, quedando totalmente lacio y perfectamente peinado como quien ha almidonado una camisa. Doña Esa no se despeina nunca, ni siquiera a la hora de pisá... Más que de un peinado, se trata de un tatuaje animado.
¡Ay comadre, ¿quien es ella, por favor? –le pregunto a la Silvia-. Pues nada más y nada menos que la Tina Turner Tropical, contesta sin morderse su famosa lengua viperina, mala, malísima. La tienes que conocer y escribir su historia de vida, me la presenta. A los cinco minutos Candelaria me revela su vida toda, incluyendo la irremediable pasión que la mantiene amarrada a un cabrón gordo, golpeador y lo peor… panista. Ella acepta toda clase de injurias y juicios sobre el sujeto, pero al final lo único que alcanzar a balbucear es que está enamorada como una pendeja y pues ella, la mujer que ha salido avante en su vida con una niñez difícil, unos hijos de todos tamaños, que conoce a este Gober y al legítimo, que no está dispuesta a defraudar a la Whizar que le echó la mano –ej que yo por ejta mujer hago lo que sea, hermana, me confiesa. Pero lo que de plano “La Turner” no puede hacer, es frenar su pasión por el sujeto….
Han pasado mucho más de quince minutos, me he tomado mucho más que una chela. La música se acaba, la renta del salón expira y el evento se termina….y yo de la nostalgia ni me acuerdo, la fiesta tabasqueña me hizo el día.
Viñeta condominal
Hilda Salazar
Julio del 2008
Las cuentas nomás no cuadraban. A simple ojo se notaba que el número de litros multiplicado por el precio unitario del gas licuado no daba la cantidad que Ezequiel cobraba a cada departamento. Las explicaciones del flamante administrador eran tan confusas como las fotocopias alteradas con las que se empeñaba en demostrar que todo estaba correcto.
La indignación acumulada fue ganando terreno a la abulia para entrar en un reclamo colectivo que tuviera algún resultado. Pero no fue el gas la gota que derramó el vaso, sino la convocatoria a una asamblea emitida por la mañana para ser realizada por la tarde del mismo día, la que fue dada por buena con un quórum de cinco personas. Eso sí ya era el colmo.
Una carta de indignación fue el inicio de la exigencia por reponer la asamblea de acuerdo a lo marcado por ley de condominios. Y no hubo modo porque ni el Administrador, ni el Comité de Vigilancia emitieron nunca el llamado necesario. Empezaron los ires y venires entre unos cuantos vecinos, luego con las autoridades condominales y más tarde con los abogados. Todo para lograr la legalidad de una reunión en que la que las vecinas y vecinos pudieran decidir quién debería administrar sus cuotas de cooperación para los gastos comunes. Quién sabe cómo opera este país en la que un señor contratado por un grupo se apodera de él y de sus bienes… En nuestro querido México es común que los patos les tiren a las escopetas… y si no pregunten a las vecinas del tres.
El accionar de unas cuantas personas fue tomando el cuerpo de un grupo promotor. A unos los alentaba la rabia de agravios sufridos a manos de Ezequiel o de los eternos integrantes del un Comité que nomás se rotaban los puestos. Otras estaban entusiasmadas por lograr mejoras en la Unidad, unos más, empeñados en lograr la introducción del gas natural y otras, simplemente por un ánimo colectivo.
Y hubo asamblea legal con todo y representante de la PROSOC. La treintena de vecinos que desde siempre sostienen la vida colectiva del Condominio, decidió con firmeza cambiar de administrador y nombrar un nuevo Comité de Vigilancia. Esa disposición que parecía tan simple era todo un atrevimiento, como lo es siempre confrontar las inercias por cambiar el estado de las cosas. Lo difícil no era tomar la decisión sino hacerla valer. El buen juicio de las más ecuánimes se impuso y no se tomó posesión de la oficina. Se actuó con mesura y se comunicó por escrito al repudiado administrador que sus servicios ya no eran necesarios y que debería proceder–en un plazo de siete días, según la ley- a entregar todos los papeles, equipo y oficina a la nueva administradora.
Ni los siete días, ni los veinte, ni el mes de tolerancia sirvieron de mucho. El laberíntico camino de las instituciones de gobierno tampoco tuvieron la fuerza para quitar a un señor que seguía sentado en su desvencijado sillón, cobrando cuotas que unos por temor, otros por despiste y los menos por convicción seguían entregando a un “administrador” que ya no se encargaba de los pagos. “Es que él tiene el sello” argumentaban algunas; “pobrecito, siempre le hemos pagado a él”, decían otras. Hay lógicas que no empatan con el sentido común ¿qué le vamos a hacer?
Los meses pasaban y la administración nombrada con todas las de la ley despachaba en el patiecito al aire libre y a expensas de los vaivenes del clima, mientras, el señor que nos había engañado y malversado nuestros fondos hacía uso de nuestras instalaciones, daba órdenes a los empleados que pagábamos con nuestras “nuevas cuotas” y caminaba con desparpajo por todo el Condominio como Lupe por su casa.
Y llegó el gran momento de poner fin a esa situación. Con asesoría jurídica, y autorizado por la Procuraduría Social, el grupo vecinal que fue creciendo en número y también en fuerza, decidió que debería tomarse ya la oficina de la administración.
Cuentan que les contaron que las cosas sucedieron así.
Los representantes nombrados legalmente se apersonan en las escaleras de la administración con todo y abogado en una acción sorpresiva… Ezequiel, con su instinto de mini-hampón, se da cuenta que algo sucede y corre a asomarse para ver qué está pasando. En una reacción inmediata, toma los papeles más importantes, un puñado de dinero y otros chuchulocos y los mete en un portafolio. Por la ventana el seudo-administrado le grita a Juana, que era a la vez su querida y empleada, solicitando auxilio. Sagaz, Ezequiel arroja el portafolio por la ventana y Juana –con su nuevo look de pelirroja- lo atrapa y emprende la carrera a toda velocidad. Se lanzan en su persecución las aguerridas mujeres que encabezan la resistencia condominal y Juana se tropieza y cae de rodillas.,. una vecina atrapa el tesoro y huye con el portafolio con rumbo desconocido. En tanto, siempre vigilantes de la legalidad y confiados en el ejercicio recto de las instituciones, los vecinos del Comité llaman a la patrulla para que detenga al ladrón…. Por insólito que resulte el ladrón grita…. “al ladrón, persigan al ladrón…” y en pocos minutos todos están dentro de la patrulla camino a la Delegación. Y mientras las averiguaciones se realizan todos quedan en calidad de detenidos. Ezequiel ríe con cinismo, confiado en que el abogado que siempre lo ha protegido vendrá en su auxilio, mientras, nuestros vecinos son abandonados por el licenciado experto en asuntos civiles y que de penal no sabe nada. Un güero a quien le atemoriza la dinámica del ministerio público en donde las cosas se arreglan antes de las 72 horas, siempre que se aporten los montos de mordida necesarios.
La confrontación condominal se traslada a las oficinas del MP en Coyoacán en las que se cruzan miradas de encono entre vecinos de uno y otro bando. Los ex – del Comité se apersonan a asesorar a su patiño, mientras parientes y vecinas/os del nuevo Comité no dan crédito que sus esposos y amigos se encuentren tras las rejas. Con la intervención de un abogado pragmático y trucha en la intríngulis de la impartición de justicia del país, los vecinos salen a los dos días.
Con el capítulo de “Juana y el portafolio” se cierra una fase de la vida condominal y se inicia, formalmente, el período de la nueva administración.
Han pasado siete años y muchos comités y administradores/as han sido nombrados desde entonces. Otros floridos pasajes han coloreado la vida del condominio… y, por fin, el día de hoy, una esperanza de justicia se asoma en estas celebraciones. Sin embargo, al recordar estos pasajes no puede una dejar de preguntarse. ¿Cómo es que un pequeñísimo grupo de habitantes reproducen con tanta fidelidad nuestra realidad nacional? ¿será que nuestra necedad de no aceptar la impunidad como un mal necesario logrará triunfar? ¿Será que eso también puede suceder en realidades más amplias?
Ojala. En tanto… por nuestra perseverancia. Salud.
Julio del 2008
Las cuentas nomás no cuadraban. A simple ojo se notaba que el número de litros multiplicado por el precio unitario del gas licuado no daba la cantidad que Ezequiel cobraba a cada departamento. Las explicaciones del flamante administrador eran tan confusas como las fotocopias alteradas con las que se empeñaba en demostrar que todo estaba correcto.
La indignación acumulada fue ganando terreno a la abulia para entrar en un reclamo colectivo que tuviera algún resultado. Pero no fue el gas la gota que derramó el vaso, sino la convocatoria a una asamblea emitida por la mañana para ser realizada por la tarde del mismo día, la que fue dada por buena con un quórum de cinco personas. Eso sí ya era el colmo.
Una carta de indignación fue el inicio de la exigencia por reponer la asamblea de acuerdo a lo marcado por ley de condominios. Y no hubo modo porque ni el Administrador, ni el Comité de Vigilancia emitieron nunca el llamado necesario. Empezaron los ires y venires entre unos cuantos vecinos, luego con las autoridades condominales y más tarde con los abogados. Todo para lograr la legalidad de una reunión en que la que las vecinas y vecinos pudieran decidir quién debería administrar sus cuotas de cooperación para los gastos comunes. Quién sabe cómo opera este país en la que un señor contratado por un grupo se apodera de él y de sus bienes… En nuestro querido México es común que los patos les tiren a las escopetas… y si no pregunten a las vecinas del tres.
El accionar de unas cuantas personas fue tomando el cuerpo de un grupo promotor. A unos los alentaba la rabia de agravios sufridos a manos de Ezequiel o de los eternos integrantes del un Comité que nomás se rotaban los puestos. Otras estaban entusiasmadas por lograr mejoras en la Unidad, unos más, empeñados en lograr la introducción del gas natural y otras, simplemente por un ánimo colectivo.
Y hubo asamblea legal con todo y representante de la PROSOC. La treintena de vecinos que desde siempre sostienen la vida colectiva del Condominio, decidió con firmeza cambiar de administrador y nombrar un nuevo Comité de Vigilancia. Esa disposición que parecía tan simple era todo un atrevimiento, como lo es siempre confrontar las inercias por cambiar el estado de las cosas. Lo difícil no era tomar la decisión sino hacerla valer. El buen juicio de las más ecuánimes se impuso y no se tomó posesión de la oficina. Se actuó con mesura y se comunicó por escrito al repudiado administrador que sus servicios ya no eran necesarios y que debería proceder–en un plazo de siete días, según la ley- a entregar todos los papeles, equipo y oficina a la nueva administradora.
Ni los siete días, ni los veinte, ni el mes de tolerancia sirvieron de mucho. El laberíntico camino de las instituciones de gobierno tampoco tuvieron la fuerza para quitar a un señor que seguía sentado en su desvencijado sillón, cobrando cuotas que unos por temor, otros por despiste y los menos por convicción seguían entregando a un “administrador” que ya no se encargaba de los pagos. “Es que él tiene el sello” argumentaban algunas; “pobrecito, siempre le hemos pagado a él”, decían otras. Hay lógicas que no empatan con el sentido común ¿qué le vamos a hacer?
Los meses pasaban y la administración nombrada con todas las de la ley despachaba en el patiecito al aire libre y a expensas de los vaivenes del clima, mientras, el señor que nos había engañado y malversado nuestros fondos hacía uso de nuestras instalaciones, daba órdenes a los empleados que pagábamos con nuestras “nuevas cuotas” y caminaba con desparpajo por todo el Condominio como Lupe por su casa.
Y llegó el gran momento de poner fin a esa situación. Con asesoría jurídica, y autorizado por la Procuraduría Social, el grupo vecinal que fue creciendo en número y también en fuerza, decidió que debería tomarse ya la oficina de la administración.
Cuentan que les contaron que las cosas sucedieron así.
Los representantes nombrados legalmente se apersonan en las escaleras de la administración con todo y abogado en una acción sorpresiva… Ezequiel, con su instinto de mini-hampón, se da cuenta que algo sucede y corre a asomarse para ver qué está pasando. En una reacción inmediata, toma los papeles más importantes, un puñado de dinero y otros chuchulocos y los mete en un portafolio. Por la ventana el seudo-administrado le grita a Juana, que era a la vez su querida y empleada, solicitando auxilio. Sagaz, Ezequiel arroja el portafolio por la ventana y Juana –con su nuevo look de pelirroja- lo atrapa y emprende la carrera a toda velocidad. Se lanzan en su persecución las aguerridas mujeres que encabezan la resistencia condominal y Juana se tropieza y cae de rodillas.,. una vecina atrapa el tesoro y huye con el portafolio con rumbo desconocido. En tanto, siempre vigilantes de la legalidad y confiados en el ejercicio recto de las instituciones, los vecinos del Comité llaman a la patrulla para que detenga al ladrón…. Por insólito que resulte el ladrón grita…. “al ladrón, persigan al ladrón…” y en pocos minutos todos están dentro de la patrulla camino a la Delegación. Y mientras las averiguaciones se realizan todos quedan en calidad de detenidos. Ezequiel ríe con cinismo, confiado en que el abogado que siempre lo ha protegido vendrá en su auxilio, mientras, nuestros vecinos son abandonados por el licenciado experto en asuntos civiles y que de penal no sabe nada. Un güero a quien le atemoriza la dinámica del ministerio público en donde las cosas se arreglan antes de las 72 horas, siempre que se aporten los montos de mordida necesarios.
La confrontación condominal se traslada a las oficinas del MP en Coyoacán en las que se cruzan miradas de encono entre vecinos de uno y otro bando. Los ex – del Comité se apersonan a asesorar a su patiño, mientras parientes y vecinas/os del nuevo Comité no dan crédito que sus esposos y amigos se encuentren tras las rejas. Con la intervención de un abogado pragmático y trucha en la intríngulis de la impartición de justicia del país, los vecinos salen a los dos días.
Con el capítulo de “Juana y el portafolio” se cierra una fase de la vida condominal y se inicia, formalmente, el período de la nueva administración.
Han pasado siete años y muchos comités y administradores/as han sido nombrados desde entonces. Otros floridos pasajes han coloreado la vida del condominio… y, por fin, el día de hoy, una esperanza de justicia se asoma en estas celebraciones. Sin embargo, al recordar estos pasajes no puede una dejar de preguntarse. ¿Cómo es que un pequeñísimo grupo de habitantes reproducen con tanta fidelidad nuestra realidad nacional? ¿será que nuestra necedad de no aceptar la impunidad como un mal necesario logrará triunfar? ¿Será que eso también puede suceder en realidades más amplias?
Ojala. En tanto… por nuestra perseverancia. Salud.
Más que un desnudo.
Hilda Salazar
La foto de Tunick… más que un desnudo.
Mayo del 2007
“No es una manifestación, tampoco es una fiesta, es una obra de arte”, pregonaba con insistencia el planfleto enviado por los organizadores a los participantes en la fotografía de Spencer Tunick. No obstante, lo ocurrido la mañana del 6 de mayo en el Zócalo capitalino, fue algo más que un evento artístico. El desnudo masivo se convirtió en una sinfonía de experiencias que no alcanzan a cobijarse bajo una sola designación. Fue cultura sí, arte también, pero fue mucho más que eso.
El amanecer se dio a desear.
La experiencia arrancó temprano. Eran apenas las 4 y media de la mañana, cuando los caminantes de las céntricas calles de la ciudad, descubrimos que empezábamos a convertirnos en muchedumbre. La cita colectiva a una hora tan inusual, marco el inicio de un “algo” totalmente diferente. A los pocos minutos, las dos entradas previstas para dar paso a los “posantes” se vieron saturadas. Las filas comenzaron a alargarse de manera tan desproporcionada que los asistentes decidieron “darle la vuelta”. Un poco más adelante, otros resolvieron hacer lo mismo, y otros y otros, de tal modo que en poco rato la unifila se había multiplicado por dos, cuatro y hasta cinco hileras en distinto sentido, generando un enjambre humano que, como nunca, se asemejaba a un hormiguero. La comunicación también era original: no sabíamos con certeza a dónde conducía la hilera en la que nos encontrábamos formados, pero todos estábamos seguros que nos llevaría al lugar deseado. La meta estaba más que clara, entrar al Zócalo. El espíritu colectivo estaba instalado.
Un poco desbordadas las cinco de la mañana, entramos al corazón político de la ciudad. El grupo de mujeres con que inicialmente me había citado, ya había crecido. Los comentarios entre nosotras alcanzaron a los vecinos que se sumaron a la plática. “¿Ya viste que son muchos más hombres que mujeres?”, “Sí al menos 10 a una, respondió un muchacho”. Otro joven, muy apuesto, que nos había acompañado en la fila siguió con nosotras todo el trayecto, también ubicamos bien al güero lochocón, espigado, pelilargo y de vestuario deportivo y al moreno con rastas más que dispuesto a iniciar conversaciones y proferir chistes. Menudeaban las parejas, familias completas y grupos “comunes y corrientes”. Muchos jóvenes, pero no pocos de edad media y avanzada, harta clase media, y una breve porción de “raza pinolera”.
Fuimos acomodados en los arroyos que circundan la plancha del Zócalo en donde nos pidieron sentarnos “un poco apretaditos”. La magnitud de la respuesta a la convocatoria, también pilló desprovistos a los organizadores que tuvieron que disponer de nuevos sitios para acomodar a la gente que seguía entrando. El rumor del “portazo” se acompañó de los gritos y las goyas que el “respetable” empezó a lanzar para matar el aburrimiento. No tardó en organizarse la ola y también un poco de protesta ante los llamados a la cooperación y la “obediencia” que una de las organizadoras, tipo Televisa, pedía por el micrófono a una masa más que dócil y colaborativa.
El tiempo se hizo elástico y el deseado amanecer nunca llegaba. El sonido era malo, malísimo; lo mismo se desconectaba una bocina que se producía un eco que impedía comprender las instrucciones. Ansiedad, un poco de nerviosismo y mucha incertidumbre que producía el dudoso destino de la ropa de la que en breve nos despojaríamos y del cual los organizadores no hablaban.
Por fin llegó la hora. El artista piquin in inglich giró sus instrucciones, traducido por un voluntario medio medio. Lo que quedaba claro es que entraríamos a la plancha, serían tres posturas y no nos quitaríamos la ropa hasta que nos fuera indicado. Nada de aretes, gorras ni lentes de sol. Las tercas y necios que habían ingresado celulares, relojes y tarjetas de crédito mostraron preocupación, pero la inquietud general surgió cuando nos percatamos que la ropa quedaría “justo en donde están parados”, cuando la apretada masa hacía suponer que habríamos más de una quintenta por metro cuadrado.
Las prendas de vestir adquirieron un valor supremo frente a la posibilidad de no tener con qué cubrir el cuerpo, una vez terminado el sainete. Sin embargo, la inminencia del desnudo minimizó con rapidez la incertidumbre por las pertenencias y prevaleció la confianza en la honradez ajena, en una las ciudades más inseguras del mundo, lo que en sí mismo constituye ya todo un acontecimiento.
El Zócalo se pintó de rosa.
A la una…., a las dos…. y a las tres…. Pantalones, blusas, calzones y sostenes cayeron por el piso a distintos ritmos y velocidades. En pocos segundos el color del gentío empezó a emparejarse. La ropa fue guardada en bolsas plásticas que formaron pilas colectivas (“esta es la nuestra”). Los brazos, pudorosamente cruzados sobre pechos y pubis, se fueron relajando cuando los encuerados y encueradas iniciamos nuestro camino a la plancha. Cada quien en busca de su baldosa para colocarse sobre ella, todo al grito de “¡México, México!” dando al momento el infaltable toque nacionalista tan indispensable para nuestro pueblo.
La sensación de desnudez personal se fue desvaneciendo ante el singular paisaje que se abrió ante nuestros ojos. Eran miles los cuerpos que formaron un mosaico unicolor bellísimo y extraño. Lo que entraba por la vista se apropiaba de todos los sentidos, colmándolos. El panorama evocó en algunos de nosotros una impresión similar a las que se experimenta cuando se ve el mar por primera vez o se descubre, en un golpe de vista, un cielo completamente estrellado. Además, la idea de “ser parte de eso”, aderezaba esa emoción tan especial.
El acomodo de cerca de veinte mil almas fue difícil. Los voluntarios de la UNAM --alrededor de un centenar de mujeres y hombres ataviados con camisetas y megáfonos- repetían instrucciones que lo mismo indicaban tres pasos para atrás que tres al frente. Un poco a la izquierda, ahora a la derecha… llenen los espacios vacíos y no se amontonen. Los minutos se volvieron chiclosos develando el frío y la dureza del pavimento que empezó a hacerse notar. Las menciones a la catedral provocaban la algarabía del gentío, haciendo surgir las consignas contra el conservadurismo encarnado por la iglesia y sus jerarcas: “Monseñor Rivera, la gente se te encuera”. Había de todo sí, pero entre los encuerados y encueradas prevalecían los espíritus que gozan con el ejercicio de la libertad y la manifestación contestaria y de sana rebeldía. Después de cada toma exitosa, estallaban expresiones de júbilo y aplausos autootorgados.
El albur al ras del pavimento.
La postura “culi-empinadas”, como la bautizó una amiga mía, fue la más incómoda y la que provocó más hilaridad. Tuvimos que colocarnos en posición fetal con rodillas, y piernas flexionados contra el piso, con la cabeza mirando al pavimento, teniendo por único paisaje el trasero de la persona frente a nosotras. No se hicieron esperar los comentarios y las carcajadas que no cesaron por más que el fotógrafo y su cuerpo de ayudantes suplicaban silencio. Las risas y el albur corrieron al ras del suelo pasando de persona en persona. A alguien se le ocurrió decir… “miren cómo estamos y mañana si nos encontramos en la calle ni siquiera vamos a conocernos… lo más que podríamos decir es “ahí va la greñuda” ¡ja, ja, ja!”.
La democracia al desnudo.
Nos dirigimos hacia 20 de Noviembre para formar una figura que requería llenar cuatro cuadras con material humano. En cuanto tomamos la avenida – aislada por un cordón de seguridad que dejaba a los mirones a una cuadra de distancia– el grito “voto por voto, casilla por casilla” llenó el espacio con sonoridad. La calle era nuestra, nos apropiábamos de nuevo del territorio y ejercíamos a plenitud nuestra ciudadanía, aunque la petición electoral estuviera totalmente fuera de tiempo. Algunos ampliaron las consignas exigiendo libertad para los presos políticos, no a la represión. Los gritos mudaron de contenido al encuentro con algunos “vestidos”. Ahora la consigna fue “que se encuere, que se encuere”. Un chico que se aprestaba a abrir su puesto de periódico sobre la banqueta, se dejó contagiar y frente a los aplausos y gritos de aprobación, se despojó de la ropa, la tiró hacia el techo del puesto y se unió a la multitud.
Ahora los gritos se dirigían al personal de un hospital que nos observaba desde la azotea del edificio. Un médico se quitó la camisa, pero la animación no le alcanzó para librarse de los pantalones frente a sus compañeros que lo observaban divertidos. La rechifla no se hizo esperar junto con el grito de “todo, todo” y hasta uno que otro “ulero, uleeero”. La exigencia se extendió a las y los policías que cuidaban la calle y a los organizadores que sólo acertaban a sonreír.
La autodeterminación de los cuerpos.
De vuelta al Zócalo, nos esperaba la “sorpresa” que Tunik había anunciado. Hombres y mujeres fuimos separados. Ellos habían terminado y podrían vestirse, en tanto que las mujeres seríamos colocadas al fondo de la plancha, frente a Palacio Nacional, para una última toma. La masa unisex comenzó a diferenciarse, las mujeres nos dimos cuenta que éramos muchas y experimentamos un sentimiento de identidad “Mujeres, mujeres” empezaron a gritar algunas entre aplausos y júbilo. El contenido pareció corto, por ahí alguna exclamó “ni una muerta más” y la consigna que en definitiva se instaló fue “aborto sí, aborto sí”. Reivindicar así, desnudas, la libertad a decidir sobre nuestra maternidad, adquirió un significado que rebasó la exigencia o el apoyo a una ley. Con el pelo púbico y los pechos al aire, las mujeres estábamos ejerciendo ya, en ese momento, el derecho a la autodeterminación de nuestros cuerpos. De nuevo nos embargó una emoción peculiar, un sentido de libertad plena, que nos otorgaba el solo hecho de gritar desnudas. Nuestra piel hablaba por nosotras.
Los estereotipos de género se cubrieron de trapos.
En la medida en que los hombres se fueron vistiendo, el ambiente tomó un giro inusitado. El acierto de haber cerrado los accesos y evitado a los “mirones” fue borrado en pocos minutos. La solidaridad intergénero se quebró y hombres y mujeres cambiamos de actitud. Es curioso constatar cómo un poco de ropa adquiere un simbolismo tan poderoso capaz de modelar las actitudes masculinas y femeninas frente al cuerpo humano y la sexualidad.
Ahora las mujeres éramos observadas por hombres vestidos lo que en sí mismo resultaba molesto. Es posible que muchas miradas fueran simple y explicable curiosidad pero la presencia del acoso voyeurista masculino, del que somos objetos cotidianamente las mujeres, se hizo sentir al instante. Hubiera sido un experimento interesante la situación inversa –hombres desnudos y mujeres vestidas- y observar las actitudes y sensaciones masculinas.
Algunos comenzaron a acercarse y a tomar fotografías con sus celulares lo que ocasionó enojo en algunas, temor en otras y extrañeza en la mayoría. Tunick mostraba gran nerviosismo al no lograr el acomodo deseado mientras los rayos del sol pronto alcanzarían los cuerpos femeninos. Gritaba instrucciones y nos mandaba a callar, lo que generó una tensión que no se había presentado. La solidaridad entre mujeres también se crispó, unas pidiendo silencio en tanto que otras exigían respeto a los hombres y también al fotógrafo. El error de Tunick (¿en qué año vas?), fue apenitas el negrito del arroz que, con todo, no alcanzó a quitar el buen sabor de boca de la experiencia.
La ciudad tiene mayoría de edad.
Una vez terminada la última toma, las mujeres regresamos por nuestro vestuario en medio de un panorama que subrayaba el carácter mixto del evento, caminando desnudas entre el nudo de hombres vestidos. La urgencia por encontrar nuestra pila de ropa se acrecentó, pero también hizo notable la solidaridad de algunos hombres, como la de nuestro apuesto joven, aquel que nos había acompañado durante el trayecto y al que hacía rato habíamos perdido de vista. Él nos esperaba al cuidado de nuestras prendas que se apresuraba a entregarnos. No se retiró hasta que la última de nosotras se hubo vestido, preocupado porque el paso de los peatones ya había sido abierto.
A eso de las nueve de la mañana el Zócalo empezó a vaciarse y los participantes nos mezclarnos por las calles del centro con los “vestidos” que no habían participado. En los cafés y restaurantes de la zona, que se llenaron rápidamente, no se hablaba de otra cosa. Éramos ya parte de una experiencia que nos dotaba de un sentido de pertenencia y complicidad, un poquito orgullosos de haber compartido una audacia singular, los encuerados de Tunick, mostramos, que la ciudad ya tiene mayoría de edad.
La foto de Tunick… más que un desnudo.
Mayo del 2007
“No es una manifestación, tampoco es una fiesta, es una obra de arte”, pregonaba con insistencia el planfleto enviado por los organizadores a los participantes en la fotografía de Spencer Tunick. No obstante, lo ocurrido la mañana del 6 de mayo en el Zócalo capitalino, fue algo más que un evento artístico. El desnudo masivo se convirtió en una sinfonía de experiencias que no alcanzan a cobijarse bajo una sola designación. Fue cultura sí, arte también, pero fue mucho más que eso.
El amanecer se dio a desear.
La experiencia arrancó temprano. Eran apenas las 4 y media de la mañana, cuando los caminantes de las céntricas calles de la ciudad, descubrimos que empezábamos a convertirnos en muchedumbre. La cita colectiva a una hora tan inusual, marco el inicio de un “algo” totalmente diferente. A los pocos minutos, las dos entradas previstas para dar paso a los “posantes” se vieron saturadas. Las filas comenzaron a alargarse de manera tan desproporcionada que los asistentes decidieron “darle la vuelta”. Un poco más adelante, otros resolvieron hacer lo mismo, y otros y otros, de tal modo que en poco rato la unifila se había multiplicado por dos, cuatro y hasta cinco hileras en distinto sentido, generando un enjambre humano que, como nunca, se asemejaba a un hormiguero. La comunicación también era original: no sabíamos con certeza a dónde conducía la hilera en la que nos encontrábamos formados, pero todos estábamos seguros que nos llevaría al lugar deseado. La meta estaba más que clara, entrar al Zócalo. El espíritu colectivo estaba instalado.
Un poco desbordadas las cinco de la mañana, entramos al corazón político de la ciudad. El grupo de mujeres con que inicialmente me había citado, ya había crecido. Los comentarios entre nosotras alcanzaron a los vecinos que se sumaron a la plática. “¿Ya viste que son muchos más hombres que mujeres?”, “Sí al menos 10 a una, respondió un muchacho”. Otro joven, muy apuesto, que nos había acompañado en la fila siguió con nosotras todo el trayecto, también ubicamos bien al güero lochocón, espigado, pelilargo y de vestuario deportivo y al moreno con rastas más que dispuesto a iniciar conversaciones y proferir chistes. Menudeaban las parejas, familias completas y grupos “comunes y corrientes”. Muchos jóvenes, pero no pocos de edad media y avanzada, harta clase media, y una breve porción de “raza pinolera”.
Fuimos acomodados en los arroyos que circundan la plancha del Zócalo en donde nos pidieron sentarnos “un poco apretaditos”. La magnitud de la respuesta a la convocatoria, también pilló desprovistos a los organizadores que tuvieron que disponer de nuevos sitios para acomodar a la gente que seguía entrando. El rumor del “portazo” se acompañó de los gritos y las goyas que el “respetable” empezó a lanzar para matar el aburrimiento. No tardó en organizarse la ola y también un poco de protesta ante los llamados a la cooperación y la “obediencia” que una de las organizadoras, tipo Televisa, pedía por el micrófono a una masa más que dócil y colaborativa.
El tiempo se hizo elástico y el deseado amanecer nunca llegaba. El sonido era malo, malísimo; lo mismo se desconectaba una bocina que se producía un eco que impedía comprender las instrucciones. Ansiedad, un poco de nerviosismo y mucha incertidumbre que producía el dudoso destino de la ropa de la que en breve nos despojaríamos y del cual los organizadores no hablaban.
Por fin llegó la hora. El artista piquin in inglich giró sus instrucciones, traducido por un voluntario medio medio. Lo que quedaba claro es que entraríamos a la plancha, serían tres posturas y no nos quitaríamos la ropa hasta que nos fuera indicado. Nada de aretes, gorras ni lentes de sol. Las tercas y necios que habían ingresado celulares, relojes y tarjetas de crédito mostraron preocupación, pero la inquietud general surgió cuando nos percatamos que la ropa quedaría “justo en donde están parados”, cuando la apretada masa hacía suponer que habríamos más de una quintenta por metro cuadrado.
Las prendas de vestir adquirieron un valor supremo frente a la posibilidad de no tener con qué cubrir el cuerpo, una vez terminado el sainete. Sin embargo, la inminencia del desnudo minimizó con rapidez la incertidumbre por las pertenencias y prevaleció la confianza en la honradez ajena, en una las ciudades más inseguras del mundo, lo que en sí mismo constituye ya todo un acontecimiento.
El Zócalo se pintó de rosa.
A la una…., a las dos…. y a las tres…. Pantalones, blusas, calzones y sostenes cayeron por el piso a distintos ritmos y velocidades. En pocos segundos el color del gentío empezó a emparejarse. La ropa fue guardada en bolsas plásticas que formaron pilas colectivas (“esta es la nuestra”). Los brazos, pudorosamente cruzados sobre pechos y pubis, se fueron relajando cuando los encuerados y encueradas iniciamos nuestro camino a la plancha. Cada quien en busca de su baldosa para colocarse sobre ella, todo al grito de “¡México, México!” dando al momento el infaltable toque nacionalista tan indispensable para nuestro pueblo.
La sensación de desnudez personal se fue desvaneciendo ante el singular paisaje que se abrió ante nuestros ojos. Eran miles los cuerpos que formaron un mosaico unicolor bellísimo y extraño. Lo que entraba por la vista se apropiaba de todos los sentidos, colmándolos. El panorama evocó en algunos de nosotros una impresión similar a las que se experimenta cuando se ve el mar por primera vez o se descubre, en un golpe de vista, un cielo completamente estrellado. Además, la idea de “ser parte de eso”, aderezaba esa emoción tan especial.
El acomodo de cerca de veinte mil almas fue difícil. Los voluntarios de la UNAM --alrededor de un centenar de mujeres y hombres ataviados con camisetas y megáfonos- repetían instrucciones que lo mismo indicaban tres pasos para atrás que tres al frente. Un poco a la izquierda, ahora a la derecha… llenen los espacios vacíos y no se amontonen. Los minutos se volvieron chiclosos develando el frío y la dureza del pavimento que empezó a hacerse notar. Las menciones a la catedral provocaban la algarabía del gentío, haciendo surgir las consignas contra el conservadurismo encarnado por la iglesia y sus jerarcas: “Monseñor Rivera, la gente se te encuera”. Había de todo sí, pero entre los encuerados y encueradas prevalecían los espíritus que gozan con el ejercicio de la libertad y la manifestación contestaria y de sana rebeldía. Después de cada toma exitosa, estallaban expresiones de júbilo y aplausos autootorgados.
El albur al ras del pavimento.
La postura “culi-empinadas”, como la bautizó una amiga mía, fue la más incómoda y la que provocó más hilaridad. Tuvimos que colocarnos en posición fetal con rodillas, y piernas flexionados contra el piso, con la cabeza mirando al pavimento, teniendo por único paisaje el trasero de la persona frente a nosotras. No se hicieron esperar los comentarios y las carcajadas que no cesaron por más que el fotógrafo y su cuerpo de ayudantes suplicaban silencio. Las risas y el albur corrieron al ras del suelo pasando de persona en persona. A alguien se le ocurrió decir… “miren cómo estamos y mañana si nos encontramos en la calle ni siquiera vamos a conocernos… lo más que podríamos decir es “ahí va la greñuda” ¡ja, ja, ja!”.
La democracia al desnudo.
Nos dirigimos hacia 20 de Noviembre para formar una figura que requería llenar cuatro cuadras con material humano. En cuanto tomamos la avenida – aislada por un cordón de seguridad que dejaba a los mirones a una cuadra de distancia– el grito “voto por voto, casilla por casilla” llenó el espacio con sonoridad. La calle era nuestra, nos apropiábamos de nuevo del territorio y ejercíamos a plenitud nuestra ciudadanía, aunque la petición electoral estuviera totalmente fuera de tiempo. Algunos ampliaron las consignas exigiendo libertad para los presos políticos, no a la represión. Los gritos mudaron de contenido al encuentro con algunos “vestidos”. Ahora la consigna fue “que se encuere, que se encuere”. Un chico que se aprestaba a abrir su puesto de periódico sobre la banqueta, se dejó contagiar y frente a los aplausos y gritos de aprobación, se despojó de la ropa, la tiró hacia el techo del puesto y se unió a la multitud.
Ahora los gritos se dirigían al personal de un hospital que nos observaba desde la azotea del edificio. Un médico se quitó la camisa, pero la animación no le alcanzó para librarse de los pantalones frente a sus compañeros que lo observaban divertidos. La rechifla no se hizo esperar junto con el grito de “todo, todo” y hasta uno que otro “ulero, uleeero”. La exigencia se extendió a las y los policías que cuidaban la calle y a los organizadores que sólo acertaban a sonreír.
La autodeterminación de los cuerpos.
De vuelta al Zócalo, nos esperaba la “sorpresa” que Tunik había anunciado. Hombres y mujeres fuimos separados. Ellos habían terminado y podrían vestirse, en tanto que las mujeres seríamos colocadas al fondo de la plancha, frente a Palacio Nacional, para una última toma. La masa unisex comenzó a diferenciarse, las mujeres nos dimos cuenta que éramos muchas y experimentamos un sentimiento de identidad “Mujeres, mujeres” empezaron a gritar algunas entre aplausos y júbilo. El contenido pareció corto, por ahí alguna exclamó “ni una muerta más” y la consigna que en definitiva se instaló fue “aborto sí, aborto sí”. Reivindicar así, desnudas, la libertad a decidir sobre nuestra maternidad, adquirió un significado que rebasó la exigencia o el apoyo a una ley. Con el pelo púbico y los pechos al aire, las mujeres estábamos ejerciendo ya, en ese momento, el derecho a la autodeterminación de nuestros cuerpos. De nuevo nos embargó una emoción peculiar, un sentido de libertad plena, que nos otorgaba el solo hecho de gritar desnudas. Nuestra piel hablaba por nosotras.
Los estereotipos de género se cubrieron de trapos.
En la medida en que los hombres se fueron vistiendo, el ambiente tomó un giro inusitado. El acierto de haber cerrado los accesos y evitado a los “mirones” fue borrado en pocos minutos. La solidaridad intergénero se quebró y hombres y mujeres cambiamos de actitud. Es curioso constatar cómo un poco de ropa adquiere un simbolismo tan poderoso capaz de modelar las actitudes masculinas y femeninas frente al cuerpo humano y la sexualidad.
Ahora las mujeres éramos observadas por hombres vestidos lo que en sí mismo resultaba molesto. Es posible que muchas miradas fueran simple y explicable curiosidad pero la presencia del acoso voyeurista masculino, del que somos objetos cotidianamente las mujeres, se hizo sentir al instante. Hubiera sido un experimento interesante la situación inversa –hombres desnudos y mujeres vestidas- y observar las actitudes y sensaciones masculinas.
Algunos comenzaron a acercarse y a tomar fotografías con sus celulares lo que ocasionó enojo en algunas, temor en otras y extrañeza en la mayoría. Tunick mostraba gran nerviosismo al no lograr el acomodo deseado mientras los rayos del sol pronto alcanzarían los cuerpos femeninos. Gritaba instrucciones y nos mandaba a callar, lo que generó una tensión que no se había presentado. La solidaridad entre mujeres también se crispó, unas pidiendo silencio en tanto que otras exigían respeto a los hombres y también al fotógrafo. El error de Tunick (¿en qué año vas?), fue apenitas el negrito del arroz que, con todo, no alcanzó a quitar el buen sabor de boca de la experiencia.
La ciudad tiene mayoría de edad.
Una vez terminada la última toma, las mujeres regresamos por nuestro vestuario en medio de un panorama que subrayaba el carácter mixto del evento, caminando desnudas entre el nudo de hombres vestidos. La urgencia por encontrar nuestra pila de ropa se acrecentó, pero también hizo notable la solidaridad de algunos hombres, como la de nuestro apuesto joven, aquel que nos había acompañado durante el trayecto y al que hacía rato habíamos perdido de vista. Él nos esperaba al cuidado de nuestras prendas que se apresuraba a entregarnos. No se retiró hasta que la última de nosotras se hubo vestido, preocupado porque el paso de los peatones ya había sido abierto.
A eso de las nueve de la mañana el Zócalo empezó a vaciarse y los participantes nos mezclarnos por las calles del centro con los “vestidos” que no habían participado. En los cafés y restaurantes de la zona, que se llenaron rápidamente, no se hablaba de otra cosa. Éramos ya parte de una experiencia que nos dotaba de un sentido de pertenencia y complicidad, un poquito orgullosos de haber compartido una audacia singular, los encuerados de Tunick, mostramos, que la ciudad ya tiene mayoría de edad.
La intensa vida del Municipio Libre y Soberano. Hilda
El Municipio de Coapilla, “Corona de los Cerros”, se ubica en las montañas de la región Centro de Chiapas, 7217 habitantes, 34 localidades -33 rurales y una urbana-, con un índice de analfabetismo del 23 por ciento y tres cuartas partes de la población dedicadas a actividades primarias.
El profesor Culebro, presidente municipal de Coapilla nos recibirá enseguida, está terminando sus audiencias. Esperamos. El edificio municipal, de aparente buena apariencia, ofrece una pequeña terraza que parece un lugar agradable para la espera. Nos asomamos hacia el patio y visualizamos un paisaje desconcertante. La parte trasera de un auto aparece “incrustada” a la mitad de un muro y se encuentra casi cubierta de hierba, parece un montaje para alguna película surrealista. Una mirada más atenta indica que el auto no está incrustado en el muro sino montado sobre otro vehículo, ese sí totalmente cubierto de verde por una vegetación que le gana terreno a la tecnología. La observación se vuelve obligada; no hay dos sino nueve vehículos abandonados, camionetas de años recientes que descansan sobre sus rines cuyas llantas fueron arrancadas al igual que espejos y ventanas. En el fondo, recargado sobre un muro hay un tractor, a medio oxidarse… el muro reza “Centro de Salud del DIF”. A decir verdad es difícil saber qué sostiene a qué, el muro al tractor o el tractor al muro, ambos en ruinas. El resto es basura, maderas sueltas, arbustos que nacen… ¿qué pasó acá? La persona que nos condujo al edificio municipal nos explica que todo ello es resultado de la alternancia en el poder. El partido que perdió, no aceptó el resultado electoral y tomó el edificio municipal por varias semanas dejando los saldos que están a la vista. Los costos de la democracia reza la partidocracia.
Ya tardó el presidente… ¿dónde está el baño?. Mi compañera me indica con un gesto de desagrado … “no hay agua”. Me arriesgo. En efecto, el depósito de agua del WC está destapado y vacío. Encuentro una cubeta y pienso que puedo llenarla en el lavabo y limpiar un poco el excusado, intento llenar el depósito liberando el flotador que se encuentra levantado. Al bajarlo, chorros de agua empiezan a brotar por todas partes, el tanque está roto, el flotador no funciona, el WC es un desastre. Logro llenar mi cubeta y evitar la inundación, vuelvo a colocar el flotador en su lugar, todo vuelve al orden, ese orden del provisional arreglo tan a la mexicana, el baño por fin volvió a quedar… sin agua.
El presidente ya se ha desocupado, tomamos lugar en la modesta oficina: un pequeño escritorio de madera y unas cuantas sillas bastante incómodas. Arrancamos con nuestro interrogatorio ¿a usted oído hablar el Corredor Biológico Mesoamericano, tiene algún convenio con él, qué programas tiene, qué proyectos de conservación y equidad de género instrumenta el municipio? ¿qué recursos podría aportar de común acuerdo con el Corredor? Sus respuestas van haciendo mella en nuestras pretensiones de colaboración. ...Del Corredor, sí como no, he oído hablar y estoy esperanzado que pronto lleguen los recursos para diseñar el plan de desarrollo municipal … lo que realmente nos urge es un ‘proyectista’, es decir una persona que pueda hacer proyectos pues el municipio no tiene capacidad para gestionar los recursos estatales y federales a los que podría acceder, las limitaciones se agudizan porque la suya fue una candidatura de coalición y entonces hubo que cumplir los compromisos a la hora de repartir los puestos, uno para el PT, otro para Convergencia y así y… claro, esas personas pues de proyectos no saben nada. Cuenta la necesidad de mantener este equilibrio político no como una confidencia, ni siquiera como una queja, simplemente como una realidad. Su narración se ve frecuentemente interrumpida por la secretaria que entra y sale de la oficina a hacer consultas o comunicar mensajes. Cada interrupción se acompaña de un rechinido de la puerta que pone los nervios de punta, el Presidente no parece darse cuenta, continúa la entrevista.
Las limitaciones de este gobernante nos conducen a terrenos más modestos y concretos, hablemos mejor de los proyectos productivos y los que se destinan para las mujeres. Si, tenemos muchas peticiones de proyectos, granjas de puercos y gallinas, algunos huertos y viveros. Lo malo es que no hemos tenido suficientes recursos para apoyar estos proyectos, como les decía, nos urge un proyectista, mire usted, este año para proyectos productivos tuvimos un presupuesto de $50,000.00. ¡Cincuenta mil pesos para 34 localidades!, …claro que no se les puede dar a todas, entonces los que hicimos fue repartir de a $7,000.00 para algunas.
El resto de la entrevista transcurre con el corazón oprimido, este hombre modesto y sincero hace lo que puede y muestra buena voluntad para cualquier posibilidad de colaboración, a nadie le sobrarán algunos centavitos para mejorar la gestión municipal….quien quita y hasta puedan cambiar el flotador del baño…. Ya de salida no podemos evitar observar el mobiliario de la secretaria quien trabaja en una mesita que sólo alcanza para albergar la vieja máquina de escribir Olivetti, sí una portátil de esas que se usaban para mecanografiar hace casi tres décadas… Viva el municipio libre y soberano.
El profesor Culebro, presidente municipal de Coapilla nos recibirá enseguida, está terminando sus audiencias. Esperamos. El edificio municipal, de aparente buena apariencia, ofrece una pequeña terraza que parece un lugar agradable para la espera. Nos asomamos hacia el patio y visualizamos un paisaje desconcertante. La parte trasera de un auto aparece “incrustada” a la mitad de un muro y se encuentra casi cubierta de hierba, parece un montaje para alguna película surrealista. Una mirada más atenta indica que el auto no está incrustado en el muro sino montado sobre otro vehículo, ese sí totalmente cubierto de verde por una vegetación que le gana terreno a la tecnología. La observación se vuelve obligada; no hay dos sino nueve vehículos abandonados, camionetas de años recientes que descansan sobre sus rines cuyas llantas fueron arrancadas al igual que espejos y ventanas. En el fondo, recargado sobre un muro hay un tractor, a medio oxidarse… el muro reza “Centro de Salud del DIF”. A decir verdad es difícil saber qué sostiene a qué, el muro al tractor o el tractor al muro, ambos en ruinas. El resto es basura, maderas sueltas, arbustos que nacen… ¿qué pasó acá? La persona que nos condujo al edificio municipal nos explica que todo ello es resultado de la alternancia en el poder. El partido que perdió, no aceptó el resultado electoral y tomó el edificio municipal por varias semanas dejando los saldos que están a la vista. Los costos de la democracia reza la partidocracia.
Ya tardó el presidente… ¿dónde está el baño?. Mi compañera me indica con un gesto de desagrado … “no hay agua”. Me arriesgo. En efecto, el depósito de agua del WC está destapado y vacío. Encuentro una cubeta y pienso que puedo llenarla en el lavabo y limpiar un poco el excusado, intento llenar el depósito liberando el flotador que se encuentra levantado. Al bajarlo, chorros de agua empiezan a brotar por todas partes, el tanque está roto, el flotador no funciona, el WC es un desastre. Logro llenar mi cubeta y evitar la inundación, vuelvo a colocar el flotador en su lugar, todo vuelve al orden, ese orden del provisional arreglo tan a la mexicana, el baño por fin volvió a quedar… sin agua.
El presidente ya se ha desocupado, tomamos lugar en la modesta oficina: un pequeño escritorio de madera y unas cuantas sillas bastante incómodas. Arrancamos con nuestro interrogatorio ¿a usted oído hablar el Corredor Biológico Mesoamericano, tiene algún convenio con él, qué programas tiene, qué proyectos de conservación y equidad de género instrumenta el municipio? ¿qué recursos podría aportar de común acuerdo con el Corredor? Sus respuestas van haciendo mella en nuestras pretensiones de colaboración. ...Del Corredor, sí como no, he oído hablar y estoy esperanzado que pronto lleguen los recursos para diseñar el plan de desarrollo municipal … lo que realmente nos urge es un ‘proyectista’, es decir una persona que pueda hacer proyectos pues el municipio no tiene capacidad para gestionar los recursos estatales y federales a los que podría acceder, las limitaciones se agudizan porque la suya fue una candidatura de coalición y entonces hubo que cumplir los compromisos a la hora de repartir los puestos, uno para el PT, otro para Convergencia y así y… claro, esas personas pues de proyectos no saben nada. Cuenta la necesidad de mantener este equilibrio político no como una confidencia, ni siquiera como una queja, simplemente como una realidad. Su narración se ve frecuentemente interrumpida por la secretaria que entra y sale de la oficina a hacer consultas o comunicar mensajes. Cada interrupción se acompaña de un rechinido de la puerta que pone los nervios de punta, el Presidente no parece darse cuenta, continúa la entrevista.
Las limitaciones de este gobernante nos conducen a terrenos más modestos y concretos, hablemos mejor de los proyectos productivos y los que se destinan para las mujeres. Si, tenemos muchas peticiones de proyectos, granjas de puercos y gallinas, algunos huertos y viveros. Lo malo es que no hemos tenido suficientes recursos para apoyar estos proyectos, como les decía, nos urge un proyectista, mire usted, este año para proyectos productivos tuvimos un presupuesto de $50,000.00. ¡Cincuenta mil pesos para 34 localidades!, …claro que no se les puede dar a todas, entonces los que hicimos fue repartir de a $7,000.00 para algunas.
El resto de la entrevista transcurre con el corazón oprimido, este hombre modesto y sincero hace lo que puede y muestra buena voluntad para cualquier posibilidad de colaboración, a nadie le sobrarán algunos centavitos para mejorar la gestión municipal….quien quita y hasta puedan cambiar el flotador del baño…. Ya de salida no podemos evitar observar el mobiliario de la secretaria quien trabaja en una mesita que sólo alcanza para albergar la vieja máquina de escribir Olivetti, sí una portátil de esas que se usaban para mecanografiar hace casi tres décadas… Viva el municipio libre y soberano.
Viñeta Urbana – “Las Fuerzas de Reacción Inmediata”
Gloria Salazar
Un domingo por la mañana, bastante temprano, para ser domingo, nos dirigimos el cuarteto de brujas conformado por Hilda –¿hace falta describirla?- Rebeca –idem-, Patricia Flores -entrañable amiga, de altos vuelos intelectuales, sexuales y existenciales en general; rubia sensual de piernas categóricas enloquecedoras de hombres- y yo misma –casi de la misma calaña que las tres anteriores- nos dirigimos, repito, a un restaurantito lindo al aire libre. El domingo en cuestión era de verano caliente, así que nuestros atuendos iban de las camisetitas de tirantitos a vestiditos vaporosos o jeans reveladores.
Nuestra intención era desayunar, pero decidimos pasar antes a Office Max a comprar no sé qué chuchería indispensable. Hicimos la compra y de regreso a la azotea, en donde se encuentra el estacionamiento, Pati golpeó con la puerta de nuestro coche levemente el costado de una camioneta negra, de esas lujosas, brillosas que se compran cuando nace un bebé, o se compra un perro o se asciende en la escala social, con la puerta de nuestro auto. El golpe fue tan leve que prácticamente no lo registramos ninguna de nosotras.
Hilda, al volante, avanzaba hacia la salida, cuando un energúmeno se nos puso delante, profiriendo gritos, manoteando, gesticulando con la intención de detenernos. Hilda se asomó por la ventana para indagar, y el tipo nos dijo que habíamos golpeado y dañado horriblemente su camioneta. Todas nos volteamos a mirar con cara de “what” y le respondimos, no señor, usted está equivocado; mientras Hilda proseguía el camino. El energúmeno enloqueció de ira y le gritó, más bien, ordenó al cuidador de la entrada que nos bloqueara el paso; el cuidador, macho solidario, puso la cadena y nos impidió salir. Nos bajamos a ver el daño y el energúmeno nos mostró un rayoncito que le costó trabajo encontrar; claro al mismo tiempo nos gritaba que éramos unas delincuentes que intentamos huir. Nos volvimos al auto, cerramos las ventanas y decidimos en un aquelarre instantáneo que llamaríamos al seguro y que el ajustador se hiciera cargo. El energúmeno daba vueltas alrededor del coche con saliva en las comisuras y sangre en los ojos jurando que le pagaríamos el daño. Hilda abrió un poquito la ventana y le dijo que habíamos llamado a nuestro seguro y que con el agente arreglaría tan grave daño; cerró de nuevo y lo dejó echando espuma por la boca con un palmo de narices.
A estas alturas, se había formado una horda de coches que querían salir y nos pitaban con furia urbana. Decidimos divertirnos. Le informamos al macho solidario que ahora se jodía por haberse confabulado con el energúmeno (E) venezolano (a juzgar por su acento) y que no nos moveríamos de ahí hasta que llegara el ajustador, pss…. quién le mandaba ser tan poco cortés con unas damas como nosotras. Pusimos música a todo volumen, abrimos las ventanas porque hacía un calor horrible, subimos los pies en el parabrisas y cantamos y nos reímos, hasta que nos dio una sed horrible. Pati y Rebeca se fueron por los chescos (es decir gatorades) e Hilda y yo seguimos con la fiesta. El E venezolano bajó corriendo por las escaleras rumbo a la calle. Unos cuantos minutos más tarde, a modo de escena de película de acción, aparecieron en la azotea unos ocho policías, con chalecos antibala, armas en la cintura, botas, boinas, maquillaje de camouflage y posición de vigilancia extrema, avanzando en carrera lenta, con las rodillas encogidas, mirando de un extremo a otro. Se dirigían hacia nuestro automóvil amenazantes. Ora sí iba a haber diversión en grande. En un mini aquelarre, también instantáneo, decidimos que yo lidiaría con el alto mando e Hilda con las bases.
Cuando llegaron al auto, nos informaron que habían recibido el reporte de un delito ejecutado por nosotras. Les preguntamos quién era el jefe y se apersonó el Comandante en Jefe de las Fuerzas de Reacción Inmediata del Distrito Federal, Lino Amezcua. Le pedí al Comandante que antes de cualquier diálogo, al cual estábamos por supuesto dispuestas, me permitiera mostrarle algo. Me bajé del auto y lo llevé a mirar el rayón, que me costó mucho trabajo encontrar. Le expliqué que ése era el cuerpo del delito y que estábamos muy espantadas porque el dueño, y señalé con mi dedito manicurado, al E venezolano que observaba desde lejos mi acción, se había puesto sumamente agresivo con nosotras, cuatro mujeres indefensas. “¿Usted cree, Comandante, que con un cuerpo tan pequeño como el mío, puedo defenderme de un hombrotón como ese?” “¿Usted que haría si unas mujeres como nosotras (acababan de aparecer Pati y Rebeca) le hiciéramos un rayón así a su patrulla?” El Comandante sonrió con sus dientes blancos y su bigote tupido y dijo “las invitaría a cenar, señoritas” y añadió “ya llegamos para defenderlas, no faltaba más”. Todos sonreímos estruendosamente e hice las presentaciones de las brujas recién aparecidas. El Comandante luego luego dejó en claro su preferencia por la Pati. Mientras tanto, los pobres Cabos recibían una reprimenda horrorosa por parte de Hilda, quien los regañaba por dispendio de recursos y por no haber estado cuando la habían asaltado. Todos se le cuadraban, le pedían perdón y le daban sus celulares para cuando se necesitara.
El pobre E no daba crédito de lo que veía; pero no se atrevió a acercarse ni cinco centímetros. Su mujer lo calmaba y miraba con estupor y algo de envidia nuestro convivio con las Fuerzas de Reacción Inmediata, porque en honor a la verdad, el Comandante estaba de buenos bigotes. Llegó el ajustador a quién le pedimos hacerse cargo sin que tuviéramos que cruzar ni media palabra con el horrible y ahora descompuesto E. Se arreglaron, con un cálculo de daños de alrededor $50.00 pesos que le serían reparados en un taller al que tendría que acudir dentro de una semana. Mientras se cerraba el papeleo seguimos la charla con el Comandante quién nos ofreció su teléfono para cualquier ayuda y, claro, para ir a cenar.
Una vez firmados los papeles, se levantó la cadena y salimos custodiadas por dos patrullas, con la orden del Comandante Lino de acompañarnos hasta nuestro destino final: comer en un lugar lindo porque ya eran las cuatro de la tarde.
Esa es una manera de pasar un domingo por la mañana en el Distrito Federal, digo yo.
Un domingo por la mañana, bastante temprano, para ser domingo, nos dirigimos el cuarteto de brujas conformado por Hilda –¿hace falta describirla?- Rebeca –idem-, Patricia Flores -entrañable amiga, de altos vuelos intelectuales, sexuales y existenciales en general; rubia sensual de piernas categóricas enloquecedoras de hombres- y yo misma –casi de la misma calaña que las tres anteriores- nos dirigimos, repito, a un restaurantito lindo al aire libre. El domingo en cuestión era de verano caliente, así que nuestros atuendos iban de las camisetitas de tirantitos a vestiditos vaporosos o jeans reveladores.
Nuestra intención era desayunar, pero decidimos pasar antes a Office Max a comprar no sé qué chuchería indispensable. Hicimos la compra y de regreso a la azotea, en donde se encuentra el estacionamiento, Pati golpeó con la puerta de nuestro coche levemente el costado de una camioneta negra, de esas lujosas, brillosas que se compran cuando nace un bebé, o se compra un perro o se asciende en la escala social, con la puerta de nuestro auto. El golpe fue tan leve que prácticamente no lo registramos ninguna de nosotras.
Hilda, al volante, avanzaba hacia la salida, cuando un energúmeno se nos puso delante, profiriendo gritos, manoteando, gesticulando con la intención de detenernos. Hilda se asomó por la ventana para indagar, y el tipo nos dijo que habíamos golpeado y dañado horriblemente su camioneta. Todas nos volteamos a mirar con cara de “what” y le respondimos, no señor, usted está equivocado; mientras Hilda proseguía el camino. El energúmeno enloqueció de ira y le gritó, más bien, ordenó al cuidador de la entrada que nos bloqueara el paso; el cuidador, macho solidario, puso la cadena y nos impidió salir. Nos bajamos a ver el daño y el energúmeno nos mostró un rayoncito que le costó trabajo encontrar; claro al mismo tiempo nos gritaba que éramos unas delincuentes que intentamos huir. Nos volvimos al auto, cerramos las ventanas y decidimos en un aquelarre instantáneo que llamaríamos al seguro y que el ajustador se hiciera cargo. El energúmeno daba vueltas alrededor del coche con saliva en las comisuras y sangre en los ojos jurando que le pagaríamos el daño. Hilda abrió un poquito la ventana y le dijo que habíamos llamado a nuestro seguro y que con el agente arreglaría tan grave daño; cerró de nuevo y lo dejó echando espuma por la boca con un palmo de narices.
A estas alturas, se había formado una horda de coches que querían salir y nos pitaban con furia urbana. Decidimos divertirnos. Le informamos al macho solidario que ahora se jodía por haberse confabulado con el energúmeno (E) venezolano (a juzgar por su acento) y que no nos moveríamos de ahí hasta que llegara el ajustador, pss…. quién le mandaba ser tan poco cortés con unas damas como nosotras. Pusimos música a todo volumen, abrimos las ventanas porque hacía un calor horrible, subimos los pies en el parabrisas y cantamos y nos reímos, hasta que nos dio una sed horrible. Pati y Rebeca se fueron por los chescos (es decir gatorades) e Hilda y yo seguimos con la fiesta. El E venezolano bajó corriendo por las escaleras rumbo a la calle. Unos cuantos minutos más tarde, a modo de escena de película de acción, aparecieron en la azotea unos ocho policías, con chalecos antibala, armas en la cintura, botas, boinas, maquillaje de camouflage y posición de vigilancia extrema, avanzando en carrera lenta, con las rodillas encogidas, mirando de un extremo a otro. Se dirigían hacia nuestro automóvil amenazantes. Ora sí iba a haber diversión en grande. En un mini aquelarre, también instantáneo, decidimos que yo lidiaría con el alto mando e Hilda con las bases.
Cuando llegaron al auto, nos informaron que habían recibido el reporte de un delito ejecutado por nosotras. Les preguntamos quién era el jefe y se apersonó el Comandante en Jefe de las Fuerzas de Reacción Inmediata del Distrito Federal, Lino Amezcua. Le pedí al Comandante que antes de cualquier diálogo, al cual estábamos por supuesto dispuestas, me permitiera mostrarle algo. Me bajé del auto y lo llevé a mirar el rayón, que me costó mucho trabajo encontrar. Le expliqué que ése era el cuerpo del delito y que estábamos muy espantadas porque el dueño, y señalé con mi dedito manicurado, al E venezolano que observaba desde lejos mi acción, se había puesto sumamente agresivo con nosotras, cuatro mujeres indefensas. “¿Usted cree, Comandante, que con un cuerpo tan pequeño como el mío, puedo defenderme de un hombrotón como ese?” “¿Usted que haría si unas mujeres como nosotras (acababan de aparecer Pati y Rebeca) le hiciéramos un rayón así a su patrulla?” El Comandante sonrió con sus dientes blancos y su bigote tupido y dijo “las invitaría a cenar, señoritas” y añadió “ya llegamos para defenderlas, no faltaba más”. Todos sonreímos estruendosamente e hice las presentaciones de las brujas recién aparecidas. El Comandante luego luego dejó en claro su preferencia por la Pati. Mientras tanto, los pobres Cabos recibían una reprimenda horrorosa por parte de Hilda, quien los regañaba por dispendio de recursos y por no haber estado cuando la habían asaltado. Todos se le cuadraban, le pedían perdón y le daban sus celulares para cuando se necesitara.
El pobre E no daba crédito de lo que veía; pero no se atrevió a acercarse ni cinco centímetros. Su mujer lo calmaba y miraba con estupor y algo de envidia nuestro convivio con las Fuerzas de Reacción Inmediata, porque en honor a la verdad, el Comandante estaba de buenos bigotes. Llegó el ajustador a quién le pedimos hacerse cargo sin que tuviéramos que cruzar ni media palabra con el horrible y ahora descompuesto E. Se arreglaron, con un cálculo de daños de alrededor $50.00 pesos que le serían reparados en un taller al que tendría que acudir dentro de una semana. Mientras se cerraba el papeleo seguimos la charla con el Comandante quién nos ofreció su teléfono para cualquier ayuda y, claro, para ir a cenar.
Una vez firmados los papeles, se levantó la cadena y salimos custodiadas por dos patrullas, con la orden del Comandante Lino de acompañarnos hasta nuestro destino final: comer en un lugar lindo porque ya eran las cuatro de la tarde.
Esa es una manera de pasar un domingo por la mañana en el Distrito Federal, digo yo.
La verdad sobre el administrador del Condominio Universidad 2016.
Gloria Salazar
Cuando Hilda me dijo que era necesario que yo me prestara a jugar el papel de candidata a la presidencia del comité de vigilancia de nuestro condominio, la miré con cara de asombro y estupor. Sin embargo, perdí la pelea muy rápidamente. Sus argumentos fueron contundentes (qué otra cosa podría esperarse de Hilda): “tú sólo serás una palera porque yo estaré atrás de ti y hay que rescatar este condominio de las ratas que han robado las cuotas durante once años”.
Gané las elecciones –con el enfoque metodológico de acarreo y de carrusel- y poco a poco me fui metiendo a las tripas de la verdadera situación de nuestro hábitat que resultó ser, ni más ni menos, que una réplica microscópica de la situación económica, política y social de nuestro lastimero país. De palera pasé a ser una verdadera militante de la vida condominal, sin la menor pericia política, creyendo, ingenuamente, que con la razón podría ganar la buena voluntad de los vecinos, clasemedieros, católicos de pacotilla, adoctrinados a profundidad por el canal de las estrellas que les hace creer que todo pasa por algo; que todo cambio es para bien; que la decencia chupa cirios; y que los sellos, como el bastón de mando, son símbolo inequívoco de autoridad cuando aparecen estampados en papeles.
Uno de los primeros actos de mi presidencia fue la recepción de una colección de papeles, todos con sus sellos correspondientes, que habían sido el fundamento legal de la nueva era y mediante los cuales había sido posible echar a la calle al ladrón que se había adueñado de la administración durante once años.
Yo recibí tales papeles muy consciente de que no podrían entrar, de ninguna manera, al circuito del caos que siempre ha regido mi escritorio. Compré una caja especial para guardarlos, aunque la verdad es que nunca me senté a revisar qué había en las carpetas y folders que me habían sido confiados con tanta solemnidad y preocupación. Decidí que no pondría ningún otro papel en tal caja y que de esa manera los defendería de mi habitual desorden. Me sentí tranquila de haber tomado una medida tan acertada de preservación de documentos, triunfo del movimiento guerrillero iniciado en algún lugar del edificio 9.
A estas alturas fungía como administrador un pobre hombre, mezcla de buena conciencia, ineficiencia, tirano para abajo, lameculos para arriba que poco entendía de líos vecinales, de conflictos de perros, de tinacos, de drogadictos en cuartos de azotea, de poda de árboles, de pintura fosforescente, de fondos de la Delegación, de demandas a ex -administradores, de Hildas, Rebecas, Glorias, Simones, Ritas, Lupitas, Delias, Marthas, Olgas y demás 50 mujeres, todas empeñadas en mejorar la situación, temerosas de ser timadas de nuevo, que nos jaloneábamos la cobija del poder, de la lana y de los buenos deseos.
Poco a poco la relación con el administrador de marras se fue deteriorando y a él le fue apareciendo una parte de su personalidad, oculta hasta entonces, con fuertes rasgos de furia y psicosis. La desconfianza mutua floreció y un buen día, me solicitó información que se encontraba ni más ni menos que en la caja del tesoro. Le solicité que fuera a mi casa a copiar la información que necesitaba para no mover los valiosos documentos. Se apersonó cuando yo me estaba bañando, por lo que le pedí a Moni que se sentara frente a él a vigilar todos sus movimientos y evitar que se llevara nada. Así sucedió.
Pasado el tiempo, me asomé a la famosa caja –verde brillante- y noté que estaba menos llena de lo que yo recordaba. Revisé los documentos, pero no pude detectar si efectivamente faltaba algo, ya que en mi indolencia no hice un registro de lo que se me había entregado, ni, como dije, revisé el contenido. Preocupada, le pedí a Hilda que revisara para ver si había algún faltante. ¡Horror! Exclamó, falta una de las carpetas blancas, fundamental, con no sé qué actas. Casi me dio un infarto al miocardio. Llamé a Moni a Cancún para que hiciera un acto de memoria del nefasto momento en que el administrador entró a nuestra casa. Moni aseguró que el hombre no se había llevado nada, pero que, ciertamente, ella había ido al refrigerador a buscar agua y él se había quedado solo con la caja verde…
“¡Ahí se la robó!” dictaminamos Hilda y yo. Rebeca, más prudente, inició la búsqueda en mi casa. Registró clósets, zapateras, cajones, despensa y hasta el congelador. Nada. Ni señas de la carpeta blanca perdida. Mi psicosis empezó a partir de esa noche.
Recorría mentalmente cada momento en el que había tenido contacto con la dichosa caja verde. Pensé que tal vez habría sacado la carpeta y dejado al lado del bote de basura y se había a la ídem. Pensé que era un truco más de mi oscuro inconsciente para hacerme infeliz y que yo había perdido tal carpeta. Lloré, me enojé, me angustié hasta lo indecible, me dio insomnio. Pensé en hipnotizarme para recordar lo que había hecho, pero no encontré a nadie confiable
Finalmente, no quedó más salida que enfrentar al administrador. Juró por su honor que él no había tomado nada. Pero, yo no le creí; Hilda y Rebeca tampoco. A estas alturas no le habíamos dicho a nadie más lo que había sucedido; era gravísimo y yo no podía todavía desplegar tan terrible verdad.
Por fin, llegó el momento de mayor crisis, con la intentona de golpe de estado del administrador, frustrado gracias a mi sacrificio (levantarme a las 7 de la mañana un sábado de cruda y rastrojos de un romance otoñal). Vivimos un jaloneo de un par de meses, tiempo que tomó para que el hombrecillo dejara el puesto y entregara la administración. Durante este período, la psicosis reinaba entre el administrador y yo. El me esperaba en las tardes noches y me miraba desde lejos con cara de odio y crimen. Se adelantaba a mi paso y se asomaba de detrás de algún edificio o árbol, me miraba amenazadoramente y se retiraba. Yo temblaba y corría.
En una sesión de emergencia con el comité en pleno tuve que declarar el robo del que habíamos sido víctimas: una de las carpetas blancas se la había llevado el administrador. “Pos si nomás había una carpeta blanca” dijo Octavio, el compañero de la guerrilla original. Las actas de propiedad estaban amarradas con un mecatito adentro de la única carpeta blanca.
Corrí a buscar el atado con el mecatito. Ahí estaba, en la carpeta blanca, todo intacto.
El administrador se había ido unos días antes. Se había robado los papeles del seguro social y denunció nuestras irregularidades ante la autoridad. Nos multaron. Nos quedamos sin dinero y sin administrador. Y yo tengo que decir la verdad sobre el administrador de Universidad 2016.
Cuando Hilda me dijo que era necesario que yo me prestara a jugar el papel de candidata a la presidencia del comité de vigilancia de nuestro condominio, la miré con cara de asombro y estupor. Sin embargo, perdí la pelea muy rápidamente. Sus argumentos fueron contundentes (qué otra cosa podría esperarse de Hilda): “tú sólo serás una palera porque yo estaré atrás de ti y hay que rescatar este condominio de las ratas que han robado las cuotas durante once años”.
Gané las elecciones –con el enfoque metodológico de acarreo y de carrusel- y poco a poco me fui metiendo a las tripas de la verdadera situación de nuestro hábitat que resultó ser, ni más ni menos, que una réplica microscópica de la situación económica, política y social de nuestro lastimero país. De palera pasé a ser una verdadera militante de la vida condominal, sin la menor pericia política, creyendo, ingenuamente, que con la razón podría ganar la buena voluntad de los vecinos, clasemedieros, católicos de pacotilla, adoctrinados a profundidad por el canal de las estrellas que les hace creer que todo pasa por algo; que todo cambio es para bien; que la decencia chupa cirios; y que los sellos, como el bastón de mando, son símbolo inequívoco de autoridad cuando aparecen estampados en papeles.
Uno de los primeros actos de mi presidencia fue la recepción de una colección de papeles, todos con sus sellos correspondientes, que habían sido el fundamento legal de la nueva era y mediante los cuales había sido posible echar a la calle al ladrón que se había adueñado de la administración durante once años.
Yo recibí tales papeles muy consciente de que no podrían entrar, de ninguna manera, al circuito del caos que siempre ha regido mi escritorio. Compré una caja especial para guardarlos, aunque la verdad es que nunca me senté a revisar qué había en las carpetas y folders que me habían sido confiados con tanta solemnidad y preocupación. Decidí que no pondría ningún otro papel en tal caja y que de esa manera los defendería de mi habitual desorden. Me sentí tranquila de haber tomado una medida tan acertada de preservación de documentos, triunfo del movimiento guerrillero iniciado en algún lugar del edificio 9.
A estas alturas fungía como administrador un pobre hombre, mezcla de buena conciencia, ineficiencia, tirano para abajo, lameculos para arriba que poco entendía de líos vecinales, de conflictos de perros, de tinacos, de drogadictos en cuartos de azotea, de poda de árboles, de pintura fosforescente, de fondos de la Delegación, de demandas a ex -administradores, de Hildas, Rebecas, Glorias, Simones, Ritas, Lupitas, Delias, Marthas, Olgas y demás 50 mujeres, todas empeñadas en mejorar la situación, temerosas de ser timadas de nuevo, que nos jaloneábamos la cobija del poder, de la lana y de los buenos deseos.
Poco a poco la relación con el administrador de marras se fue deteriorando y a él le fue apareciendo una parte de su personalidad, oculta hasta entonces, con fuertes rasgos de furia y psicosis. La desconfianza mutua floreció y un buen día, me solicitó información que se encontraba ni más ni menos que en la caja del tesoro. Le solicité que fuera a mi casa a copiar la información que necesitaba para no mover los valiosos documentos. Se apersonó cuando yo me estaba bañando, por lo que le pedí a Moni que se sentara frente a él a vigilar todos sus movimientos y evitar que se llevara nada. Así sucedió.
Pasado el tiempo, me asomé a la famosa caja –verde brillante- y noté que estaba menos llena de lo que yo recordaba. Revisé los documentos, pero no pude detectar si efectivamente faltaba algo, ya que en mi indolencia no hice un registro de lo que se me había entregado, ni, como dije, revisé el contenido. Preocupada, le pedí a Hilda que revisara para ver si había algún faltante. ¡Horror! Exclamó, falta una de las carpetas blancas, fundamental, con no sé qué actas. Casi me dio un infarto al miocardio. Llamé a Moni a Cancún para que hiciera un acto de memoria del nefasto momento en que el administrador entró a nuestra casa. Moni aseguró que el hombre no se había llevado nada, pero que, ciertamente, ella había ido al refrigerador a buscar agua y él se había quedado solo con la caja verde…
“¡Ahí se la robó!” dictaminamos Hilda y yo. Rebeca, más prudente, inició la búsqueda en mi casa. Registró clósets, zapateras, cajones, despensa y hasta el congelador. Nada. Ni señas de la carpeta blanca perdida. Mi psicosis empezó a partir de esa noche.
Recorría mentalmente cada momento en el que había tenido contacto con la dichosa caja verde. Pensé que tal vez habría sacado la carpeta y dejado al lado del bote de basura y se había a la ídem. Pensé que era un truco más de mi oscuro inconsciente para hacerme infeliz y que yo había perdido tal carpeta. Lloré, me enojé, me angustié hasta lo indecible, me dio insomnio. Pensé en hipnotizarme para recordar lo que había hecho, pero no encontré a nadie confiable
Finalmente, no quedó más salida que enfrentar al administrador. Juró por su honor que él no había tomado nada. Pero, yo no le creí; Hilda y Rebeca tampoco. A estas alturas no le habíamos dicho a nadie más lo que había sucedido; era gravísimo y yo no podía todavía desplegar tan terrible verdad.
Por fin, llegó el momento de mayor crisis, con la intentona de golpe de estado del administrador, frustrado gracias a mi sacrificio (levantarme a las 7 de la mañana un sábado de cruda y rastrojos de un romance otoñal). Vivimos un jaloneo de un par de meses, tiempo que tomó para que el hombrecillo dejara el puesto y entregara la administración. Durante este período, la psicosis reinaba entre el administrador y yo. El me esperaba en las tardes noches y me miraba desde lejos con cara de odio y crimen. Se adelantaba a mi paso y se asomaba de detrás de algún edificio o árbol, me miraba amenazadoramente y se retiraba. Yo temblaba y corría.
En una sesión de emergencia con el comité en pleno tuve que declarar el robo del que habíamos sido víctimas: una de las carpetas blancas se la había llevado el administrador. “Pos si nomás había una carpeta blanca” dijo Octavio, el compañero de la guerrilla original. Las actas de propiedad estaban amarradas con un mecatito adentro de la única carpeta blanca.
Corrí a buscar el atado con el mecatito. Ahí estaba, en la carpeta blanca, todo intacto.
El administrador se había ido unos días antes. Se había robado los papeles del seguro social y denunció nuestras irregularidades ante la autoridad. Nos multaron. Nos quedamos sin dinero y sin administrador. Y yo tengo que decir la verdad sobre el administrador de Universidad 2016.
Asesoría empresarial
Gloria Salazar
Sus brazos son gruesos y esponjosos, parecen sobrepuestos artificialmente en el tórax, desproporcionados. Son de color moreno claro, sin la menor huella de sol, pálidos, deslavados, de burócrata marchita. Es imposible no mirarlos con esa blusa sin mangas. Hacen juego con su cara y sus piernas gruesas, inmensas, obscenamente gordas.
Mide 1.80 y recuerda a un personaje famoso en los autobuses que recorrían la avenida Insurgentes al final de los 60s, que provocaba estupor por su estatura, su ceguera y su pelo hasta la cintura. Esa impresión provoca Zeidy Martínez; es una mole inmensa, densa, pesada, con dificultades para caminar, para sentarse, para levantarse de la silla; con el pelo negro, lacio, hasta la cintura. No hay un asomo de gracia en ella. Sus ojitos son de rinoceronte, torpes, diminutos, miopes, pintados con absurdos azules nacarados. La boca parece desdentada, sin serlo, y mueve los labios como los viejos haciendo esfuerzos para pronunciar las eses; su mentón puntiagudo es una broma en esa cara tan redonda; la nariz cuelga desgarbada.
Cuando habla, entorna los ojos buscando las palabras que nunca vienen a tiempo ni con precisión; palabras que se tornan constantemente en lamentaciones, quejas rápidas y reconocimientos del desdén que su jefe siente por ella. En contraste, emite burdas pretensiones de poder sobre los demás: su madre enferma a la que pide comprobantes de los gastos en medicinas que ella paga o sobre sus compañeros de trabajo: “me hicieron mal su descripción de puesto”, “mis promotores no están capacitados” y de ahí vuelve, machacona, al recuento de las ofensas del superior, quien no reconoce sus esfuerzos y sí sus torpezas.
Me ha contratado para que, juntas, según sus palabras, le demostremos a su jefe que ella es una profesional merecedora del alto sueldo que está recibiendo en la Gerencia de Recursos Humanos y contrarrestemos sus maltratos y desdenes. Astuta, invierte parte importante de su sueldo para comprar los documentos y soluciones que ella debería realizar. Logró llamar la atención del jefe por un tiempo, mediante la entrega de documentos mercenarios y Zeidy respiró tranquila con la cabeza puesta en la posibilidad de traer a su novio desde México; vivirían en el paraíso prometido, en Cancún, en una colonia popular, en un departamento de cuarenta metros, con su refri, su estufa, su cama y su ventilador. Por fin tendría los medios para hacerlo, le podría ofrecer casa, comida y sustento al novio enfermo y dependiente; sería feliz al lado de su amorcito y seguiría gozando de un sueldo y una jerarquía que nunca había imaginado. Tendría el dinero para pagar la deuda de las tarjetas del novio y las medicinas de la madre diabética, eso sí mediante la entrega de los comprobantes respectivos.
Zeidy soportaba el permanente maltrato del jefe porque tenía la certeza de que al otro lado del internet, su asesora personal, Gloria Salazar, le escribiría el memo, el documento exigido y también algún tipo de respuesta a sus temores y lamentaciones.
Gloria soportaba la desgracia de Zeidy Martínez, su presencia desagradable y tontería, con un sabor de repulsión, desprecio y compasión todo aglutinado porque tenía la certeza de que cada viernes tendría un ingreso adicional.
Una vez que Zeidy entregó los manuales que habían sido la exigencia constante desde su ingreso, el jefe volvió a la carga y la puso en tensión nuevamente. No era suficiente escribir manuales y manuales, ahora tendría que manejar temas delicados, tales como la disciplina del personal revelde, según la redacción de Zeidy, el anticipo de comisiones a los tiburones de ventas y el despido de los nenes bonitos Tecs de Monterrey, hijos de los amigos cercanos de su jefe, quien los contrata como inútiles asistentes personales a cambio de negocios.
Así, Zeidy despidió al nene en turno, con palabras suavizantes y modales institucionales que de ninguna manera lograron aplacar la indignación del cachorro bien nutrido quien entró furibundo a reclamar al Gran Jefe Director la injustificada rescisión que acababa de sufrir por parte de Zeidy. El indignado junior gritó, pataleó y salió corriendo a acusar al Gran Jefe con papá.
Fue la sentencia de muerte de Zeidy: debería buscarse trabajo porque no sirve para detenerle conflictos al poderoso jefe. Se le dio la gracia de permanecer dos o tres meses, pero tendría que irse.
El derrumbamiento fue total, catastrófico, devastador. Llamó a la única persona que la podría ayudar: a su asesora personal. Me pidió que fuera por ella, ya que no podía permanecer en su oficina ni un minuto más y no tenía a nadie más a quién recurrir. Lloró desconsolada y yo fui a recogerla.
Atravesé todo la ciudad y subí a la corpulenta Zeidy a mi coche, con la idea de escucharla un tiempo prudencial (¿?) y luego depositarla en su casa. Estaba totalmente descontrolada y con el mundo desplomado. Me dijo enseguida que ella no se sentía capaz de pasar la noche sola. Me explicó que vivía en una casa (en uno de los peores rumbos de Cancún) con un colchón, una estufa y un foco y que no tenía gas, ni comida. La que se derrumbó ahora fui yo: qué haría en esta situación, con este ser tan desagradable, tan digno de compasión.
La llevé a mi oficina, la instalé en una computadora a buscar trabajo en internet; le invité un café, un pastelito y calidez humana. Tuvo entereza para quejarse del sabor del café y de la lentitud del internet; solicitó, más bien ordenó, a mis empleados que le consiguieran un pañuelo desechable y se entusiasmó momentáneamente por las ofertas encontradas.
Decidí invitarla a acompañarme a las actividades que ya tenía programadas, con la esperanza de distraerla y de que en algún momento se le olvidara que no podía pasar la noche sola. Cometí la crueldad de llevarla a mi casa y a mis clases de gimnasia. Sentada en el sillón de la sala me pidió que la invitara a vivir conmigo; me preguntó si algún día ella podría ser como yo; lloró, lloró y repitió hasta mi hartazgo que no entendía porqué no le había dado su jefe otra oportunidad; sin acabar de aceptar lo que le había sucedido; sin un un atisbo de dignidad; sin ápice de coraje.
Finalmente, me pidió que la llevara a tomar un taxi. La dejé en un centro comercial, con el corazón oprimido ella y con el corazón oprimido yo.
Sus brazos son gruesos y esponjosos, parecen sobrepuestos artificialmente en el tórax, desproporcionados. Son de color moreno claro, sin la menor huella de sol, pálidos, deslavados, de burócrata marchita. Es imposible no mirarlos con esa blusa sin mangas. Hacen juego con su cara y sus piernas gruesas, inmensas, obscenamente gordas.
Mide 1.80 y recuerda a un personaje famoso en los autobuses que recorrían la avenida Insurgentes al final de los 60s, que provocaba estupor por su estatura, su ceguera y su pelo hasta la cintura. Esa impresión provoca Zeidy Martínez; es una mole inmensa, densa, pesada, con dificultades para caminar, para sentarse, para levantarse de la silla; con el pelo negro, lacio, hasta la cintura. No hay un asomo de gracia en ella. Sus ojitos son de rinoceronte, torpes, diminutos, miopes, pintados con absurdos azules nacarados. La boca parece desdentada, sin serlo, y mueve los labios como los viejos haciendo esfuerzos para pronunciar las eses; su mentón puntiagudo es una broma en esa cara tan redonda; la nariz cuelga desgarbada.
Cuando habla, entorna los ojos buscando las palabras que nunca vienen a tiempo ni con precisión; palabras que se tornan constantemente en lamentaciones, quejas rápidas y reconocimientos del desdén que su jefe siente por ella. En contraste, emite burdas pretensiones de poder sobre los demás: su madre enferma a la que pide comprobantes de los gastos en medicinas que ella paga o sobre sus compañeros de trabajo: “me hicieron mal su descripción de puesto”, “mis promotores no están capacitados” y de ahí vuelve, machacona, al recuento de las ofensas del superior, quien no reconoce sus esfuerzos y sí sus torpezas.
Me ha contratado para que, juntas, según sus palabras, le demostremos a su jefe que ella es una profesional merecedora del alto sueldo que está recibiendo en la Gerencia de Recursos Humanos y contrarrestemos sus maltratos y desdenes. Astuta, invierte parte importante de su sueldo para comprar los documentos y soluciones que ella debería realizar. Logró llamar la atención del jefe por un tiempo, mediante la entrega de documentos mercenarios y Zeidy respiró tranquila con la cabeza puesta en la posibilidad de traer a su novio desde México; vivirían en el paraíso prometido, en Cancún, en una colonia popular, en un departamento de cuarenta metros, con su refri, su estufa, su cama y su ventilador. Por fin tendría los medios para hacerlo, le podría ofrecer casa, comida y sustento al novio enfermo y dependiente; sería feliz al lado de su amorcito y seguiría gozando de un sueldo y una jerarquía que nunca había imaginado. Tendría el dinero para pagar la deuda de las tarjetas del novio y las medicinas de la madre diabética, eso sí mediante la entrega de los comprobantes respectivos.
Zeidy soportaba el permanente maltrato del jefe porque tenía la certeza de que al otro lado del internet, su asesora personal, Gloria Salazar, le escribiría el memo, el documento exigido y también algún tipo de respuesta a sus temores y lamentaciones.
Gloria soportaba la desgracia de Zeidy Martínez, su presencia desagradable y tontería, con un sabor de repulsión, desprecio y compasión todo aglutinado porque tenía la certeza de que cada viernes tendría un ingreso adicional.
Una vez que Zeidy entregó los manuales que habían sido la exigencia constante desde su ingreso, el jefe volvió a la carga y la puso en tensión nuevamente. No era suficiente escribir manuales y manuales, ahora tendría que manejar temas delicados, tales como la disciplina del personal revelde, según la redacción de Zeidy, el anticipo de comisiones a los tiburones de ventas y el despido de los nenes bonitos Tecs de Monterrey, hijos de los amigos cercanos de su jefe, quien los contrata como inútiles asistentes personales a cambio de negocios.
Así, Zeidy despidió al nene en turno, con palabras suavizantes y modales institucionales que de ninguna manera lograron aplacar la indignación del cachorro bien nutrido quien entró furibundo a reclamar al Gran Jefe Director la injustificada rescisión que acababa de sufrir por parte de Zeidy. El indignado junior gritó, pataleó y salió corriendo a acusar al Gran Jefe con papá.
Fue la sentencia de muerte de Zeidy: debería buscarse trabajo porque no sirve para detenerle conflictos al poderoso jefe. Se le dio la gracia de permanecer dos o tres meses, pero tendría que irse.
El derrumbamiento fue total, catastrófico, devastador. Llamó a la única persona que la podría ayudar: a su asesora personal. Me pidió que fuera por ella, ya que no podía permanecer en su oficina ni un minuto más y no tenía a nadie más a quién recurrir. Lloró desconsolada y yo fui a recogerla.
Atravesé todo la ciudad y subí a la corpulenta Zeidy a mi coche, con la idea de escucharla un tiempo prudencial (¿?) y luego depositarla en su casa. Estaba totalmente descontrolada y con el mundo desplomado. Me dijo enseguida que ella no se sentía capaz de pasar la noche sola. Me explicó que vivía en una casa (en uno de los peores rumbos de Cancún) con un colchón, una estufa y un foco y que no tenía gas, ni comida. La que se derrumbó ahora fui yo: qué haría en esta situación, con este ser tan desagradable, tan digno de compasión.
La llevé a mi oficina, la instalé en una computadora a buscar trabajo en internet; le invité un café, un pastelito y calidez humana. Tuvo entereza para quejarse del sabor del café y de la lentitud del internet; solicitó, más bien ordenó, a mis empleados que le consiguieran un pañuelo desechable y se entusiasmó momentáneamente por las ofertas encontradas.
Decidí invitarla a acompañarme a las actividades que ya tenía programadas, con la esperanza de distraerla y de que en algún momento se le olvidara que no podía pasar la noche sola. Cometí la crueldad de llevarla a mi casa y a mis clases de gimnasia. Sentada en el sillón de la sala me pidió que la invitara a vivir conmigo; me preguntó si algún día ella podría ser como yo; lloró, lloró y repitió hasta mi hartazgo que no entendía porqué no le había dado su jefe otra oportunidad; sin acabar de aceptar lo que le había sucedido; sin un un atisbo de dignidad; sin ápice de coraje.
Finalmente, me pidió que la llevara a tomar un taxi. La dejé en un centro comercial, con el corazón oprimido ella y con el corazón oprimido yo.
Soledad en Nueva York
Gloria Salazar
Coincidimos en una banca callejera en El Soho, barrio de los artistas en Nueva York. Era muy linda y dulce; pero su presencia me dijo, de entrada, que algo enturbiaba su momento. Sería su desgarbo al caminar, montada en unas sandalias altísimas, sucias y pretenciosas; el modo desganado con el que bebía una taza de café o el gesto en su frente preocupada. Sería su atuendo que mezclaba la sencillez y la vulgaridad a la vez; su cara con unos ojos azules de muñeca de vinil que mostraban curiosidad por mi persona y rasgos de hastío.
Platicamos de nosotras y pronto supe que lo que sentí era cierto: Sufría desazón por el desempleo, la falta de amigos, de familia y por un mal amor. Su principal temor era el riesgo de convertirse en prostituta si aceptaba una oferta de “table dancer”.
Me preguntó de mi vida y supo que esperaba a mi hija quien llegaría esa misma noche. Quiso saber de ella, todo. Quiso saber cómo nos llevábamos. Qué haríamos.
Insinuó que la invitara a unirse con nosotras. Yo la evadí; ella asumió y sólo me dijo en un tono meláncolico y resignado: “Te voy a ayudar a comprar dos abonos para el metro… es más barato por semana”
Me ayudó a orientarme y me dejó en la entrada del metro.
Mi corazón cantaba y lloraba a la vez.
Coincidimos en una banca callejera en El Soho, barrio de los artistas en Nueva York. Era muy linda y dulce; pero su presencia me dijo, de entrada, que algo enturbiaba su momento. Sería su desgarbo al caminar, montada en unas sandalias altísimas, sucias y pretenciosas; el modo desganado con el que bebía una taza de café o el gesto en su frente preocupada. Sería su atuendo que mezclaba la sencillez y la vulgaridad a la vez; su cara con unos ojos azules de muñeca de vinil que mostraban curiosidad por mi persona y rasgos de hastío.
Platicamos de nosotras y pronto supe que lo que sentí era cierto: Sufría desazón por el desempleo, la falta de amigos, de familia y por un mal amor. Su principal temor era el riesgo de convertirse en prostituta si aceptaba una oferta de “table dancer”.
Me preguntó de mi vida y supo que esperaba a mi hija quien llegaría esa misma noche. Quiso saber de ella, todo. Quiso saber cómo nos llevábamos. Qué haríamos.
Insinuó que la invitara a unirse con nosotras. Yo la evadí; ella asumió y sólo me dijo en un tono meláncolico y resignado: “Te voy a ayudar a comprar dos abonos para el metro… es más barato por semana”
Me ayudó a orientarme y me dejó en la entrada del metro.
Mi corazón cantaba y lloraba a la vez.
Las políticas Palace en el día de la amistad
Gloria Salazar
En Cancún y la Riviera Maya hay alrededor de 50,000 cuartos hoteleros, de los cuales, 10,000, la cadena “Palace”, pertenecen al Sr. Xapur, quien reúne las características de los empresarios exitosos: visión de largo aliento, cercanía a gobernantes, abundantes finanzas, don de mando, pocos escrúpulos y cero piedad. Ha puesto en práctica en sus hoteles políticas que voltean la balanza de la fortuna de su lado, como por ejemplo, plazos de pago a sus proveedores de 60 días, contados a partir de que los documentos comprobatorios ingresan al misterioso departamento de cuentas por pagar; lo cual alcanza hasta los 80 o 90 días de crédito. Debido a que este plazo no puede ser soportado por muchos de sus proveedores, las políticas Palace contemplan que la financiera “Unicreco“, perteneciente a la cadena Palace, les preste los montos equivalentes a las deudas adquiridas, a una tasa similar a la del mercado; con lo cual recibirán sus pagos 15 días después de que el misterioso departamento de cuentas por pagar haga los trámites necesarios. El proceso finaliza cuando Unicreco le paga a los Palace. Un crimen legal.
Sofía Tagle, querida amiga cancunense es proveedora de los Palace. Por mera coincidencia, el 14 de febrero nos reunimos a comer, junto con Florencia y Laura. Aprovechamos el pretexto para brindar por nuestra amistad. El descubrimiento de un restaurantito particularmente encantador, el buen vino tinto y la alegría de encontrarnos, nos puso de buen humor y por momentos hasta eufóricas.
Florencia, decoradora, nos platicó que había estado unos días atrás en un penthouse espectacular de un millón de dólares, en la zona hotelera, con una vista al azul del mar que parecía un sueño, propiedad de la Sra. Xapur quien estaba escogiendo telas, cortinas, muebles, adornos por medio millón de dólares para que su hijo viva confortablemente, cerca de su trabajo, en su nuevo hogar. La indignación mezclada con una pizca de envidia recorrió la mesa.
Sofía, como ya nos tiene acostumbradas, interrumpía las conversaciones porque sus dos teléfonos no dejaban de sonar para atender la operación de sus catorce (sí, ¡catorce!) camionetas que llevan turistas de los Palace al aeropuerto y viceversa. Tiene toda nuestra admiración, ya que ella empezó hace 5 años manejando y cargando maletas a los gringos y ahora es una señora empresaria.
La última mitad de la comida Sofía estuvo en el teléfono hablando, llamando, contestando y cuando por fin colgó tenía el semblante descompuesto. Las políticas Palace no permitieron que le “prestaran” el dinero para pagarle los 60 mil pesos –de los 150 mil que le deben- y que se habían comprometido a entregar esa tarde. El misterioso departamento de cuentas por pagar no pasó los documentos a la empresa prestadora a tiempo y las políticas Palace no permiten hacer pagos, en este caso préstamos, sino cada quince días. La contraloría cerró el capítulo asegurando que ésas eran las políticas Palace.
Sofía no tendría dinero para la nómina del día siguiente ni para gasolina para continuar prestando servicios a otros hoteles. Lloró de impotencia, de rabia, de angustia y se me imagina que lo único que deseaba es que su padre resucitara para salvarla.
Florencia, Laura y yo decidimos prestar a nuestra amiga Sofía, cada una cinco mil pesos con nuestros ahorros, sueldo y tarjeta de crédito para que pudiera tener gasolina para la operación del día siguiente, haciéndole frente a las políticas Palace con amistad y un poco de dinero.
En Cancún y la Riviera Maya hay alrededor de 50,000 cuartos hoteleros, de los cuales, 10,000, la cadena “Palace”, pertenecen al Sr. Xapur, quien reúne las características de los empresarios exitosos: visión de largo aliento, cercanía a gobernantes, abundantes finanzas, don de mando, pocos escrúpulos y cero piedad. Ha puesto en práctica en sus hoteles políticas que voltean la balanza de la fortuna de su lado, como por ejemplo, plazos de pago a sus proveedores de 60 días, contados a partir de que los documentos comprobatorios ingresan al misterioso departamento de cuentas por pagar; lo cual alcanza hasta los 80 o 90 días de crédito. Debido a que este plazo no puede ser soportado por muchos de sus proveedores, las políticas Palace contemplan que la financiera “Unicreco“, perteneciente a la cadena Palace, les preste los montos equivalentes a las deudas adquiridas, a una tasa similar a la del mercado; con lo cual recibirán sus pagos 15 días después de que el misterioso departamento de cuentas por pagar haga los trámites necesarios. El proceso finaliza cuando Unicreco le paga a los Palace. Un crimen legal.
Sofía Tagle, querida amiga cancunense es proveedora de los Palace. Por mera coincidencia, el 14 de febrero nos reunimos a comer, junto con Florencia y Laura. Aprovechamos el pretexto para brindar por nuestra amistad. El descubrimiento de un restaurantito particularmente encantador, el buen vino tinto y la alegría de encontrarnos, nos puso de buen humor y por momentos hasta eufóricas.
Florencia, decoradora, nos platicó que había estado unos días atrás en un penthouse espectacular de un millón de dólares, en la zona hotelera, con una vista al azul del mar que parecía un sueño, propiedad de la Sra. Xapur quien estaba escogiendo telas, cortinas, muebles, adornos por medio millón de dólares para que su hijo viva confortablemente, cerca de su trabajo, en su nuevo hogar. La indignación mezclada con una pizca de envidia recorrió la mesa.
Sofía, como ya nos tiene acostumbradas, interrumpía las conversaciones porque sus dos teléfonos no dejaban de sonar para atender la operación de sus catorce (sí, ¡catorce!) camionetas que llevan turistas de los Palace al aeropuerto y viceversa. Tiene toda nuestra admiración, ya que ella empezó hace 5 años manejando y cargando maletas a los gringos y ahora es una señora empresaria.
La última mitad de la comida Sofía estuvo en el teléfono hablando, llamando, contestando y cuando por fin colgó tenía el semblante descompuesto. Las políticas Palace no permitieron que le “prestaran” el dinero para pagarle los 60 mil pesos –de los 150 mil que le deben- y que se habían comprometido a entregar esa tarde. El misterioso departamento de cuentas por pagar no pasó los documentos a la empresa prestadora a tiempo y las políticas Palace no permiten hacer pagos, en este caso préstamos, sino cada quince días. La contraloría cerró el capítulo asegurando que ésas eran las políticas Palace.
Sofía no tendría dinero para la nómina del día siguiente ni para gasolina para continuar prestando servicios a otros hoteles. Lloró de impotencia, de rabia, de angustia y se me imagina que lo único que deseaba es que su padre resucitara para salvarla.
Florencia, Laura y yo decidimos prestar a nuestra amiga Sofía, cada una cinco mil pesos con nuestros ahorros, sueldo y tarjeta de crédito para que pudiera tener gasolina para la operación del día siguiente, haciéndole frente a las políticas Palace con amistad y un poco de dinero.
El Chubasco
Hilda Salazar
La familia de Rosa y Godofredo se dispuso a disfrutar su día de descanso en toda forma. Hacía tiempo que los seis miembros de la familia añoraban una rutina distinta en los breves lapsos de descanso en los que coincidían sus horarios laborales y estudiantiles. Además, la precaria economía familiar estrechaba las opciones recreativas, por lo que la promesa de un paseo familiar llenó la casa de regocijo.
Las niñas se levantaron “a buena hora” para ayudar a su mamá a preparar los antojitos que llevarían al día de campo: unas salchichitas con limón, cebolla y salsa “Valentina”; tortas de queso de puerco, frijolitos, jitomate y rajas; también llevarían un poco de salpicón y arroz rojo -que quedó de ayer- y, por supuesto, los infaltables huevos cocidos. En tanto, Godofredo iría por algunas compras para completar el cargamento.
-Te traes unas cocas, unos platos desechables y una bolsa de cheetos o lo que esté más barato- le pidió Rosa a su marido.
-También unas chelitas, ¿no vieja?, psss, es día feriado –dijo Godofredo en tono suplicante.
-Ni se te ocurra, ya dijeron que no van a dejar meter nada de chupe, –reconvino Rosa – de regreso pasas por mi mamá y no se te olvide que le pida a Doña Toña, la silla esa que se abre y se cierra pa’que se siente mi jefecita… la pobre, casi nunca sale.
Con mucho ingenio, lograron colocar en la amplia cajuela del viejo Chevrolet Malibú todo el equipaje: la bolsa con la comida, las toallas, la silla de la abuelita, el salvavidas, los trajes de baño y hasta la grabadora de Freddy que, por ser de modelo antiguo, ocupó mucho espacio con todo y su cassettes. Una de las niñas tuvo que regresar a la casa para buscar un vestuario improvisado para la abuelita, en previsión de que se le antojara “aunque sea un remojito”.
- Allí en el ropero hay una de esas camisetas que nos regalaron pa´las elecciones. Una amarilla que está anchita, del perredé, así estamos en la pura onda. Ah, y tráete unos shorts de tu hermano – indicó Doña Rosa.
Los siete integrantes del grupo –tres adelante y cuatro atrás- partieron entusiastas hacia las playas artificiales que el gobierno había dispuesto para estos días de asueto.
A eso de las once de la mañana llegaron a Bosque de Aragón. Godofredo los dejó en la puerta para que fueran haciendo cola, mientras él y Freddy, buscaban estacionamiento. La larga fila simulaba una serpiente multicolor que daba la vuelta en la esquina y se prolongaba media cuadra más. Al menos unas trescientas personas se les habían adelantado. Era una multitud ataviada expresamente para la ocasión: abundaban las gorras, las toallas con estampados, camisetas con motivos acuáticos, pelotas para jugar una cascarita, las raquetas con sus “gallitos”, salvavidas, cubetas y palas, sandalias y bronceadores.
Algunos empleados del gobierno daban indicaciones y animaban a los vacacionistas a tener paciencia, todos podrían entrar ¡¡cooompletamente gratis!! Nuestra familia esperaba en medio de un paisaje urbano salpicado de taxistas y microbuseros que hacían sonar sus motores y claxones, presentes también los vendedores ambulantes que con un gran sentido de oportunidad ofrecían toda clase de rudimentos de playa, alimentos y refrescos, y una gran cantidad de policías responsables de la vigilancia.
Después de hora y media de espera, lograron ingresar al deportivo. El panorama que se abrió ante sus ojos les causó un súbito sentimiento de satisfacción. Ellos, chilangos hasta las cachas, habían logrado arrebatar al mar, en sólo un par de horas, un trozo de paisaje costero en el pleno corazón de la ciudad. Enseguida los niños corrieron a apartar el pedazo de arena que con justeza les correspondía. Acicalaron su territorio con rapidez, colocando simétricamente las toallas para que miraran al sol, emplazaron el sitio para la comida, destinaron un espacio para la silla de la abuela y se dispusieron a delinear una mini-cancha de futbol para iniciar de inmediato el juego. Contaban únicamente con dos horas para realizar todo lo planeado: asolearse, jugar, comer, meterse en la alberca, divertirse, divertirse mucho.
De pronto, una sombra de pesimismo cruzó por sus cabezas y…. también por el cielo. Un nubarrón se empeñaba en eclipsar los rayos del sol, justo cuando todo estaba presto para iniciar el jolgorio. Durante algunos minutos nadie se atrevió a tornar en palabras el desasosiego que empezaba a apoderarse de su ánimo. La persistencia del entorno, francamente gris, obligó a Rosa a decir con realismo.
– No la amuelen que va a llover.
– Ay vieja, claro que no. Pérate, hombre, ahorita se compone – reviró con firmeza Godofredo –si es una nube de esas “espantapendejos”.
Algunas gotas, gruesas y escasas, comenzaron a caer. De a poco se fueron haciendo tupidas. Los niños se acogían al optimismo paterno, suplicando “esperar tantito”, en tanto que la abuela apoyaba el realismo de su hija exigiendo emprender la retirada. La contienda de ánimos cruzados le ganó los minutos a la previsión, y del cielo ahora se precipitaban hilos de agua cada vez más copiosos. A estas alturas no cabía la menor duda de que no sería una lluvia pasajera, por el contrario, ésta amenazaba con convertirse en chubasco. La tropa familiar, sin mediar palabra, se apresuró a levantar todo su equipo recreativo sin cuidar el empacado. En las bolsas de comida lo mismo se guardaban toallas, pelotas y chanclas. Las cubetas fueron los depósitos de los cheetos, los huevos cocidos y unos calcetines.
Godofredo se adelanto por el auto, mientras el resto de la familia se encargaba de acercar el equipaje a la banqueta. De la carrera inicial, los pasos se fueron apaciguando, ante la clara evidencia de que ya nada evitaría el remojo total. El equipaje no lograba el acomodo deseado en la cajuela, fue necesario efectuar diversos ajustes. Por fin, la familia logró acomodarse en el auto y las puertas se cerraron… se miraban con desconsuelo unos a otros… la abuela, que quedó ubicada en el centro del asiento trasero, se mostraba despeinada, con el pelo empapado cubriéndole la cara, empezó a emitir unas risitas suaves, que fueron contagiando a los demás.
-Ay mis niños, miren cómo quedó mi camiseta, si clarito dice “sonríe, vamos a ganar”….
La familia de Rosa y Godofredo se dispuso a disfrutar su día de descanso en toda forma. Hacía tiempo que los seis miembros de la familia añoraban una rutina distinta en los breves lapsos de descanso en los que coincidían sus horarios laborales y estudiantiles. Además, la precaria economía familiar estrechaba las opciones recreativas, por lo que la promesa de un paseo familiar llenó la casa de regocijo.
Las niñas se levantaron “a buena hora” para ayudar a su mamá a preparar los antojitos que llevarían al día de campo: unas salchichitas con limón, cebolla y salsa “Valentina”; tortas de queso de puerco, frijolitos, jitomate y rajas; también llevarían un poco de salpicón y arroz rojo -que quedó de ayer- y, por supuesto, los infaltables huevos cocidos. En tanto, Godofredo iría por algunas compras para completar el cargamento.
-Te traes unas cocas, unos platos desechables y una bolsa de cheetos o lo que esté más barato- le pidió Rosa a su marido.
-También unas chelitas, ¿no vieja?, psss, es día feriado –dijo Godofredo en tono suplicante.
-Ni se te ocurra, ya dijeron que no van a dejar meter nada de chupe, –reconvino Rosa – de regreso pasas por mi mamá y no se te olvide que le pida a Doña Toña, la silla esa que se abre y se cierra pa’que se siente mi jefecita… la pobre, casi nunca sale.
Con mucho ingenio, lograron colocar en la amplia cajuela del viejo Chevrolet Malibú todo el equipaje: la bolsa con la comida, las toallas, la silla de la abuelita, el salvavidas, los trajes de baño y hasta la grabadora de Freddy que, por ser de modelo antiguo, ocupó mucho espacio con todo y su cassettes. Una de las niñas tuvo que regresar a la casa para buscar un vestuario improvisado para la abuelita, en previsión de que se le antojara “aunque sea un remojito”.
- Allí en el ropero hay una de esas camisetas que nos regalaron pa´las elecciones. Una amarilla que está anchita, del perredé, así estamos en la pura onda. Ah, y tráete unos shorts de tu hermano – indicó Doña Rosa.
Los siete integrantes del grupo –tres adelante y cuatro atrás- partieron entusiastas hacia las playas artificiales que el gobierno había dispuesto para estos días de asueto.
A eso de las once de la mañana llegaron a Bosque de Aragón. Godofredo los dejó en la puerta para que fueran haciendo cola, mientras él y Freddy, buscaban estacionamiento. La larga fila simulaba una serpiente multicolor que daba la vuelta en la esquina y se prolongaba media cuadra más. Al menos unas trescientas personas se les habían adelantado. Era una multitud ataviada expresamente para la ocasión: abundaban las gorras, las toallas con estampados, camisetas con motivos acuáticos, pelotas para jugar una cascarita, las raquetas con sus “gallitos”, salvavidas, cubetas y palas, sandalias y bronceadores.
Algunos empleados del gobierno daban indicaciones y animaban a los vacacionistas a tener paciencia, todos podrían entrar ¡¡cooompletamente gratis!! Nuestra familia esperaba en medio de un paisaje urbano salpicado de taxistas y microbuseros que hacían sonar sus motores y claxones, presentes también los vendedores ambulantes que con un gran sentido de oportunidad ofrecían toda clase de rudimentos de playa, alimentos y refrescos, y una gran cantidad de policías responsables de la vigilancia.
Después de hora y media de espera, lograron ingresar al deportivo. El panorama que se abrió ante sus ojos les causó un súbito sentimiento de satisfacción. Ellos, chilangos hasta las cachas, habían logrado arrebatar al mar, en sólo un par de horas, un trozo de paisaje costero en el pleno corazón de la ciudad. Enseguida los niños corrieron a apartar el pedazo de arena que con justeza les correspondía. Acicalaron su territorio con rapidez, colocando simétricamente las toallas para que miraran al sol, emplazaron el sitio para la comida, destinaron un espacio para la silla de la abuela y se dispusieron a delinear una mini-cancha de futbol para iniciar de inmediato el juego. Contaban únicamente con dos horas para realizar todo lo planeado: asolearse, jugar, comer, meterse en la alberca, divertirse, divertirse mucho.
De pronto, una sombra de pesimismo cruzó por sus cabezas y…. también por el cielo. Un nubarrón se empeñaba en eclipsar los rayos del sol, justo cuando todo estaba presto para iniciar el jolgorio. Durante algunos minutos nadie se atrevió a tornar en palabras el desasosiego que empezaba a apoderarse de su ánimo. La persistencia del entorno, francamente gris, obligó a Rosa a decir con realismo.
– No la amuelen que va a llover.
– Ay vieja, claro que no. Pérate, hombre, ahorita se compone – reviró con firmeza Godofredo –si es una nube de esas “espantapendejos”.
Algunas gotas, gruesas y escasas, comenzaron a caer. De a poco se fueron haciendo tupidas. Los niños se acogían al optimismo paterno, suplicando “esperar tantito”, en tanto que la abuela apoyaba el realismo de su hija exigiendo emprender la retirada. La contienda de ánimos cruzados le ganó los minutos a la previsión, y del cielo ahora se precipitaban hilos de agua cada vez más copiosos. A estas alturas no cabía la menor duda de que no sería una lluvia pasajera, por el contrario, ésta amenazaba con convertirse en chubasco. La tropa familiar, sin mediar palabra, se apresuró a levantar todo su equipo recreativo sin cuidar el empacado. En las bolsas de comida lo mismo se guardaban toallas, pelotas y chanclas. Las cubetas fueron los depósitos de los cheetos, los huevos cocidos y unos calcetines.
Godofredo se adelanto por el auto, mientras el resto de la familia se encargaba de acercar el equipaje a la banqueta. De la carrera inicial, los pasos se fueron apaciguando, ante la clara evidencia de que ya nada evitaría el remojo total. El equipaje no lograba el acomodo deseado en la cajuela, fue necesario efectuar diversos ajustes. Por fin, la familia logró acomodarse en el auto y las puertas se cerraron… se miraban con desconsuelo unos a otros… la abuela, que quedó ubicada en el centro del asiento trasero, se mostraba despeinada, con el pelo empapado cubriéndole la cara, empezó a emitir unas risitas suaves, que fueron contagiando a los demás.
-Ay mis niños, miren cómo quedó mi camiseta, si clarito dice “sonríe, vamos a ganar”….
Idelfonso.
Gloria Salazar
Idelfonso es guapo. Es muy moreno, de pelo blanco y piel joven, no muy alto, pero de cuerpo bien formado; se viste como ingeniero, con ropa de algodón de buen gusto; en su cara tostada los ojos le chisporrotean coquetos y unos hoyitos adornan la sonrisa que a más de una han de haber quebrado.
Trabajó durante muchos años en las obras de Jorge (el padre de mi hija) y con la misma Mónica, por ellos lo conocí y me ayudó a montar mi casa en Cancún.
Una noche tocó a la puerta de mi casa con la cara compungida y una maleta grande bajo el hombro. Me pidió posada por una noche debido a que –y aquí tendría que venir toda una descripción desgraciadamente típica de la clase trabajadora de este país … “me echaron del cuarto que rentaba” … “no tengo dónde pasar la noche y no tengo dinero” … “no me han pagado la última obra” . “Doña Gloria, mañana salgo a buscar un cuarto, no le voy a dar molestias”. Al día siguiente Idelfonso no consiguió dónde vivir, ni tampoco en los siguientes tres meses.
Sus habilidades fueron un alivio en mi casa: arregló la bomba del agua, las fugas de los baños, montó el kiosco del patio, pegó el recubrimiento de madera de la escalera y cocinaba unas enfrijoladas de nouveau cuisine mexicaine.
Su galanura quedaba constatada en las múltiples anécdotas que platicaba durante las cenas “familiares”. Siempre fue respetuoso y nunca cayó en vulgaridades ni se jactaba de sus conquistas; pero dejaba entrever que tenía suerte con las féminas. Con la convivencia fue poco a poco tomando confianza para reclamar la ausencia de las mujeres de la casa y decía con tono gracioso “¡ya se van! ¡me van a dejar solito! O “a qué hora llegó, Doña Gloria, dónde andaba”. Zoila (mi compañera de casa) y yo nos divertíamos de lo lindo picándole la cresta para que soltara la lengua, pero nos dimos cuenta de que, como todos, sus obsesiones lo dominaban y siempre terminaba en la tragedia de la esposa que lo dejó, que lo denunció en el DIF, ¡que lo metió en la cárcel! Era una arpía celosa que le inventó historias con otras mujeres y no lo dejaba vivir; no cejó hasta que le quitó la casa que él había construido para la familia, con sus propias manos (y su propio dinero). Lo despeluchó, lo castigó y lo dejó. Siempre terminaba en esta historia, cualquiera que hubiera sido el inicio. Extrañaba a sus hijos y su vida en pareja. No había modo de que hablara de otra cosa, una vez que se instalaba en el parteaguas de su vida sentimental y económica. Nos quedábamos mudos y apenados todos y nos íbamos a dormir con el sabor del abandono de Idelfonso. Un dejado.
Una intriga siempre me quedó, con qué propósito Idelfonso se dejaría crecer la uña del dedo meñique hasta dos o tres centímetros de largo. Un misterio que no me atreví a sondear.
Cuando Idelfonso era ya considerado un habitante más de mi casa por todas mis amistades, finalmente se fue, no voluntariamente, pero se fue.
A partir de este capítulo nos quedó la sensación de una amistad profunda y venía de vez en cuando a saludar y a cocinar sus famosas enfrijoladas. Nos abrazaba a Zoila y a mí al mismo tiempo y nos trataba con afecto. En privado, Zoila y yo nos referíamos a él como “nuestro ex marido”. Yo me sentía en la libertad de pedirle ayuda cuando algún desperfecto doméstico asolaba mi vida, o cuando un huracán amenazaba todo. El acudía presuroso y reparaba cualquier cosa; a veces me cobraba y otras no. Estábamos preocupadas Zoila y yo porque se había lastimado la espalda cargando una hoja de tablaroca a lo largo de tres pisos. En fin, un amigo en los haberes.
Llegó la temporada de fin de año y había que reparar un montón de desperfectos para recibir a mi familia. Llamé a Idelfonso y quedamos de vernos en la noche en mi casa.
Debido a que iba retrasada le envié un mensaje a su celular diciendo “Ya voy para la casa, nos vemos allá”. A los quince minutos suena el teléfono, con el nombre de Idelfonso en la pantalla y contesto “Idelfonso, ya llegué”. Me responde una voz femenina, aguda, chillona, enfurecida, escupiendo: “¡Buscona, rogona, deje de molestar a mi marido!…. ¡No le da pena andar de rogona!... ¡Hija de la chingada!”
No pude ni chistar.
A los dos minutos, otra vez suena el teléfono (y yo….. contesto) “Hija de la chingada, váyase a la chingada y ya no le ande rogando a mi marido”…. Alcancé a decir: “Señora, se equivoca Idelfonso viene a mi casa a hacer unas reparaciones” …. “Qué reparaciones, ni que reparaciones, buscona, no le da vergüenza”…. Y que me enojo y que le digo “La que se va a la chingada es usted, vieja loca”.
Al minuto sonó el teléfono otra vez (y yo…. de morbosa contesto). Esta vez era Idelfonso quien no alcanzó ni a decir pío porque le pedí que nunca más me llamara ni él ni la señora que me había llamado y le colgué.
Al minuto me llegó un mensaje que decía “Señora Gloria, usted insultó a mi compañera y ya no le voy a hacer ningún arreglo en su casa, y la que se va a la chingada es usted”.
Fui asediada por mensajitos un fin de semana entero en el que se me reiteraba que Idelfonso no vendría a mi casa a hacer trabajos de reparación ni ningún otro tipo de servicio que se me ofreciera.
Nuestra amistad se terminó.
Idelfonso es guapo. Es muy moreno, de pelo blanco y piel joven, no muy alto, pero de cuerpo bien formado; se viste como ingeniero, con ropa de algodón de buen gusto; en su cara tostada los ojos le chisporrotean coquetos y unos hoyitos adornan la sonrisa que a más de una han de haber quebrado.
Trabajó durante muchos años en las obras de Jorge (el padre de mi hija) y con la misma Mónica, por ellos lo conocí y me ayudó a montar mi casa en Cancún.
Una noche tocó a la puerta de mi casa con la cara compungida y una maleta grande bajo el hombro. Me pidió posada por una noche debido a que –y aquí tendría que venir toda una descripción desgraciadamente típica de la clase trabajadora de este país … “me echaron del cuarto que rentaba” … “no tengo dónde pasar la noche y no tengo dinero” … “no me han pagado la última obra” . “Doña Gloria, mañana salgo a buscar un cuarto, no le voy a dar molestias”. Al día siguiente Idelfonso no consiguió dónde vivir, ni tampoco en los siguientes tres meses.
Sus habilidades fueron un alivio en mi casa: arregló la bomba del agua, las fugas de los baños, montó el kiosco del patio, pegó el recubrimiento de madera de la escalera y cocinaba unas enfrijoladas de nouveau cuisine mexicaine.
Su galanura quedaba constatada en las múltiples anécdotas que platicaba durante las cenas “familiares”. Siempre fue respetuoso y nunca cayó en vulgaridades ni se jactaba de sus conquistas; pero dejaba entrever que tenía suerte con las féminas. Con la convivencia fue poco a poco tomando confianza para reclamar la ausencia de las mujeres de la casa y decía con tono gracioso “¡ya se van! ¡me van a dejar solito! O “a qué hora llegó, Doña Gloria, dónde andaba”. Zoila (mi compañera de casa) y yo nos divertíamos de lo lindo picándole la cresta para que soltara la lengua, pero nos dimos cuenta de que, como todos, sus obsesiones lo dominaban y siempre terminaba en la tragedia de la esposa que lo dejó, que lo denunció en el DIF, ¡que lo metió en la cárcel! Era una arpía celosa que le inventó historias con otras mujeres y no lo dejaba vivir; no cejó hasta que le quitó la casa que él había construido para la familia, con sus propias manos (y su propio dinero). Lo despeluchó, lo castigó y lo dejó. Siempre terminaba en esta historia, cualquiera que hubiera sido el inicio. Extrañaba a sus hijos y su vida en pareja. No había modo de que hablara de otra cosa, una vez que se instalaba en el parteaguas de su vida sentimental y económica. Nos quedábamos mudos y apenados todos y nos íbamos a dormir con el sabor del abandono de Idelfonso. Un dejado.
Una intriga siempre me quedó, con qué propósito Idelfonso se dejaría crecer la uña del dedo meñique hasta dos o tres centímetros de largo. Un misterio que no me atreví a sondear.
Cuando Idelfonso era ya considerado un habitante más de mi casa por todas mis amistades, finalmente se fue, no voluntariamente, pero se fue.
A partir de este capítulo nos quedó la sensación de una amistad profunda y venía de vez en cuando a saludar y a cocinar sus famosas enfrijoladas. Nos abrazaba a Zoila y a mí al mismo tiempo y nos trataba con afecto. En privado, Zoila y yo nos referíamos a él como “nuestro ex marido”. Yo me sentía en la libertad de pedirle ayuda cuando algún desperfecto doméstico asolaba mi vida, o cuando un huracán amenazaba todo. El acudía presuroso y reparaba cualquier cosa; a veces me cobraba y otras no. Estábamos preocupadas Zoila y yo porque se había lastimado la espalda cargando una hoja de tablaroca a lo largo de tres pisos. En fin, un amigo en los haberes.
Llegó la temporada de fin de año y había que reparar un montón de desperfectos para recibir a mi familia. Llamé a Idelfonso y quedamos de vernos en la noche en mi casa.
Debido a que iba retrasada le envié un mensaje a su celular diciendo “Ya voy para la casa, nos vemos allá”. A los quince minutos suena el teléfono, con el nombre de Idelfonso en la pantalla y contesto “Idelfonso, ya llegué”. Me responde una voz femenina, aguda, chillona, enfurecida, escupiendo: “¡Buscona, rogona, deje de molestar a mi marido!…. ¡No le da pena andar de rogona!... ¡Hija de la chingada!”
No pude ni chistar.
A los dos minutos, otra vez suena el teléfono (y yo….. contesto) “Hija de la chingada, váyase a la chingada y ya no le ande rogando a mi marido”…. Alcancé a decir: “Señora, se equivoca Idelfonso viene a mi casa a hacer unas reparaciones” …. “Qué reparaciones, ni que reparaciones, buscona, no le da vergüenza”…. Y que me enojo y que le digo “La que se va a la chingada es usted, vieja loca”.
Al minuto sonó el teléfono otra vez (y yo…. de morbosa contesto). Esta vez era Idelfonso quien no alcanzó ni a decir pío porque le pedí que nunca más me llamara ni él ni la señora que me había llamado y le colgué.
Al minuto me llegó un mensaje que decía “Señora Gloria, usted insultó a mi compañera y ya no le voy a hacer ningún arreglo en su casa, y la que se va a la chingada es usted”.
Fui asediada por mensajitos un fin de semana entero en el que se me reiteraba que Idelfonso no vendría a mi casa a hacer trabajos de reparación ni ningún otro tipo de servicio que se me ofreciera.
Nuestra amistad se terminó.
Crónica de Centro de Convenciones
Gloria Salazar
Cuando leí en el periódico que había un festival artístico en el Cancún Center (así decía el letrero) con exposición de pintura, música y un casino de mentiritas me sentí muy motivada. En este páramo cultural, cualquier actividad relacionada con el arte es como una gotita de agua en el desierto. Todavía me acuerdo de la emoción que me dio hacer cola para entrar a la plaza de toros para ver el espectáculo de Gonzalo Vega, sí, fíjense a qué niveles de desesperación y sed se puede llegar cuando uno vive fuera del DF y queda privado de toda la oferta cultural de ese monstruo.
En el anuncio decía que había espectáculos internacionales y la noche del lunes correspondía a Cuba. Llamé a unos amigos y los convoqué a asistir.
Ahí vamos, todos guapos y talqueados (por eso del calor) al Centro de Convenciones de Cancún, el mentado Cancún Center. Llegamos quince minutos tarde. Por suerte el show todavía no había empezado y nos informaron a la entrada que estaban un poquito retrasados, así que decidimos darnos una vueltita por la sala de exhibición pictórica. La calidad de las pinturas me hizo sentir en exposición de fin de año de prepa en San Luis Río Colorado. Ya un poco desanimados por la muestra que acabábamos de probar, regresamos a la media hora, como nos fue indicado,m al foro del show cubano y nos sentamos, en primera fila, para ver sin problemas.
Lo primero que nos llamó la atención fue que en el escenario no había instrumentos musicales, ni tampoco escenografía alguna. Bueno, pues ya veremos de qué se trata. Tuvimos que esperar una hora más, nomás hora y media de retraso. Qué pena con los gringos que llegaron puntualitos y también muy bañaditos con sus camisolas verdecitas, amarillitas y azulitas; ya que en su mayoría eran ruquitos.
Por fin, música cubana, grabada claro. Salieron a escena tres parejas, con los clásicos atuendos de los años 40: ellas, al estilo rumbera de película mexicana, falda amarrada a la cintura, abierta de lado, enseñando toda la pierna, con una gran escarola de remate, un top , también amarrado abajo del busto y unos tocados en la cabeza, mezcla de corona de belleza con frutero de pedrería. Ellos, con pantalón blanco, a semejanza del modelo huichol, con sandalias de jarana yucateca y topcito negro, estilo putito de gimnasio. Pronto, nos dimos cuenta de que nos querían dar gato por liebre.
Bailaron. Ellas, con sus piernas cortitas, de muslos rellenos y pantorrillas flaquitas; todas con cinturas rotoplas, con toques de incipiente celulitis asomando por aquí y allá intentaban hacer los meneos y giros (francamente imposibles de replicar) de cintura y caderas que hacen las cubanas. Sólo conseguían arrugar un poquito el ombligo, mientras los espectadores intentábamos prendernos con la música y hasta hubo algún intento de palmadas rítmicas; cosa que tampoco resultó debido a la mezcla étnica. Recuerden a los extranjeros ahí presentes. Los cuerpos de las chan (“dizque”, en yucateco) bailarinas cubanas eran como monoblocks; sin articulación en la cintura. Los chavos, más ágiles, flaquitos, con unas hebritas de piernitas que salían de los pantalones huicholes, daban pataditas al aire al mejor estilo naco chilango de la Morelos agasajándose con Los Buquis. Tenían que controlar sus impulsos para no empezar a girar los brazos de sus compañeras, igual, al estilo chilango, así, dibujando círculos con las manos entrelazadas de la pareja, mientras los codos están doblados, ya saben como, no? dándose jaloncitos chiquitos. Terminaron la pieza, por fin, intentando agitar los hombros con unas sonrisas artificiales, congeladas en sus caritas maquilladas.
¡Qué onda! Ha de ser el número de apertura de los mexicans, nomás para darles chance, y ahora sí vienen los cubanos.
Siguiente número: ¡salen las mismas tres parejas! Ahora vestidos todos de blanco. Ellas, ya de plano, en su mero mole, vestidas de princesas mayas, haciendo el típico pasito que nos enseñaron en la primaria para las danzas aztecas, daban pasitos chiquitos repetidos de dos en dos, mientras ponían las manitas dobladas por las muñecas, como quien carga un vaso de agua en la palma. Como cuando los gringos se emocionan y hacen remedos de danza egipcia. Así igualito. Pero la cosa vino acrobática y entonces los varones se pusieron en cuclillas debajo de las piernas abiertas de sus compañeras y se levantaron con las princesas empenachadas sentadas sobre sus hombros. Temblaban, pobrecitos, qué esfuerzo. En ese momento pudimos admirar en las princesas descalzas las pantimedias canon, color juvenil, de punta reforzada, mientras la música tronaba el son de la loma. Mis amigos y no nos mirábamos unos a otros con cara de what. Se les aplaudió piadosamente.
Vino una cantante, todavía creíamos que cubana y buena, pero ésta era claramente una teibolera del mercado 23 (la zona de tolerancia). Era imposible prestar atención a otra cosa que no fueran sus piernas. Parecía que eran dos piernas derechas, o dos izquierdas, o tal vez un efecto especial proveniente de la estructura rodillijunta que hacía que las puntas de los pies, al dar pasitos de baile, sobresalieran en ángulo de 90 grados, pero con las rodillas sin separar. Ni la mariposa de chaquira y lentejuelas doradas de su vestido fue competencia para la conformación ósea de sus extremidades inferiores. Cantó caballo de la sabana porque está viejo y cansado, más o menos entonada. Ora sí el público se excitó y aplaudió al compás.
El cuarto número. ¡Otra vez las tres parejas! ¡Ellos, cada uno, con un tambor gigante! ¡Huyamos! ¡Rápido antes de que empiecen, vámonos por la puerta lateral!
Ya muy lejos, oímos, que ahora sí un cubano se había subido al escenario a cantar.
Cuando leí en el periódico que había un festival artístico en el Cancún Center (así decía el letrero) con exposición de pintura, música y un casino de mentiritas me sentí muy motivada. En este páramo cultural, cualquier actividad relacionada con el arte es como una gotita de agua en el desierto. Todavía me acuerdo de la emoción que me dio hacer cola para entrar a la plaza de toros para ver el espectáculo de Gonzalo Vega, sí, fíjense a qué niveles de desesperación y sed se puede llegar cuando uno vive fuera del DF y queda privado de toda la oferta cultural de ese monstruo.
En el anuncio decía que había espectáculos internacionales y la noche del lunes correspondía a Cuba. Llamé a unos amigos y los convoqué a asistir.
Ahí vamos, todos guapos y talqueados (por eso del calor) al Centro de Convenciones de Cancún, el mentado Cancún Center. Llegamos quince minutos tarde. Por suerte el show todavía no había empezado y nos informaron a la entrada que estaban un poquito retrasados, así que decidimos darnos una vueltita por la sala de exhibición pictórica. La calidad de las pinturas me hizo sentir en exposición de fin de año de prepa en San Luis Río Colorado. Ya un poco desanimados por la muestra que acabábamos de probar, regresamos a la media hora, como nos fue indicado,m al foro del show cubano y nos sentamos, en primera fila, para ver sin problemas.
Lo primero que nos llamó la atención fue que en el escenario no había instrumentos musicales, ni tampoco escenografía alguna. Bueno, pues ya veremos de qué se trata. Tuvimos que esperar una hora más, nomás hora y media de retraso. Qué pena con los gringos que llegaron puntualitos y también muy bañaditos con sus camisolas verdecitas, amarillitas y azulitas; ya que en su mayoría eran ruquitos.
Por fin, música cubana, grabada claro. Salieron a escena tres parejas, con los clásicos atuendos de los años 40: ellas, al estilo rumbera de película mexicana, falda amarrada a la cintura, abierta de lado, enseñando toda la pierna, con una gran escarola de remate, un top , también amarrado abajo del busto y unos tocados en la cabeza, mezcla de corona de belleza con frutero de pedrería. Ellos, con pantalón blanco, a semejanza del modelo huichol, con sandalias de jarana yucateca y topcito negro, estilo putito de gimnasio. Pronto, nos dimos cuenta de que nos querían dar gato por liebre.
Bailaron. Ellas, con sus piernas cortitas, de muslos rellenos y pantorrillas flaquitas; todas con cinturas rotoplas, con toques de incipiente celulitis asomando por aquí y allá intentaban hacer los meneos y giros (francamente imposibles de replicar) de cintura y caderas que hacen las cubanas. Sólo conseguían arrugar un poquito el ombligo, mientras los espectadores intentábamos prendernos con la música y hasta hubo algún intento de palmadas rítmicas; cosa que tampoco resultó debido a la mezcla étnica. Recuerden a los extranjeros ahí presentes. Los cuerpos de las chan (“dizque”, en yucateco) bailarinas cubanas eran como monoblocks; sin articulación en la cintura. Los chavos, más ágiles, flaquitos, con unas hebritas de piernitas que salían de los pantalones huicholes, daban pataditas al aire al mejor estilo naco chilango de la Morelos agasajándose con Los Buquis. Tenían que controlar sus impulsos para no empezar a girar los brazos de sus compañeras, igual, al estilo chilango, así, dibujando círculos con las manos entrelazadas de la pareja, mientras los codos están doblados, ya saben como, no? dándose jaloncitos chiquitos. Terminaron la pieza, por fin, intentando agitar los hombros con unas sonrisas artificiales, congeladas en sus caritas maquilladas.
¡Qué onda! Ha de ser el número de apertura de los mexicans, nomás para darles chance, y ahora sí vienen los cubanos.
Siguiente número: ¡salen las mismas tres parejas! Ahora vestidos todos de blanco. Ellas, ya de plano, en su mero mole, vestidas de princesas mayas, haciendo el típico pasito que nos enseñaron en la primaria para las danzas aztecas, daban pasitos chiquitos repetidos de dos en dos, mientras ponían las manitas dobladas por las muñecas, como quien carga un vaso de agua en la palma. Como cuando los gringos se emocionan y hacen remedos de danza egipcia. Así igualito. Pero la cosa vino acrobática y entonces los varones se pusieron en cuclillas debajo de las piernas abiertas de sus compañeras y se levantaron con las princesas empenachadas sentadas sobre sus hombros. Temblaban, pobrecitos, qué esfuerzo. En ese momento pudimos admirar en las princesas descalzas las pantimedias canon, color juvenil, de punta reforzada, mientras la música tronaba el son de la loma. Mis amigos y no nos mirábamos unos a otros con cara de what. Se les aplaudió piadosamente.
Vino una cantante, todavía creíamos que cubana y buena, pero ésta era claramente una teibolera del mercado 23 (la zona de tolerancia). Era imposible prestar atención a otra cosa que no fueran sus piernas. Parecía que eran dos piernas derechas, o dos izquierdas, o tal vez un efecto especial proveniente de la estructura rodillijunta que hacía que las puntas de los pies, al dar pasitos de baile, sobresalieran en ángulo de 90 grados, pero con las rodillas sin separar. Ni la mariposa de chaquira y lentejuelas doradas de su vestido fue competencia para la conformación ósea de sus extremidades inferiores. Cantó caballo de la sabana porque está viejo y cansado, más o menos entonada. Ora sí el público se excitó y aplaudió al compás.
El cuarto número. ¡Otra vez las tres parejas! ¡Ellos, cada uno, con un tambor gigante! ¡Huyamos! ¡Rápido antes de que empiecen, vámonos por la puerta lateral!
Ya muy lejos, oímos, que ahora sí un cubano se había subido al escenario a cantar.
Crónica Privada
Florencia
Lo que pasó después fue aun más irreal. Propusieron ir a la discoteca de moda. Ella accedió, por qué perderse la oportunidad de pasar un rato más con tan interesante caballero? Y esperaba poder confirmar su sospecha de que el gusto era recíproco, y que la historia estaba apenas comenzando.
Sentados uno junto al otro el rozó primero su mano, y ella lo sintió como un bálsamo. Desde ese momento, casi no se los vio sin estar tomados de las manos. El era una persona especial, eso le era evidente. Ya no pudo dejar de mirarlo y desearlo en toda esa larga noche…
Bailaron, se acariciaron, se besaron por momentos. Ella pronto sintió lo que los pantalones de Bruno poco podían disimular y, sutilmente, se acercaba y lo rozaba con sus impetuosas piernas.
Él la contemplaba todo el tiempo, como quien se deleita examinando algo hermoso…
Ya había amanecido cuando salieron del lugar, y daban más de las 7 cuando se despidieron, él rumbo a su hotel, ella a su casa. No pasó mucho para que él discara su número y siguiera derramando miel, poco antes de insistir con voz irresistible, en que ella fuera a su hotel. El, siempre viajando, tomaría un vuelo a las 11 de la mañana para regresar a su ciudad. El propuso retrasar unas horas su partida, ella no dudó en correr a verlo…
La puerta estaba entreabierta… y Bruno al centro de una cama inmensamente blanca. Una vez más le dijo cuán bonita la encontraba.
Ya en su cama, quitarse la ropa fue parte de la danza y exquisito preámbulo del encuentro. Un hombre y una mujer, desnudos, sólo dejándose llevar…
Julieta jamás hubiera podido imaginar lo que sucedería esa mañana. No hubiera creído atreverse a tanta intimidad con alguien que había visto por primera vez unas cuantas horas antes. De nada se privaron, nada los avergonzó, nada los detuvo. Se sintió osada y eso la excitaba aún más. Sin darse cuenta había dejado en el elevador sus prejuicios, tácticas, su halo de chica seria y algo tímida, que no admite ser tomada a la ligera. A él, sin embargo, todo le estaría permitido, sin preguntas, ni cuestiones, y sin miedo. Fueron amantes insaciables y perfectos. Los orgasmos se sucedieron con la misma cadencia del andar de sus caderas, aquél que cautivó a Bruno desde el instante en que la vio, llegando al estadio. Primera cita, y a ciegas…. expectativas más que superadas para ambos, y una prueba más de que la magia existe y busca las circunstancias más inesperadas para desplegar sus alcances.
Pasaron tal vez siete horas en una intensa vigilia apenas interrumpida por algunos breves ensueños que los encontraban, cada vez, más extasiados y con sus cuerpos más entrelazados, ya confundiéndose el uno en el otro…
Los despertaban brotes de pasión urgentes e incontenibles. Hicieron el amor cien mil veces, en un tiempo que se hizo infinito, fuera de este mundo.
La absoluta ausencia de inhibiciones y pudor. Todo estaba permitido, tácitamente, recíprocamente, incuestionablemente. No encontraron razón alguna para vestirse o cubrirse ninguna parte de sus cuerpos.
Las ansias y la permanente excitación fueron más fuertes que el cansancio y que el mundo que seguramente seguiría existiendo fuera de esa alcoba.
La virilidad de Bruno deslumbró a Julieta. Casi salvaje por momentos, y el hombre más tierno del mundo simultáneamente, un cocktail tan inusual como exquisito.
Su miembro estuvo siempre erecto, impaciente, siempre buscándola… hasta que ella lo apresaba, ora en su entrepierna, ora con sus manos, y dentro de su boca, húmeda y excitada como todo lo demás, poseída por las ansias.
No hubo un centímetro de su blanca piel que él no besara y alabara al mismo tiempo. Se sintieron deseados y admirados como no recordaban haberlo hecho antes. Eran hermosos juntos, desnudos y ardiendo esa mañana, un domingo soleado en el trópico, dos habitantes del mundo unidos por el mismo deseo de no sentirse tan solos.
Despedirse les tomó un par de horas y volvían a hacer el amor como tratando de detener el tiempo, para quedarse inmersos nuevamente en la pasión, con sus aromas ya impregnados en el otro y despertando más deseo, sus fluidos como agua bendecida, sus miradas francas y sus escudos fuera también, cuidando que el pudor y las convenciones no entraran de repente a interrumpir el rito, lo que hubiera sido casi un sacrilegio.
Esa tarde ella regresó a su casa caminando por las nubes, rebosante de felicidad y relamiéndose con cada recuerdo. Se sintió y se dictaminó enamorada. Su corazón iba más rápido. Sintió la alegría en su cara, en las mejillas, en la comisura de sus labios. Ahora sí creía ser hermosa, tanto como el proclamaba. Este sábado que había empezado con contratiempos y disgustos y parecía no depararle más que una noche apática y hasta con vetas de nostalgia, se había convertido sin anunciarse en una experiencia inolvidable que sería incluso plasmada en este relato de esta fiel amiga suya que tenía casi quince años sin animarse a escribir, pero que al haberle sido este episodio transmitido por la misma Julieta, no pudo escapar al encantamiento y se sentó frente a su teclado, con una sonrisa y exaltación parecidas a las de su musa.
Lo que pasó después fue aun más irreal. Propusieron ir a la discoteca de moda. Ella accedió, por qué perderse la oportunidad de pasar un rato más con tan interesante caballero? Y esperaba poder confirmar su sospecha de que el gusto era recíproco, y que la historia estaba apenas comenzando.
Sentados uno junto al otro el rozó primero su mano, y ella lo sintió como un bálsamo. Desde ese momento, casi no se los vio sin estar tomados de las manos. El era una persona especial, eso le era evidente. Ya no pudo dejar de mirarlo y desearlo en toda esa larga noche…
Bailaron, se acariciaron, se besaron por momentos. Ella pronto sintió lo que los pantalones de Bruno poco podían disimular y, sutilmente, se acercaba y lo rozaba con sus impetuosas piernas.
Él la contemplaba todo el tiempo, como quien se deleita examinando algo hermoso…
Ya había amanecido cuando salieron del lugar, y daban más de las 7 cuando se despidieron, él rumbo a su hotel, ella a su casa. No pasó mucho para que él discara su número y siguiera derramando miel, poco antes de insistir con voz irresistible, en que ella fuera a su hotel. El, siempre viajando, tomaría un vuelo a las 11 de la mañana para regresar a su ciudad. El propuso retrasar unas horas su partida, ella no dudó en correr a verlo…
La puerta estaba entreabierta… y Bruno al centro de una cama inmensamente blanca. Una vez más le dijo cuán bonita la encontraba.
Ya en su cama, quitarse la ropa fue parte de la danza y exquisito preámbulo del encuentro. Un hombre y una mujer, desnudos, sólo dejándose llevar…
Julieta jamás hubiera podido imaginar lo que sucedería esa mañana. No hubiera creído atreverse a tanta intimidad con alguien que había visto por primera vez unas cuantas horas antes. De nada se privaron, nada los avergonzó, nada los detuvo. Se sintió osada y eso la excitaba aún más. Sin darse cuenta había dejado en el elevador sus prejuicios, tácticas, su halo de chica seria y algo tímida, que no admite ser tomada a la ligera. A él, sin embargo, todo le estaría permitido, sin preguntas, ni cuestiones, y sin miedo. Fueron amantes insaciables y perfectos. Los orgasmos se sucedieron con la misma cadencia del andar de sus caderas, aquél que cautivó a Bruno desde el instante en que la vio, llegando al estadio. Primera cita, y a ciegas…. expectativas más que superadas para ambos, y una prueba más de que la magia existe y busca las circunstancias más inesperadas para desplegar sus alcances.
Pasaron tal vez siete horas en una intensa vigilia apenas interrumpida por algunos breves ensueños que los encontraban, cada vez, más extasiados y con sus cuerpos más entrelazados, ya confundiéndose el uno en el otro…
Los despertaban brotes de pasión urgentes e incontenibles. Hicieron el amor cien mil veces, en un tiempo que se hizo infinito, fuera de este mundo.
La absoluta ausencia de inhibiciones y pudor. Todo estaba permitido, tácitamente, recíprocamente, incuestionablemente. No encontraron razón alguna para vestirse o cubrirse ninguna parte de sus cuerpos.
Las ansias y la permanente excitación fueron más fuertes que el cansancio y que el mundo que seguramente seguiría existiendo fuera de esa alcoba.
La virilidad de Bruno deslumbró a Julieta. Casi salvaje por momentos, y el hombre más tierno del mundo simultáneamente, un cocktail tan inusual como exquisito.
Su miembro estuvo siempre erecto, impaciente, siempre buscándola… hasta que ella lo apresaba, ora en su entrepierna, ora con sus manos, y dentro de su boca, húmeda y excitada como todo lo demás, poseída por las ansias.
No hubo un centímetro de su blanca piel que él no besara y alabara al mismo tiempo. Se sintieron deseados y admirados como no recordaban haberlo hecho antes. Eran hermosos juntos, desnudos y ardiendo esa mañana, un domingo soleado en el trópico, dos habitantes del mundo unidos por el mismo deseo de no sentirse tan solos.
Despedirse les tomó un par de horas y volvían a hacer el amor como tratando de detener el tiempo, para quedarse inmersos nuevamente en la pasión, con sus aromas ya impregnados en el otro y despertando más deseo, sus fluidos como agua bendecida, sus miradas francas y sus escudos fuera también, cuidando que el pudor y las convenciones no entraran de repente a interrumpir el rito, lo que hubiera sido casi un sacrilegio.
Esa tarde ella regresó a su casa caminando por las nubes, rebosante de felicidad y relamiéndose con cada recuerdo. Se sintió y se dictaminó enamorada. Su corazón iba más rápido. Sintió la alegría en su cara, en las mejillas, en la comisura de sus labios. Ahora sí creía ser hermosa, tanto como el proclamaba. Este sábado que había empezado con contratiempos y disgustos y parecía no depararle más que una noche apática y hasta con vetas de nostalgia, se había convertido sin anunciarse en una experiencia inolvidable que sería incluso plasmada en este relato de esta fiel amiga suya que tenía casi quince años sin animarse a escribir, pero que al haberle sido este episodio transmitido por la misma Julieta, no pudo escapar al encantamiento y se sentó frente a su teclado, con una sonrisa y exaltación parecidas a las de su musa.
Crónica de Chichén Itza
Gloria Salazar
Aprovecho mi gran disponibilidad de tiempo libre para contarles mi paseo a la gran Chichén Itza el 21 de marzo. No, no fuí a cargarme de energía ni nada de esoterias, no he llegado a tanto (todavía); no sonrían entre dientes. Fuí a fisgonear el fenómeno llamado "el descenso de Kukulcan" y a hacer algo de lo que originalmente me puso en estas tierras, es decir, ampliar mi visión y conocer los hermosos sitios (antes de Wilma estaban más hermosos) cercanos al destino turístico ¡más importante de México!
Mi roomy (apócope del anglicismo room mate, qué jalada) sugirió que nos fuéramos en una excursión para no cansarnos con la manejada y regresar tarde sin preocupación. Ahí vamos en una excursión de estudiantes que era baratísima. Vamos, vamos.
Cita a las 7 de la mañana ¡para mis pulgas! Vamos, vamos. Cargamos con lunches ecológicos: manzanas, nueces, lechuguita, quesito de cabra, en unos tupper chiquitos de lo más monos; sombreros, esterillas para tirarnos en el suelo con algo de dignidad, gatorade, bloqueador solar, t o d o para la excursión perfecta. Vamos, vamos. Llegamos puntualmente. Abordamos nuestro camioncito, lleno de chavos y chavas; sólo habíamos cinco personas, todas mujeres, cercanas a la edad de la decrepitud, y salimos muy puntualitos.
Nuestro guía de turistas nos empezó a dar instrucciones, tratándonos como niñitos de sexto, todo en masculino siempre. Que vamos a ir aquí y que luego vamos al cenote y que no se mojen mucho y que luego si tienen hambre paramos a que coman garnachas (¡qué asco!). Y yo pensaba ... “qué hago aquí... a mi edad... debería venir en una camioneta, de perdis una explorer.... con un marido, mis nietos .. a qué hora me equivoqué tan feo en la vida”... “y no... vengo en un camión de estudiantes ... con mi roomy, mi compañera de casa... compañera de casa, la ideal por cierto, ... nunca viví así... a la vejez, viruelas...
Por suerte, mi guía siempre me sacó de mis absurdas reflexiones con sus instrucciones:
“Búenole, (bueno en yucateco) llegamos a Valladolid, muchachos. Tienen dos horas para desayunar y visitar los cenotes. Si llegan tarde al camióm, (camión en yucateco) los dejamos”
Lo primero que hicimos fue conseguir un lugar para tomar un café de verdad y para mi enorme sorpresa nos encontramos un café de lo más agradable, en un primer piso, con un balcón mirando al zócalo, con música new age proyectada desde una lap top. No deja de sorprenderme la tecnología (será la edad). Un lugarcito de alguien como uno, con libros, con cuadros y sobre todo: con café de verdad y delicioso. Buen inicio.
La enorme cola para entrar a uno de los cenotes me devolvió a la realidad del 21 de marzo. Apechugando, puse buena cara y me forme dócil y sonriente, dispuesta a llevar de lo mejor el inicio de la primavera. Por suerte una onda polar templó el clima y la temperatura era agradable; cantileta con la que atormenté a mi sufrida roomy todo el día: “eso que no hace calor”. La escalera de bajada al cenote era angosta, resbalosa y muy llena de gente, toda luchando por mantenerse en pie en la oscuridad y en los pequeños escalones estilo maya tardío. Descubrí, entre otras cosas, lo bonito es que los hombres le den el paso a una, ayuden tomándonos del brazo; en cambio, los chavos modernos se creyeron lo de la igualdad y son unas bestias desconsideradas incapaces de la mínima cortesía, dispuestos a pasar sobre mi escuálida y dolida osamenta.
Otra vez sumida en pensamientos negros, de los cuales me sacó sorpresivamente el maravilloso espectáculo del cenote. De pronto, como al inicio de una película, se abrió ante mis ojos una inmensa bóveda de piedra coloreada por el azul turquesa del agua limpísima, iluminada por la luz del día que pasaba por una perforación del suelo que dejaba entrar esos rayos que parecen sacados de la portada del catecismo del Padre Ripalda. Qué belleza, si por eso ando por estos maltratados lares. Una belleza radiante, avasallante. Unas lianas inmensas colgaban del agujero de la tierra hacia el agua del cenote. Daba vértigo la grandiosidad, la altura y la belleza. Lo contemplé un largo rato en compañía de los murciélagos colgados de las estalactitas sobre mi cabeza.
Gateando, logre salir del cenote para volver a mi camióm a tiempo. Fuimos asaltadas por cuatro niñitas, de entre 9 y 12 años que ofrecían unos pañuelitos bordados y unas tarjetas postales. Compré un pañuelito que ahora está en la mesita de mi recámara con dos manzanas sobre él. Las chiquitas nos dedicaron -y cobraron- unas bombas yucatecas de última generación, en donde los hombres quedan muy mal parados (no me puedo acordar de ninguna, por supuesto).
Seguimos nuestro camino rumbo a la pirámide. El camióm se fue por la carretera vieja (recuérdese lo de la baratura) y fue delicioso recordar cómo era la vegetación y los pueblitos yucatecos antes de las globalizadas súper carreteras: con sus albarradas blanqueadas con cal, con las casa con techo de palapa,; el brocal rodeado de tulipanes; los pollos y perros correteando junto con los niños; las mujeres vestidas de hipil con sus peinados de chonguito y sus fustanes con encaje en la orilla para que se asome todo coqueto. A pesar de entender que la miseria es la misma y que poco tiene de romántico vivir así; me parece mejor que los pueblos tierrosos, (como si fuera el desierto ¡en pleno trópico!) llenos de desarrollos inmobiliarios con casas de 47 mts., tendederos en las ventanas, mugre y basura como elementos centrales del paisaje.
Llegamos a Chichén Itzá a las tres de la tarde. Me quedó clarísimo que no éramos las únicas ocurrentes en visitar la pirámide; las colas para entrar así me lo demostraron. Tuvimos que alejarnos como 2 kms.de la entrada para poder estacionar el autobús en algún lugar (no acabo de entender porqué no nos dejaron a la entrada y el camióm se fue sin nosotros a buscar resguardo, cosas incomprensibles de los paseos baratos) . Las tres de la tarde, escenario modelo gólgota: sol a rajatabla; vendedores ambulantes de todo, pordioseros y tullidos; basura a la orilla de la selva (la poquita que queda) malos olores, el tianguis post-industrial a todo esplendor y dos kilómetros por delante de vía crucis, como mártir del calvario maya, caminé para llegar a la cita con Kukulcan. Di aletazos desesperados para parar algún taxi, pero fue inútil, todos iban ocupados con seres igual de ansiosos que yo.
Les ahorro el capítulo de la compra de los boletos y las colas para entrar al parque. No les costará trabajo imaginársela; nomás les cuento que mi roomy y yo tuvimos tiempo para reorganizar todo, el diseño del estacionamiento, la taquilla, la entrada, la basura, el boletaje, etc etc etc.
Por fin, hicimos uso de nuestro kit de paseos primaverales, nos acomodamos en medio de la abigarrada multinacional humanidad, sobre nuestros tapetitos. Nos pusimos bronceador, lentes negros, tomamos nuestro lunch tan mono y a las cuatro empezó el espectáculo de la sabiduría matemática. Poco a poco, según el sol se va poniendo, se va formando la serpiente de luz, mediante la proyección de la sombra de las plataformas de la pirámide sobre el canto de la escalinata principal. La concurrencia de todo el mundo se conmovía y le aplaudía a los antiguos mayas o le chiflaba a las nubes que por un momento taparon al sol y nos dejaron sin Kukulcan. También nos pidieron aplaudir a no sé qué funcionario público que nos había hecho el favor de asistir a Chichén ¿¿hello??
En el momento crucial, cuando todos los triángulos que forman el cuerpo de la serpiente quedan del mismo tamaño, alineados perfectamente con la orilla de la escalinata y como toque magistral se ilumina la cabeza de la serpiente en la base, unos nacos que estaban sentados en las primeras filas se pusieron de pie y nos robaron la oportunidad de vivir el clímax del equinoccio. Poco a poco todos se pararon para ver el descenso del invertebrado plumífero (diría Inodoro Pereyra) ; los de atrás nos enojamos, chiflamos, gritamos, los del micrófono pidieron orden; pero fue inútil. Sólo siguió el caos y todos se apelotonaban para ver a Kukulcan en persona. Por suerte la serpiente se queda como media hora visitando a los mortales y me dio tiempo de acercarme y ver al mero macizo de los aztecas y de los mayas en todo su esplendor. Una serpiente espigada y ágil, de aspecto feroz y orgulloso, inconsciente de que con su presencia nos maravilla a los miles de mirones sedientos de milagros siderales.
Ahora sí, los esotéricos levantaron sus manitas con las palmas orientadas hacia la pirámide y cerraban sus ojitos con mucha devoción. Supongo que la carga estuvo gruesa para los que no llevaban ecualizador (cinta roja alrededor de la cintura) ya que a la salida trotaban con extravagante energía.
Se acabó. La serpiente se esfumó, nos dejó solos otra vez. Todos juntitos, hombro con hombro, emprendimos el regreso a nuestros lugares de origen, un poco tristes.
Atrás el pasto quedó cubierto con millones de botellas de agua vacías, un mar de PET a cambio de un portento.
Aprovecho mi gran disponibilidad de tiempo libre para contarles mi paseo a la gran Chichén Itza el 21 de marzo. No, no fuí a cargarme de energía ni nada de esoterias, no he llegado a tanto (todavía); no sonrían entre dientes. Fuí a fisgonear el fenómeno llamado "el descenso de Kukulcan" y a hacer algo de lo que originalmente me puso en estas tierras, es decir, ampliar mi visión y conocer los hermosos sitios (antes de Wilma estaban más hermosos) cercanos al destino turístico ¡más importante de México!
Mi roomy (apócope del anglicismo room mate, qué jalada) sugirió que nos fuéramos en una excursión para no cansarnos con la manejada y regresar tarde sin preocupación. Ahí vamos en una excursión de estudiantes que era baratísima. Vamos, vamos.
Cita a las 7 de la mañana ¡para mis pulgas! Vamos, vamos. Cargamos con lunches ecológicos: manzanas, nueces, lechuguita, quesito de cabra, en unos tupper chiquitos de lo más monos; sombreros, esterillas para tirarnos en el suelo con algo de dignidad, gatorade, bloqueador solar, t o d o para la excursión perfecta. Vamos, vamos. Llegamos puntualmente. Abordamos nuestro camioncito, lleno de chavos y chavas; sólo habíamos cinco personas, todas mujeres, cercanas a la edad de la decrepitud, y salimos muy puntualitos.
Nuestro guía de turistas nos empezó a dar instrucciones, tratándonos como niñitos de sexto, todo en masculino siempre. Que vamos a ir aquí y que luego vamos al cenote y que no se mojen mucho y que luego si tienen hambre paramos a que coman garnachas (¡qué asco!). Y yo pensaba ... “qué hago aquí... a mi edad... debería venir en una camioneta, de perdis una explorer.... con un marido, mis nietos .. a qué hora me equivoqué tan feo en la vida”... “y no... vengo en un camión de estudiantes ... con mi roomy, mi compañera de casa... compañera de casa, la ideal por cierto, ... nunca viví así... a la vejez, viruelas...
Por suerte, mi guía siempre me sacó de mis absurdas reflexiones con sus instrucciones:
“Búenole, (bueno en yucateco) llegamos a Valladolid, muchachos. Tienen dos horas para desayunar y visitar los cenotes. Si llegan tarde al camióm, (camión en yucateco) los dejamos”
Lo primero que hicimos fue conseguir un lugar para tomar un café de verdad y para mi enorme sorpresa nos encontramos un café de lo más agradable, en un primer piso, con un balcón mirando al zócalo, con música new age proyectada desde una lap top. No deja de sorprenderme la tecnología (será la edad). Un lugarcito de alguien como uno, con libros, con cuadros y sobre todo: con café de verdad y delicioso. Buen inicio.
La enorme cola para entrar a uno de los cenotes me devolvió a la realidad del 21 de marzo. Apechugando, puse buena cara y me forme dócil y sonriente, dispuesta a llevar de lo mejor el inicio de la primavera. Por suerte una onda polar templó el clima y la temperatura era agradable; cantileta con la que atormenté a mi sufrida roomy todo el día: “eso que no hace calor”. La escalera de bajada al cenote era angosta, resbalosa y muy llena de gente, toda luchando por mantenerse en pie en la oscuridad y en los pequeños escalones estilo maya tardío. Descubrí, entre otras cosas, lo bonito es que los hombres le den el paso a una, ayuden tomándonos del brazo; en cambio, los chavos modernos se creyeron lo de la igualdad y son unas bestias desconsideradas incapaces de la mínima cortesía, dispuestos a pasar sobre mi escuálida y dolida osamenta.
Otra vez sumida en pensamientos negros, de los cuales me sacó sorpresivamente el maravilloso espectáculo del cenote. De pronto, como al inicio de una película, se abrió ante mis ojos una inmensa bóveda de piedra coloreada por el azul turquesa del agua limpísima, iluminada por la luz del día que pasaba por una perforación del suelo que dejaba entrar esos rayos que parecen sacados de la portada del catecismo del Padre Ripalda. Qué belleza, si por eso ando por estos maltratados lares. Una belleza radiante, avasallante. Unas lianas inmensas colgaban del agujero de la tierra hacia el agua del cenote. Daba vértigo la grandiosidad, la altura y la belleza. Lo contemplé un largo rato en compañía de los murciélagos colgados de las estalactitas sobre mi cabeza.
Gateando, logre salir del cenote para volver a mi camióm a tiempo. Fuimos asaltadas por cuatro niñitas, de entre 9 y 12 años que ofrecían unos pañuelitos bordados y unas tarjetas postales. Compré un pañuelito que ahora está en la mesita de mi recámara con dos manzanas sobre él. Las chiquitas nos dedicaron -y cobraron- unas bombas yucatecas de última generación, en donde los hombres quedan muy mal parados (no me puedo acordar de ninguna, por supuesto).
Seguimos nuestro camino rumbo a la pirámide. El camióm se fue por la carretera vieja (recuérdese lo de la baratura) y fue delicioso recordar cómo era la vegetación y los pueblitos yucatecos antes de las globalizadas súper carreteras: con sus albarradas blanqueadas con cal, con las casa con techo de palapa,; el brocal rodeado de tulipanes; los pollos y perros correteando junto con los niños; las mujeres vestidas de hipil con sus peinados de chonguito y sus fustanes con encaje en la orilla para que se asome todo coqueto. A pesar de entender que la miseria es la misma y que poco tiene de romántico vivir así; me parece mejor que los pueblos tierrosos, (como si fuera el desierto ¡en pleno trópico!) llenos de desarrollos inmobiliarios con casas de 47 mts., tendederos en las ventanas, mugre y basura como elementos centrales del paisaje.
Llegamos a Chichén Itzá a las tres de la tarde. Me quedó clarísimo que no éramos las únicas ocurrentes en visitar la pirámide; las colas para entrar así me lo demostraron. Tuvimos que alejarnos como 2 kms.de la entrada para poder estacionar el autobús en algún lugar (no acabo de entender porqué no nos dejaron a la entrada y el camióm se fue sin nosotros a buscar resguardo, cosas incomprensibles de los paseos baratos) . Las tres de la tarde, escenario modelo gólgota: sol a rajatabla; vendedores ambulantes de todo, pordioseros y tullidos; basura a la orilla de la selva (la poquita que queda) malos olores, el tianguis post-industrial a todo esplendor y dos kilómetros por delante de vía crucis, como mártir del calvario maya, caminé para llegar a la cita con Kukulcan. Di aletazos desesperados para parar algún taxi, pero fue inútil, todos iban ocupados con seres igual de ansiosos que yo.
Les ahorro el capítulo de la compra de los boletos y las colas para entrar al parque. No les costará trabajo imaginársela; nomás les cuento que mi roomy y yo tuvimos tiempo para reorganizar todo, el diseño del estacionamiento, la taquilla, la entrada, la basura, el boletaje, etc etc etc.
Por fin, hicimos uso de nuestro kit de paseos primaverales, nos acomodamos en medio de la abigarrada multinacional humanidad, sobre nuestros tapetitos. Nos pusimos bronceador, lentes negros, tomamos nuestro lunch tan mono y a las cuatro empezó el espectáculo de la sabiduría matemática. Poco a poco, según el sol se va poniendo, se va formando la serpiente de luz, mediante la proyección de la sombra de las plataformas de la pirámide sobre el canto de la escalinata principal. La concurrencia de todo el mundo se conmovía y le aplaudía a los antiguos mayas o le chiflaba a las nubes que por un momento taparon al sol y nos dejaron sin Kukulcan. También nos pidieron aplaudir a no sé qué funcionario público que nos había hecho el favor de asistir a Chichén ¿¿hello??
En el momento crucial, cuando todos los triángulos que forman el cuerpo de la serpiente quedan del mismo tamaño, alineados perfectamente con la orilla de la escalinata y como toque magistral se ilumina la cabeza de la serpiente en la base, unos nacos que estaban sentados en las primeras filas se pusieron de pie y nos robaron la oportunidad de vivir el clímax del equinoccio. Poco a poco todos se pararon para ver el descenso del invertebrado plumífero (diría Inodoro Pereyra) ; los de atrás nos enojamos, chiflamos, gritamos, los del micrófono pidieron orden; pero fue inútil. Sólo siguió el caos y todos se apelotonaban para ver a Kukulcan en persona. Por suerte la serpiente se queda como media hora visitando a los mortales y me dio tiempo de acercarme y ver al mero macizo de los aztecas y de los mayas en todo su esplendor. Una serpiente espigada y ágil, de aspecto feroz y orgulloso, inconsciente de que con su presencia nos maravilla a los miles de mirones sedientos de milagros siderales.
Ahora sí, los esotéricos levantaron sus manitas con las palmas orientadas hacia la pirámide y cerraban sus ojitos con mucha devoción. Supongo que la carga estuvo gruesa para los que no llevaban ecualizador (cinta roja alrededor de la cintura) ya que a la salida trotaban con extravagante energía.
Se acabó. La serpiente se esfumó, nos dejó solos otra vez. Todos juntitos, hombro con hombro, emprendimos el regreso a nuestros lugares de origen, un poco tristes.
Atrás el pasto quedó cubierto con millones de botellas de agua vacías, un mar de PET a cambio de un portento.
Escenas de un matrimonio **Viñeta a 4 manos**
Hilda Salazar
Brenda Rodríguez
I. Los personajes:
El
Su cara rígida y su cabeza totalmente blanca delatan su edad: 70 años. Aunque su cuerpo se mira saludable, vestía casual, un pantalón color crema con una camisa rosa pálido, zapatos cómodos color miel. Detrás de sus anteojos con cristales grises (de esos que cambian con la luz y que se ven antiguos), están sus pequeños ojos azules que miran de forma imperativa todo el tiempo. Bien podía ser extranjero o un güieris de rancho porque sus mejillas están rosadas. Sus manos medianas tienen manchas de la “edad”.
Ella
Un tinte negro esconde las canas que a sus sesenta y pico deben ser abundantes. El gran cuello circular de su suéter oscuro deja ver la blusa blanca que cubre su busto redondo y abundante. Denota una leve gordura, común en las mujeres de su edad. Usa unos pantalones de mezclilla negros y zapatos bajos, los apropiados para disfrutar de unas vacaciones en la colonial ciudad de Zacatecas. Lleva el pelo recogido en una media coleta hacia atrás y sobre los ojos descansan unos lentes verdes que hacen recordar, irremediablemente, a la tía Lupe. Los anteojos de la tía eran de un diseño tan singular que la moda los alcanzó en más de una ocasión. Son tan antiguos que francamente lucen punketos. Su maquillaje es profuso, grandes pinceladas de delineador sobre los párpados, mucho rimel, un rojo carmesí colorea los labios delgados y una gruesa raya delinea las cejas que suben y bajan de manera caprichosa. Basta ver esas cejas para conocer el estado de ánimo de esta mujer. Cuando ella lo mira, las cejas se arquean como pequeñas serpientes sobre los ojos, en un movimiento pronunciado y resuelto.
I. La llegada.
Aparecen de repente en nuestro campo visual y cual imanes, atraen nuestras miradas todo en primer plano pues estamos a unos 3 metros.
Son una pareja “normal” de vacaciones por esta hermosa ciudad. Se sientan y las únicas palabras que pronuncian son para decirle al mesero que sólo tomarán agua mineral, entre ellos nada… silencio.
Él por su parte lee con interés una guía de atracciones turísticas, sin embargo a leguas se le nota que lo hace a disgusto. Ella, finge que analiza un mapa, igual turístico; mientras, su ceja derecha se alza reiteradamente denotando su enojo. Ella le ofrece probar de su palanqueta, los gestos de él lo dijeron todo: ¡no quiero¡ Su ambiente se percibe denso, de esos donde no quieres ser parte, ni de lejos.
Pasados unos minutos, ella insiste y toma una cocada amarilla, empieza a comerla, le ofrece al hombre que por supuesto no acepta. Opta por tomar otro tipo de dulce cuando él furioso se la quita de las manos y le increpa para que no coma más, en la pronunciación de estas palabras se nota un coraje, odio, hastío, fastidio, violencia, clásica escena de muchos matrimonios.
Transcurren unos 3 minutos… y el silencio se instala.
II. El silencio.
Las anécdotas graciosas, los pasajes memorables, el acontecimiento de hoy, los pequeños trozos de vida que van armando la propia historia cuando se narra, todo ha sido dicho ya. Un silencio total, profundo, definitivo se instala entre esta pareja. El medio metro de mesa que los separa es un abismo de aburrimiento y cansancio monumental. Se esconden detrás de sus bebidas, además de hastiados están enojados. Las miradas no se tocan ni se buscan. Los quince minutos de indiferencia entre ellos no alcanzan a formar un silencio embarazoso. No, no… es sólo un silencio, un silencio hueco y vacío.
IV. La salida.
Ella apenas levanta la vista para observar cómo él, en un arranque, se levanta de la silla y abandona el restaurante, tomando con fuertes ademanes sus cosas. Las expresivas cejas se curvan en un último movimiento de disgusto cuando él le da la espalda. Ahora su semblante parece adquirir cierta placidez, no hay en ella esos rasgos de inquietud surgidos de una pelea de pareja cuando ésta toma visos de ruptura. Por el contrario, se queda tomando tranquilamente su bebida y sigue estudiando el plano que, a estas alturas, ya debe haber memorizado. El ha tomado calle arriba a paso rápido y decidido. Se pierde en una esquina y parece haber abandonado la escena de manera definitiva. Los minutos transcurren cuando, de pronto, él regresa y sin mediar palabra se acerca a ella para retirarse, ahora juntos, del restaurante. Hay códigos tan largamente establecidos entre ellos que no requieren de palabras. Ella supo, todo el tiempo, que el desplante masculino no traería ninguna consecuencia. Él está certero que el desacuerdo no alcanza para alterar la cotidianeidad de una vida en común. En esta pareja no hay ya ni una pizca de brillo, de interés, de pasión… sin embargo, su relación parece indestructible. ¿Cuál será ese sólido material del que está hecho el matrimonio?
Sus siluetas se alejan de manera pausada, uno junto al otro, como hoy, como siempre… Vistos, así, de pronto, parecen encuadrar, de manera perfecta, una de esas tarjetas que proclaman “hogar… dulce hogar”.
Brenda Rodríguez
I. Los personajes:
El
Su cara rígida y su cabeza totalmente blanca delatan su edad: 70 años. Aunque su cuerpo se mira saludable, vestía casual, un pantalón color crema con una camisa rosa pálido, zapatos cómodos color miel. Detrás de sus anteojos con cristales grises (de esos que cambian con la luz y que se ven antiguos), están sus pequeños ojos azules que miran de forma imperativa todo el tiempo. Bien podía ser extranjero o un güieris de rancho porque sus mejillas están rosadas. Sus manos medianas tienen manchas de la “edad”.
Ella
Un tinte negro esconde las canas que a sus sesenta y pico deben ser abundantes. El gran cuello circular de su suéter oscuro deja ver la blusa blanca que cubre su busto redondo y abundante. Denota una leve gordura, común en las mujeres de su edad. Usa unos pantalones de mezclilla negros y zapatos bajos, los apropiados para disfrutar de unas vacaciones en la colonial ciudad de Zacatecas. Lleva el pelo recogido en una media coleta hacia atrás y sobre los ojos descansan unos lentes verdes que hacen recordar, irremediablemente, a la tía Lupe. Los anteojos de la tía eran de un diseño tan singular que la moda los alcanzó en más de una ocasión. Son tan antiguos que francamente lucen punketos. Su maquillaje es profuso, grandes pinceladas de delineador sobre los párpados, mucho rimel, un rojo carmesí colorea los labios delgados y una gruesa raya delinea las cejas que suben y bajan de manera caprichosa. Basta ver esas cejas para conocer el estado de ánimo de esta mujer. Cuando ella lo mira, las cejas se arquean como pequeñas serpientes sobre los ojos, en un movimiento pronunciado y resuelto.
I. La llegada.
Aparecen de repente en nuestro campo visual y cual imanes, atraen nuestras miradas todo en primer plano pues estamos a unos 3 metros.
Son una pareja “normal” de vacaciones por esta hermosa ciudad. Se sientan y las únicas palabras que pronuncian son para decirle al mesero que sólo tomarán agua mineral, entre ellos nada… silencio.
Él por su parte lee con interés una guía de atracciones turísticas, sin embargo a leguas se le nota que lo hace a disgusto. Ella, finge que analiza un mapa, igual turístico; mientras, su ceja derecha se alza reiteradamente denotando su enojo. Ella le ofrece probar de su palanqueta, los gestos de él lo dijeron todo: ¡no quiero¡ Su ambiente se percibe denso, de esos donde no quieres ser parte, ni de lejos.
Pasados unos minutos, ella insiste y toma una cocada amarilla, empieza a comerla, le ofrece al hombre que por supuesto no acepta. Opta por tomar otro tipo de dulce cuando él furioso se la quita de las manos y le increpa para que no coma más, en la pronunciación de estas palabras se nota un coraje, odio, hastío, fastidio, violencia, clásica escena de muchos matrimonios.
Transcurren unos 3 minutos… y el silencio se instala.
II. El silencio.
Las anécdotas graciosas, los pasajes memorables, el acontecimiento de hoy, los pequeños trozos de vida que van armando la propia historia cuando se narra, todo ha sido dicho ya. Un silencio total, profundo, definitivo se instala entre esta pareja. El medio metro de mesa que los separa es un abismo de aburrimiento y cansancio monumental. Se esconden detrás de sus bebidas, además de hastiados están enojados. Las miradas no se tocan ni se buscan. Los quince minutos de indiferencia entre ellos no alcanzan a formar un silencio embarazoso. No, no… es sólo un silencio, un silencio hueco y vacío.
IV. La salida.
Ella apenas levanta la vista para observar cómo él, en un arranque, se levanta de la silla y abandona el restaurante, tomando con fuertes ademanes sus cosas. Las expresivas cejas se curvan en un último movimiento de disgusto cuando él le da la espalda. Ahora su semblante parece adquirir cierta placidez, no hay en ella esos rasgos de inquietud surgidos de una pelea de pareja cuando ésta toma visos de ruptura. Por el contrario, se queda tomando tranquilamente su bebida y sigue estudiando el plano que, a estas alturas, ya debe haber memorizado. El ha tomado calle arriba a paso rápido y decidido. Se pierde en una esquina y parece haber abandonado la escena de manera definitiva. Los minutos transcurren cuando, de pronto, él regresa y sin mediar palabra se acerca a ella para retirarse, ahora juntos, del restaurante. Hay códigos tan largamente establecidos entre ellos que no requieren de palabras. Ella supo, todo el tiempo, que el desplante masculino no traería ninguna consecuencia. Él está certero que el desacuerdo no alcanza para alterar la cotidianeidad de una vida en común. En esta pareja no hay ya ni una pizca de brillo, de interés, de pasión… sin embargo, su relación parece indestructible. ¿Cuál será ese sólido material del que está hecho el matrimonio?
Sus siluetas se alejan de manera pausada, uno junto al otro, como hoy, como siempre… Vistos, así, de pronto, parecen encuadrar, de manera perfecta, una de esas tarjetas que proclaman “hogar… dulce hogar”.
Banda Sonora 1
Víctor Arizmendi
Tendría alrededor de 8 años cuando escuché por primera vez una canción de The Beatles , y fue “Anna”, si mal no recuerdo la pasaban en una telenovela llamada “Frontera” en la que participaban Emily Cranz y Álvaro Zermeño. En esa época, la música que más escuchaba era la ranchera, mi madre cantaba, según mis memorias lo hacía magníficamente, “Los laureles”, “Amarga navidad”, “Paloma negra” y otras muchas que se me tatuaron en el alma, también eran cotidianas para mí las canciones de la Santanera (Mi razón, Luces de Nueva York, etc.), pues una vecina de la vecindad de Floricultura 114 Col. 20 de Noviembre en que vivíamos las oía todo el día; más tarde, en otra vecindad, ésta de la colonia Moctezuma, apareció otra canción inolvidable “El último beso” de Polo, que a veces iba a ensayar a la casa de los dueños de tal morada (un cuarto como de 4 x 4 mts., en el que estaban juntos nuestra recámara para 5, nuestra cocina, la mesa, nuestros juegos, nuestros sueños, nuestra vida pues). Así, de vecindad en vecindad, se fueron acumulando las canciones que le dieron forma a mi banda sonora inicial, hasta la muerte de mi madre ocurrida 8 días después de mi cumpleaños número 11, se agregaron, hasta completar esa primera fase de mi vida, canciones como “El año viejo”, “Declárate inocente” y alguna otra que ahora se me escapa.
Luego llegó mi vida de 2 años en Chiltepec, el pueblo enclavado al sur del Estado de México, exactamente atrás del Nevado de Toluca (cómo olvidar esas extraordinarias visiones matutinas de ese inmenso y “fresco” espectador de la vida en esos pueblos), en el que nacieron mis padres y es origen de mis dos familias, una comunidad llena de sabores (los elotes tiernos que robábamos para asar, pues no tenía chiste agarrar de la siembra propia); olores (las percansas –tripas de cerdo- de los sábados, la tierra mojada, los duraznos); descubrimientos (el agua pura y recién nacida de “La toma” –que así llamábamos a un manantial bellísimo, al que por cierto, Don Salomón acudía religiosamente, un día sí y otro también, a bañarse a las 4 de la mañana, antes de prepararse para ir a trabajar alrededor de las 7, el panteón de noche con sus misterios y sustos, la religiosidad de ese pueblo hambriento de fe que contrastaba tanto con mi carencia de la misma, la escuela, nuestro equipo de futbol, mi supuesta capacidad declamatoria, las rancherías cercanas, el trabajo con mi abuelo, mi abuelo por sí mismo, la abuela y su fuerte, pero generoso matriarcado, La Laja Azul – un edén terrenal-, los caballos de mi tío Alfonso y de mi abuelo que tantas veces monté para recorrer y gozar esos caminos), llena también de todas esas otras cosas (prejuicios, intrigas, chismes, humillaciones, pleitos, carencias) que equilibran la balanza para que tu experiencia de vida sea variada y rica. Ahí también armé mi soundtrack particular: “Tu camino y el mío” de Vicente Fernández, “Mi Lupita” creo que de Los Cadetes de Linares, “Esta tristeza mía” de Javier Solís, “Don´t let me down” y “Get back” de ya saben quién ¿o acaso no? que extraña y surrealistamente aparecían en la Rockola de la cantina de mi tía Asunción, y tantas otras rancheras que yo cantaba, aunque con toda seguridad es más propio decir berreaba, cuando tenía que ir a la Laja Azul o al Potrero por diferentes encargos –no puedo apartar de mi mente esas cabalgatas solitarias cantando a la primera oportunidad en la que suponía nadie iba a escucharme- y el mundo era todo mío…
Tendría alrededor de 8 años cuando escuché por primera vez una canción de The Beatles , y fue “Anna”, si mal no recuerdo la pasaban en una telenovela llamada “Frontera” en la que participaban Emily Cranz y Álvaro Zermeño. En esa época, la música que más escuchaba era la ranchera, mi madre cantaba, según mis memorias lo hacía magníficamente, “Los laureles”, “Amarga navidad”, “Paloma negra” y otras muchas que se me tatuaron en el alma, también eran cotidianas para mí las canciones de la Santanera (Mi razón, Luces de Nueva York, etc.), pues una vecina de la vecindad de Floricultura 114 Col. 20 de Noviembre en que vivíamos las oía todo el día; más tarde, en otra vecindad, ésta de la colonia Moctezuma, apareció otra canción inolvidable “El último beso” de Polo, que a veces iba a ensayar a la casa de los dueños de tal morada (un cuarto como de 4 x 4 mts., en el que estaban juntos nuestra recámara para 5, nuestra cocina, la mesa, nuestros juegos, nuestros sueños, nuestra vida pues). Así, de vecindad en vecindad, se fueron acumulando las canciones que le dieron forma a mi banda sonora inicial, hasta la muerte de mi madre ocurrida 8 días después de mi cumpleaños número 11, se agregaron, hasta completar esa primera fase de mi vida, canciones como “El año viejo”, “Declárate inocente” y alguna otra que ahora se me escapa.
Luego llegó mi vida de 2 años en Chiltepec, el pueblo enclavado al sur del Estado de México, exactamente atrás del Nevado de Toluca (cómo olvidar esas extraordinarias visiones matutinas de ese inmenso y “fresco” espectador de la vida en esos pueblos), en el que nacieron mis padres y es origen de mis dos familias, una comunidad llena de sabores (los elotes tiernos que robábamos para asar, pues no tenía chiste agarrar de la siembra propia); olores (las percansas –tripas de cerdo- de los sábados, la tierra mojada, los duraznos); descubrimientos (el agua pura y recién nacida de “La toma” –que así llamábamos a un manantial bellísimo, al que por cierto, Don Salomón acudía religiosamente, un día sí y otro también, a bañarse a las 4 de la mañana, antes de prepararse para ir a trabajar alrededor de las 7, el panteón de noche con sus misterios y sustos, la religiosidad de ese pueblo hambriento de fe que contrastaba tanto con mi carencia de la misma, la escuela, nuestro equipo de futbol, mi supuesta capacidad declamatoria, las rancherías cercanas, el trabajo con mi abuelo, mi abuelo por sí mismo, la abuela y su fuerte, pero generoso matriarcado, La Laja Azul – un edén terrenal-, los caballos de mi tío Alfonso y de mi abuelo que tantas veces monté para recorrer y gozar esos caminos), llena también de todas esas otras cosas (prejuicios, intrigas, chismes, humillaciones, pleitos, carencias) que equilibran la balanza para que tu experiencia de vida sea variada y rica. Ahí también armé mi soundtrack particular: “Tu camino y el mío” de Vicente Fernández, “Mi Lupita” creo que de Los Cadetes de Linares, “Esta tristeza mía” de Javier Solís, “Don´t let me down” y “Get back” de ya saben quién ¿o acaso no? que extraña y surrealistamente aparecían en la Rockola de la cantina de mi tía Asunción, y tantas otras rancheras que yo cantaba, aunque con toda seguridad es más propio decir berreaba, cuando tenía que ir a la Laja Azul o al Potrero por diferentes encargos –no puedo apartar de mi mente esas cabalgatas solitarias cantando a la primera oportunidad en la que suponía nadie iba a escucharme- y el mundo era todo mío…
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